Érase una vez una joven de la Salamanca de finales de los años cincuenta, cuyo abuelo, labrador, estaba empeñado en que fuera boticaria o maestra, las únicas carreras que solían estudiar las escasas chicas de la época que llegaban a la universidad. No pudo ser. La muchacha, tenaz, acabó cursando Químicas, doctorado incluido, y terminó siendo su profesión. Cincuenta años más tarde Francisca Vicente lo cuenta con un destello de orgullo en los ojos. Lejos de ser un cuento con final feliz, es la historia de una realidad muy viva, la de una mujer de 72 años que sigue trabajando en lo que más le gusta, la investigación, en la Facultad de Ciencias de la UPV, con unas ganas que a más de un joven le gustaría tener.

Francisca acaba de intercambiar su tarjeta de visita con Begoña de la Cruz, otra mujer que a sus 67 años no tiene intención alguna de deshacerse de la librería de su propiedad ubicada en el barrio bilbaino de Santutxu, que sólo abandona - "es sagrado"- todos los viernes por la tarde para llevar a su nieto Gontzal, de 4 años, a la playa.

Lo mismo le ocurre a María Victoria Cañas, de 68 años, propietaria de la bodega Diez-Caballero, que nunca había trabajado tanto como ahora, "liberada de otras obligaciones". Con la edad, al contrario de lo habitual, se ve rodeada de más ocupaciones y se enrola en "pasiones" como la moda, que le hacen "enormemente feliz".

Conversa con ellas la veterana del grupo, Mercedes López Luzuriaga, otra que tal. A sus 82 espléndidos años ha pilotado una "vida inversa" a las demás: empezó siendo ama de casa, para, ya con seis hijos, acabar estudiando y llegar a trabajar como auxiliar de enfermería en el hospital de Cruces. Tras la jubilación -que le costó "un disgusto"- emprendió una carrera de actriz que, como dice, le da "la vida".

DEIA reúne a estas cuatro vizcainas con motivo del Día Internacional de la Mujer, que se celebra hoy. No son muchas en su club, el de mujeres que con más de 65 años se empeñan en seguir trabajando en sus profesiones y en dejar para el día de mañana las ventajas de la edad dorada. Y es que, a una buena salud, le tiene que acompañar, como coinciden las cuatro, un auténtico amor por el trabajo.

La clave está en disfrutar del trabajo, para lo que no hay edad límite. "Es que soy tan feliz... Este trabajo me lo resuelve todo y no concibo la vida de otra manera que no sea haciendo lo que hago", resume María Victoria, quien como buena empresaria tiene una agenda infernal. "Lo único que debo hacer es empezar a delegar un poco", se excusa, sin duda pensando en sus dos hijos, que siguen la tradición familiar y trabajan con ella.

La diversión en el trabajo, el gusto por lo que hacen y la felicidad que les proporciona es el nexo de unión de estas cuatro mujeres, en un momento en que la ética del trabajo está en horas bajas. Francisca se siente a gusto y motivada, rodeada de gente joven en la universidad. El estatus especial de los docentes les permite seguir trabajando de eméritos hasta los 75 años y, aunque no está segura de lo que hará los próximos cursos, lo cierto es que espera con ilusión continuar hasta el año que viene cuando uno de sus alumnos "más brillantes" sea nombrado catedrático.

Begoña tampoco tiene prisa por jubilarse porque ha tenido la "gran suerte" de trabajar en algo, la librería, que le gusta y relacionado con su afición a la lectura. "Creo que no me voy a jubilar nunca. Lo único que me fastidia es que tengo que seguir pagando autónomos y las recetas de la farmacia -explica entre risas-. Pero tampoco eso me seduce lo suficiente como para dejarlo".

Quien tampoco tiene ninguna intención de olvidar su afición de toda la vida -la primera película en la que actuó de extra fue El otro árbol de Gernika, en 1969- es Mercedes. "Para mí no es un trabajo, sino una diversión". Y ahora que la crisis económica y la paralización de algunos proyectos le ha dejado sin rodajes desde el pasado diciembre, confiesa estar "algo tristona". Pero al igual que su jubilación de Cruces a los 65 años la llevó a estudiar interpretación y a actuar en publicidad y televisión, ahora confiesa estar animada y preparada "para todo".

mujeres, hombres, hijos... En las décadas de los sesenta y setenta, en las que las cuatro se incorporaron al mercado laboral, hablar de conciliación era una utopía, pero por extraño que parezca no encuentran tantas diferencias entre los esfuerzos que deben hacer las familias antes y ahora. Y, sobre todo, las madres, "que siguen cargando con el trabajo fuerte de la casa y los hijos", explica Francisca, porque a lo más que llegan los chicos jóvenes de ahora es "a ayudar". "Los hombres no se cuestionan si por tener niños tienen que renunciar a los trabajos o les dedican tiempo suficiente -tercia María Victoria- , pero creo que, en la medida que están empezando a pensar en el mundo de los sentimientos y los hijos, van a empezar a darle más importancia".

Les preocupa que con la vorágine de la vida actual las mujeres estén llevándose la peor parte. "Las madres somos capaces de hacerlo casi todo. Yo, por ejemplo, lo tuve relativamente fácil porque me ayudó mi madre y los niños estudiaban a 50 metros de mi tienda y al terminar venían a la librería". Pero ahora, la ayuda externa o de los abuelos es, si cabe, más imprescindible, debido a los horarios "infernales". Esa reflexión le lleva a preguntarse a Mercedes cuántos abuelos "han acabado con depresión o algo peor", agobiados por la obligación de cuidar a sus nietos.

Las renuncias a las que se ve sometida la mujer al tener que compaginar una carrera profesional siendo madre siempre acechan. "Elegir es renunciar, y cuando eliges renuncias a cosas, y esa renuncia no sólo te afecta a ti sino a los que te rodean", explica María Victoria. Pero lo positivo siempre se impone, como remarca Francisca: "Creo que mis hijos han estado orgullosos de que estuviera en la universidad y, de hecho, ahora me animan a que continúe".

El debate abierto sobre el retraso de la edad de jubilación, a estas alturas, les queda lejano pero algunas apuntan a que lo verdaderamente importante es que los jóvenes se incorporen "mucho antes" al mercado laboral. Sólo Mercedes entra al trapo: "Los 65 años es muy buena edad para poder disfrutar un poquito de la vida".

Terminado el café que las ha reunido, las cuatro se apresuran, disciplinadas, a ponerse ante el objetivo del fotógrafo en el hall del Hotel Carlton. Sobre la escena, parece resonar la frase atribuida a Cristóbal Colón: "Encuentra la felicidad en tu trabajo o nunca serás feliz".