LA Arboleda ya no honra su nombre. Su vegetación ha mutado con el paisaje: llanos senderos donde antes había montes, lagos en las antiguas excavaciones para la extracción del hierro. Los árboles debieron ser numerosos hasta fines del 1800.

Llegamos a La Arboleda utilizando el funicular que va desde La Escontrilla hasta La Reineta. El "Funi" se creó en 1926 para facilitar el transporte de mineral, camiones, mineros. Actualmente sirve de transporte para los habitantes de la zona, y de ruta de ocio y turismo, principalmente para los residentes de la Margen Izquierda. Las vistas de El Abra merecen la pena.

La estación de La Reineta conserva sobre su frío muro de piedra un interesante aviso: "El conductor de todo vehículo cuidará de echar el freno inmediatamente de entrar a la plataforma manteniéndolo apretado hasta su salida. 1927, La Dirección" (mi énfasis). Una reliquia.

Del funicular hasta La Arboleda hay un kilómetro. Lo recorremos a pie, a paso tranquilo, disfrutando del sol y el aire fresco. También de un colorido mural que condensa los símbolos de la vida cotidiana del minero. El viernes fue, en todo aspecto, lo que en la jerga político-climatológica argentina denominamos "un día peronista".

En La Arboleda nos espera la plaza, y en la plaza un oxidado cartel de la sección local de La Casa del Pueblo. La sección fue fundada en el año 1888, tan sólo once años después de que los férreos montes de Triano dieran a luz el proceso de industrialización vizcaíno. Según mi querido amigo Luis, versado en la historia del movimiento obrero, se trata de una de las primeras secciones socialistas del territorio vasco.

Luis no tuvo la deferencia de enseñármelos (flojo lo tuyo, Luis), pero en La Arboleda quedan todavía algunos barracones mineros. Eran, en su mayoría, viviendas de tablazón tejado a dos aguas, con una ventana y una, o a lo sumo dos, puertas de acceso. Ligeras, fácilmente transportables, con ínfimas condiciones de salubridad y grave peligro de incendio, algunas de ellas podían albergar hasta 250 mineros. De acuerdo a Ana Julia Gómez Gómez, profesora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Málaga, en 1884 La Reineta contaba con 329 barracones mineros. Los trabajadores, endeudados hasta la médula gracias a la compra de comida, vino y tabaco en las cantinas de los patronos, estaban atados a la mina.

La temperatura de las "camas calientes" de los barracones mineros aumentó al ritmo del golpe del barreno, hasta la explosión: en mayo de 1890 los mineros encabezaron una huelga que se extendió al Gran Bilbao e involucró a 21.000 obreros. Según cuenta Ramiro Pinilla en La tierra convulsa, primer volumen de Verdes valles, colinas rojas, "[el General] Loma [mediador en el conflicto] no podía creer lo que estaba viendo en su paseo... Iba en el centro de un grupo de tipos muy elegantes y con una guardia de soldados, aunque él se movía sin miedo de la muchedumbre de mineros. [...] Estuvo en las minas Concha de la Orconera, en la Precavida, la Parcocha... Al fisgonerar en los barracones, preguntaba: ¿Viven aquí personas? ¡Esto no es ni para los cerdos!"

Hoy hay, en esta zona, un bonito recreo con pequeños ponys de alquiler, y un campo paradójicamente conocido como "golf obrero".

(Quisiera finalizar esta columna con un afectuoso saludo para la pareja de lectores que tan cordialmente me saludara en Casa Sabina. Confío en que habrán ordenado las exquisitas "alubias cocidas a fuego lento" con repollo -también conocido como "berza"- y sacramentos.)