"Habrá que reinventarse"

Los viajeros vascos intentan saciar como pueden su sed de aventura

03.08.2020 | 00:15
Ricardo Hernani, Ana González y Miguel Gutiérrez Garitano.

Pensaban adentrarse en la selva de Camboya, el desierto arábigo o las montañas de Vietnam, pero la pandemia ha frustrado sus planes.

EL coronavirus se ha interpuesto en su camino y les ha obligado a cancelar sus exóticas vacaciones. Su espíritu aventurero, sin embargo, sigue intacto. Ana González lo alimentará pateándose la península; Miguel Gutiérrez, escribiendo un libro sobre su experiencia en la guerra de Irak, mientras Ricardo Hernani se resiste a tirar la toalla. "Veranear en Laredo", bromea, "sería como un segundo confinamiento".

Ricardo Hernani


"El miedo es quedarte encerrado en un país"


Ricardo Hernani, en los volcanes Virunga, en la frontera de Ruanda con la República Democrática del Congo.

Salió sano y salvo de un cuádruple adelantamiento en China, unas inundaciones con 2.000 muertos en Marruecos y unas revueltas "bastante potentes" en Camerún. Incluso se libró de los atentados que le sorprendieron con su familia en Sri Lanka. "No había habido ninguno en dos décadas y nos pilló allí. Nunca sabes dónde va a estar el peligro", dice Ricardo Hernani. El coronavirus, sin ir más lejos, nos acecha en nuestra propia casa. Por eso, aunque haya viajado a Corea del Norte o hecho un trekking de una semana por la selva de Guatemala, le quita hierro al asunto. "Muchas veces desdramatizo. Más que destinos de aventura o riesgo, son inusuales", matiza, pero si visitar los volcanes de Ruanda con escolta militar no es una aventura que venga un notario y lo vea. Con ese equipaje y 108 chinchetas clavadas en otros tantos países del mapamundi, este viajero y montañero bilbaino asume la pandemia, víctimas aparte, como un gaje más de la vida, aunque, habituado a volar de continuo por trabajo y por turismo, se le hace raro llevar "seis meses sin despegar". Lo de la mascarilla y el distanciamiento social es pan comido. "En este mundillo somos bastante obedientes porque estamos acostumbrados, cuando viajamos, a cumplir las normas de otros países. Siempre hay algún intruso, pero si te dicen que en Sudán no vueles un dron, que en Ruanda están prohibidas las bolsas de plástico o que necesitas un guía para adentrarte en una selva, lo respetas. Por lo tanto, cumplir las medidas de seguridad por el covid no me supone un trauma", asegura. Es más, le parece "lógico" que se utilice la mascarilla, que "en países como Japón, China o Corea llevan generaciones usando, incluso por un constipado". "Aquí ponemos nuestra libertad individual por encima de todo y allí valoran más el interés común. Se la ponen por el vecino, porque igual uno es asintomático y contagia a alguien que se puede morir", explica. Con la apertura de miras que da haber recorrido mundo, Ricardo recuerda que "este miedo que tenemos al covid, esta excepcionalidad que ha llegado ahora a Occidente, es el pan nuestro de cada día en África, donde llevan aguantándola durante décadas con la malaria".

Aun cumpliendo con las máximas de "la fruta pelada, la verdura hervida y cuidado con los hielos", Ricardo ha sufrido "dos diarreas de acabar en la clínica en Marruecos y Etiopía". Poca cosa si se lleva 35 años viajando. Lo que le frena esta vez, aparte de las restricciones impuestas, no es tanto el temor al coronavirus, sino "el miedo a que te quedes encerrado en un país sin poder retornar". De todos modos, afirma, "en este momento apenas hay nadie que se esté moviendo porque está todo cerrado". El viaje familiar lo han cancelado por "la seguridad de los hijos", que ya han estado en una treintena de países, como Japón u Omán, y su proyecto anual, un trekking por la selva de Camboya previsto para diciembre, pende de un hilo. Tiene el billete sacado desde febrero, pero las condiciones exigidas por el país lo hacen casi inviable. "Te obligan a hacer un depósito de 3.000 euros y un seguro de 45.000. También te exigen hacerte una PCR tres días antes de montarte en el avión y otra cuando llegas. Con que haya un solo positivo entre los 300 pasajeros, algo bastante probable, te tienen catorce días en el hotel y te devuelven. Así no merece la pena ir. Habrá que cancelar los vuelos y reinventarse", no se da por vencido. De hecho, ya le ronda la cabeza "Groenlandia, que depende de Dinamarca y las restricciones serán más flexibles". O Rusia. El desierto de Sudán, que tenían pensado atravesar, tendrá que esperar. "Sudán lo tiene cerrado todo. Igual en octubre abre, pero ahí andamos. Estamos muy limitados". Pese a todo, no descarta echarse su mochila a la espalda. "Esto es una droga. Jamás renunciaremos. Tiene que estar todo cerrado para no buscar algún sitio donde ir. Si no, iremos a la montaña. Lo malo es que en esa época está con nieve, hielo€". Mientras se devana los sesos, no quiere ni contemplar la posibilidad de tener que conformarse con Murcia o Laredo. "Sería un segundo confinamiento, pero más light", ironiza.

Ana González


"Como están las cosas, da miedo salir"


Ana González, junto al Buda reclinado de Gal Vihara, en Sri Lanka. 

En Semana Santa tenía planeado hacer un trekking por el desierto de Jordania, pero le cancelaron los vuelos. Tres cuartos de lo mismo le pasó con su otro proyecto. "En septiembre queríamos ir a las montañas de Vietnam, en la frontera con China, y luego pasar unos días en Myanmar, pero no nos dieron opción", cuenta la montañera y viajera de Sopelana Ana González, convencida de que les "dejaron tirados por un tema económico" porque, una vez les anularon sus billetes, "seguían vendiendo vuelos, pero al doble de precio. Nosotros pagamos cerca de 800 euros y costaban casi 2.000", detalla. Sobre qué habría pasado de dejarle a ella tomar la decisión, en plena pandemia, parece tenerlo claro. "Me contagié de dengue hace un tiempo e iba a ir a Vietnam sabiendo que si me picaba un mosquito otra vez lo podía pasar de mal a peor, pero si a esa posibilidad le sumas otros riesgos... Mi sistema inmunológico está bastante tocado. Supongo que si estuviese controlado, habríamos ido, pero ahora ya está todo demasiado desbordado. No soy miedosa, pero aquí tenemos una sanidad inmediata, relativamente buena y segura y en esos países si te ocurre algo... Viendo cómo están las cosas, da miedo salir. Habríamos dejado el proyecto", reconoce.

Una cosa es que por culpa del coronavirus sus planes se hayan ido al traste y otra, que ella se fuera a quedar de brazos cruzados. Ha cambiado de escenario, sí, pero el afán es el mismo. "Haremos en España lo que pensábamos hacer fuera desde el punto de vista deportivo. Practicaremos senderismo por el cabo de Gata, haremos montaña en Las Alpujarras e iremos a la Sierra de Cazorla. Al volver, haré andando el Camino del Salvador desde León a Oviedo", explica. Vamos, que lejos de venirse abajo, se va a patear la península. "Tenemos un país muy rico en naturaleza, montaña, costa... Podemos hacer en el Estado lo que nos dé la gana y en el País Vasco, ni te cuento, pero perdemos algo, que es lo que me mueve en mis viajes, el conocimiento de otras culturas", lamenta. Lejos del chiringuito de playa y la tumbona, Ana es un lince buscando alternativas. "La gente se sorprende y me dice: Siempre encontráis un hueco vacío de naturaleza cercano a lugares que pueden ser muy turísticos. No estaremos en el paraíso de Vietnam, Tailandia, Bali, Madagascar o Marruecos, pero estamos en un paraíso porque tenemos un país francamente bonito. Al salir del confinamiento, por ejemplo, todo el mundo fue a Anboto, Gorbea... Yo todavía no los he pisado. Busco sitios más aislados", reitera. Tan aislados que en alguna ocasión se ha visto en apuros, como aquella vez que les dio por salirse del guion y hacer una travesía por las tierras bajas de Etiopía. "Llevábamos varios días sin agua, con temperaturas de cuarenta y pico grados. Teníamos que buscarla excavando en la tierra y potabilizarla. Las personas que nos hacían de guías la bebían directamente y enfermaron. Nos encontramos en mitad de la nada. Finalmente pasó un camión y pudimos salir. Lo pasamos mal". También sintió mucho miedo en Madagascar "porque hay bandidos armados y todos nos decían que a la noche durmiéramos en un sitio con puerta y candado. A unos italianos les dieron una paliza impresionante", relata. Pese a todo, nada le paraliza. Ni siquiera el dengue. "He estado muchos meses en tratamiento y me dijeron: A ti te vuelve a picar y te mueres, pero de algo hay que morirse. Igual que los actores quieren morir en el escenario, yo no voy a dejar de viajar a donde me gusta".

Miguel Gutiérrez Garitano


"Por responsabilidad hemos pospuesto todo"


Miguel Gutiérrez, junto a un pozo de petróleo ardiendo en Irak. 

Tenía en mente dos expediciones, cruzar el desierto arábigo o seguir el rastro de los viajeros micénicos en el Mediterráneo y el mar Negro. Ambas, coronavirus mediante, han quedado en papel mojado. "Por responsabilidad hemos decidido posponer todo", se resigna el explorador y escritor gasteiztarra Miguel Gutiérrez Garitano, quien calmará sus ansias viajeras plasmando negro sobre blanco sus dos estancias en Irak durante la guerra contra el Estado Islámico. "A eso es a lo que me voy a dedicar estos meses. Siempre se puede sacar algo", se consuela. Y en ese algo va incluida su intervención en un curso de supervivencia en el Pirineo de Girona, donde compartirá con los asistentes sus experiencias en la selva.

Por lo demás, estaba pasando "un puñado de días" en Calpe "ahora que todavía la situación no es extrema", pero pensaba regresar en breve y "recluirse a escribir", temiéndose que irá a peor. Sus sospechas las funda en hechos como "la celebración del Baskonia, que me pareció una pasada total", o "el brote en Ordizia en una calle de bares llena de gente". "Una cosa es que veas a una cuadrilla de chavales sin mascarilla porque no tienen esa noción de riesgo y otra cosa son sobradas que cometemos todos y me parecen muy mal. No se nos debe olvidar lo mal que lo pasamos y la hazaña del personal sanitario, que lo dio todo", destaca. Él lleva mascarilla y a menudo se frota las manos con alcohol. "La gente te dice: Uy, qué miedo tienes. Pues no, es responsabilidad, porque lo hago por los demás", les aclara.

De los exploradores del siglo XIX a los que sigue la pista como historiador ha heredado su carácter estoico. "Nunca se daban por vencidos por difícil que fuera la situación. Pensaban en cómo solventar el problema y no se paraban a lamentarse porque no sirve para nada. Yo trato de ser así. Venga lo que venga, haré lo que tenga que hacer, pero la pandemia no me ha afectado demasiado en lo psicológico", afirma. Aunque ha sufrido malaria, dengue y fiebres de 40 grados, Miguel no ha llegado a temer por su vida. Por eso cuando un amigo suyo enfermó de coronavirus, trató de tranquilizarle contándole que "el explorador Richard Burton estuvo ciego tres meses andando por África sin saber si iba a recuperar la vista" y que "Livingstone iba a caminar hasta morir y había estado enfermo de tener que llevarlo en volandas". "Si ellos relativizaban, imagínate nosotros. Yo, que tengo tendencia a cogerme todo lo que surge en las selvas tropicales, estoy bastante preparado para ponerme enfermo", afirma. No obstante, reconoce que infravaloró la pandemia. "Pensaba que iba a ser como la gripe A y bromeaba diciendo que un amigo aquella vez se fue a China y se la recorrió baratísimo, pero fue una frivolidad porque esto ha superado todo lo imaginable".

"Esta excepcionalidad que ha llegado ahora a Occidente es el pan de cada día en África"

Ricardo Hernani

Montañero y viajero

"No soy miedosa, pero aquí la sanidad es buena e inmediata y en esos países si te ocurre algo..."

Ana González

Montañera y viajera

"No se nos debe olvidar lo mal que lo pasamos y la hazaña del personal sanitario, que lo dio todo"

Miguel Gutiérrez Garitano

Explorador