Flavio Ajuriaguerra, un héroe vasco sin historia ni medallas

31.08.2020 | 01:52
Flavio Ajuriaguerra, a la derecha, con su hermano Juan en la cárcel cántabra de El Dueso. Fotos: DEIA

Hoy se cumplen 75 años del fallecimiento de un nacionalista vasco, luchador tenaz contra todo tipo de totalitarismos

el 31 de agosto de 1945 falleció Flavio Ajuriaguerra Ochandiano. Una persona con unos apellidos que dejaron una profunda huella en la historia vasca del siglo XX. La de su hermano Juan, el destacado líder político que dirigió al nacionalismo vasco en los duros años de la guerra y la dictadura. La de su hermano Julián, el destacado psiquiatra reconocido en el mundo científico por sus extraordinarias aportaciones, y el idealista que participó como médico en la lucha contra los rebeldes desde Catalunya, porque quería demostrar que su compromiso con la libertad no era solo con la de los vascos, sino con la de todos.

Flavio, en cambio, apenas brilla en la memoria de sus compatriotas, ni en la de los británicos ni en la de los aliados. No lo hace a pesar de que su aportación a la causa de la libertad de los vascos y en la lucha contra el totalitarismo fue extraordinaria.

Hablamos de un nacionalista vasco que trabajó en los servicios de inteligencia del Gobierno vasco nacido en 1936, que logró salir libre de los juicios sumarísimos a los que los insurrectos sometieron a los combatientes vascos que se enfrentaron a los rebeldes, o que, como miembro de la red de resistencia organizada por EAJ-PNV bajo el nombre de Servicios, se dedicó a robar expedientes de posibles condenados del Juzgado Especial de Ejecuciones creado por los franquistas, salvando a numerosas personas de ser asesinadas.

Hablamos del vasco que se presentó en 1940 en el consulado británico en Bilbao para ofrecer a los aliados las redes organizadas por la Resistencia vasca. El cónsul general le respondió que los nacionalistas vascos no podían involucrarse en esas labores. Por suerte, para la causa aliada, el responsable de la red del Servicio de Inteligencia británico (MI6) en el norte peninsular se enteró del ofrecimiento y lo captó como agente al servicio de los aliados. Era Arthur Pat Dyer, un inglés nacido en Bilbao e hijo del que fue cónsul honorario de Gran Bretaña y los Estados Unidos en esta ciudad vasca. Este británico-bilbaino reivindicó hasta el día de su muerte tanto la figura de Flavio Ajuriaguerra, como la de tantas mujeres y hombres del PNV que se arriesgaron y sacrificaron apoyando a los aliados en aquella lucha contra las fuerzas del Eje.

Siguiendo las ordenes que desde la cárcel de Burgos daba Juan Aguriaguerra, las numerosas redes de vascos resistentes organizadas por el PNV a un lado y otro de los Pirineos se dedicaron, bajo la dirección de Flavio, a todo tipo de labores de espionaje, apoyo y colaboración con los aliados.

La Resistencia vasca ayudó a pilotos y agentes aliados a que atravesasen los Pirineos, alejándose de la Europa ocupada por los nazis, o a escapar de los campos de concentración donde se encontraban prisioneros. Se encargó de transportar millones de francos franceses falsos, con lo que se financió a la Resistencia francesa; introdujo emisoras de radio, extrajo documentos robados a la Gestapo, recopiló información de todo tipo y, en definitiva, colaboró en la victoria de los aliados sobre las potencias fascistas.

Una labor de tal nivel y de tal importancia que sus informes los recibía de forma regular Alan Francis Brooke, vizconde Alambrooke, jefe del Estado Mayor Imperial y del Estado Mayor aliado. Un inglés, cosas de la vida, nacido en la República Francesa, en Bagnères-de-Bigorre, una población occitana con nombre vasco.

El anonimato actual de Flavio tiene un doble origen. Por un lado, la natural cualidad de los espías de no ser muy conocidos ni de dar a conocer sus actuaciones; por otro, la tragedia de su prematura muerte por causa de la ELA, que le diagnosticó su propio hermano Julián tras cruzar la frontera de forma clandestina.

Ese olvido al que parecían estar condenados él y todas las personas que participaron en esas redes vascas de lucha contra los nazis, lo evitó el empeño que puso Arthur Pat Dyer, el miembro del MI6, para que su historia y su entrega no desaparecieran. Ese empeño de un espía inglés, y la labor de unos pocos que han porfiado en difundirla, como Eugenio Zubillaga, Koldo San Sebastián o Iñaki Anasagasti los han mantenido en la Historia.

Pero eso no es, ni con mucho, suficiente. ¿Se les cuenta a nuestros jóvenes, cuando se habla de la Segunda Guerra Mundial en las aulas vascas, esta parte de nuestra historia? ¿Hay algún acto de amplia proyección pública que recuerde a estos vascos que desde ambos lados de la frontera colaboraron en la derrota de Hitler? La respuesta es no.

En cambio, sí tenemos que asumir, como si fuera natural, que con dinero público vasco, se realicen documentales que insinúan que el nacionalismo vasco, el de aquellos vascos que lucharon contra el franquismo y el nazismo, tuvo connivencia o intentos de acercamiento al régimen nazi. Lo hacen retorciendo la historia con el triste objetivo de manchar la memoria de aquellos patriotas que tuvieron que sufrir represión, persecución y muerte. Incluso tenemos que dedicarnos a explicar lo evidente: que nuestro lehendakari Aguirre no fue a Berlín a negociar con el gobierno de Hitler, sino a huir de los franquistas y la Gestapo.

Otro vasco, el capitán Esteban Hernandorena Zubiaga, participó tras la Segunda Guerra Mundial en el traslado de miles de supervivientes judíos a Israel. Lo hizo, al igual que toda una tripulación vasca del buque Pan York, por indicación del Gobierno vasco en el exilio. Este vasco se quedó en Israel por no volver a una Euzkadi controlada por el fascismo. Allí es un héroe, y tiene una placa recordándole en el puerto de Haifa. Hay otra recordándole en Portugalete.

¿Qué tiene Flavio Ajuriaguerra? Nada. Ni en Gran Bretaña ni en Euzkadi. Ni él ni ninguno de los que se jugaron la vida para ayudar a los aliados. Al final de la guerra en Europa, el hombre del MI6 en Bilbao, el ya varias veces citado Arthur Pat Dyer, gestionó que fuera concediera la Orden del Imperio Británico a Flavio Ajuriaguerra. El Gobierno británico accedió. Flavio, ante la inminencia de su muerte, sólo pidió que en su esquela pudiera figurar este dato: Flavio Ajuriaguerra. Orden del Imperio Británico. Los británicos se negaron. Seguro que porque podía molestar al régimen franquista. Flavio renunció a recibir una condecoración en secreto.

Para entender esta negativa de los británicos hay que recordar la afirmación de lord Palmerston: "Gran Bretaña no tiene aliados eternos ni tiene enemigos perpetuos. Tiene intereses eternos y perpetuos". Sus aliados vascos en la guerra ya no encajaban en sus intereses. Como lo confirma la posición que mantuvo Churchill en la Cumbre de Potsdam, un mes antes de la muerte de Flavio. El primer ministro respondió de esta manera a la petición de Stalin de que los aliados rompiesen relaciones con la España de Franco: "€ Yo estoy en contra de usar la fuerza. En contra de interferir en los países que tienen diferentes regímenes que el nuestro, a menos que seamos molestados por ellos. Por lo que toca a los países que han sido liberados en el curso de la guerra, no podemos permitir que se establezca en ellos un régimen fascista, pero aquí tenemos un país [España] que no tomó parte en la guerra. Por eso es por lo que soy contrario a interferir en sus asuntos internos€".

Seguro que ni el Gobierno vasco en el exilio ni los vascos que pelearon por derrotar a las fuerzas del Eje se hubieran esperado esto. Pero es lo que hubo. De Gran Bretaña, pero también de Estados Unidos o de Francia. Incluso la Unión Soviética permitió la entrada de la España de Franco en la ONU, a cambio de que entraran los suyos. Es la llamada realpolitik.

Hoy se cumplen 75 años del fallecimiento de Flavio Ajuriaguerra. Un buen hombre, un buen vasco, un patriota y un amante de la libertad. Recordémosle a él y a todos y todas los que como él "lo dieron todo por la libertad amada", tal y como dice el poema de Lauaxeta, asesinado por los franquistas por defender la libertad y a Euzkadi. Hagámoslo recordando también a Arthur Pat Dyer, a George L. Steer, a Leah Manning y a todas y todos los que fueron amigas y amigos de los vascos cuando serlo no era fácil y tenía consecuencias.

Pero también conjurémonos. Asumamos el compromiso no solo de conservar nuestra historia, la historia de la nación vasca, sino también el de difundirla y darla a conocer.

Por cierto, Flavio Ajuriaguerra, tuvo incluso en sus últimos momentos dos grandes motivos de satisfacción. Como cuenta su amigo Eugenio Zubillaga, fueron dos fechas. El 8 de mayo de 1945, el día en que la Alemania nazi se rindió, y el 15 de agosto de ese mismo año, en que Japón también claudicó. Zubillaga recuerda que en aquellos días Flavio, ya en periodo agónico, sonreía. ¡Había vencido!

Hagamos que triunfe la historia y la memoria de aquellas personas.

Agur eta ohore.El autor es periodista y director del blog aboutbasquecountry.eus