Arríen, ciudadano del siglo desde Durango a Managua
Juan Bautista Arríen Representante Permanente de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en Nicaragua
Bilbao - El doctor y profesor Juan Bautista Arríen, representante permanente de la Unesco en Nicaragua, falleció la noche del pasado día 9 a consecuencia de un cáncer. Personalidades nacionales y la Cancillería de la República nicaragüense lamentaron su pérdida, por considerar que Arríen, con profundos principios humanistas, “fue un entrañable amigo, con grandes cualidades como sacerdote jesuita, educador, rector, doctor en Filosofía y deportista”. “Su legado en el campo de la educación es muy basto. No solo fundó la moderna Universidad Centroamericana, encabezó muchísimas tareas en el campo de la formación de maestros y deja su magnífica obra escrita”, dijo el exministro de Educación nicaragüense Miguel de Castilla.
Cuenta poéticamente Amalia del Cid en la web La Prensa Móvil, que su padre, Francisco Arríen, era panadero, deportista y fanático del Athletic, y su madre, Cesárea García, una maestra rural obsesionada con el orden y la limpieza. Él prefería hacer y no hablar. Ella era alegre, entusiasta y creativa. Pero cuando nació su primer hijo se pusieron de inmediato de acuerdo en el nombre. El niño se llamaría Juan Bautista. Sería Juan, la alegría de Dios. Y así, con esa premisa, Juan Bautista Arríen vino al mundo el 13 de mayo de 1931, en la villa de Durango.
A los cinco años le pilló -como a Gloria Fuertes (A los 9 años me pilló un carro / y a los 14 me pilló la guerra)-, la Guerra Civil, que le ayudó a forjar carácter: “En medio de la zozobra, aprendes a sufrir; en medio de la pobreza, aprendes a tener hambre, y en medio de la inestabilidad, aprendes de la seguridad”, decía. Un carácter que necesitaría mucho tiempo después, durante sus años como sacerdote jesuita y rector de la UCA, en Nicaragua, cuando tuvo que andar sacando de la cárcel a los estudiantes que se atrevían a desafiar al régimen en los últimos años de la dictadura de Somoza.
Doctor en Filosofía y licenciado en Teología, además fue futbolista y gran promotor del deporte nacional. En Nicaragua “me declararon Ciudadano del Siglo, ya no recuerdo el nombre de la organización... Aquí me hacen Hijo Dilecto de Managua... El presidente Ortega me entregó la Orden Cultural Rubén Darío... Este es el Premio Nacional de Humanidades... En aquella foto, la Asamblea Nacional me da la Orden de la Libertad Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Allí me dieron la Orden de la Paz Martin Luther King...”, recordaba para la periodista con ese acento vasco que nunca perdió, pese a que llegó a Centroamérica hace 58 años y era ciudadano nicaragüense desde hacía más de cuatro décadas.
En 1979, por discrepancias de pensamiento, Arríen decidió abandonar la Compañía de Jesús. “En sus tiempos de ministerio sacerdotal, el doctor Arríen fue ejemplar. Lo demostró cuando decidió pedir a la Santa Sede su dimisión. Eso lo hace solamente una persona sincera, valiente”, señala monseñor Bosco Vivas, amigo personal del vasco nicaragüense.
Abandono de la compañía Fuera de la Compañía, Arríen se casó y continuó en su labor de educador. Recordaba, a quien quisiera saber, como una “experiencia linda” la escuela que construyó y fundó en 1988 en un asentamiento que, por entonces, era conocido como Villa Miseria y ahora se llama Vista Hermosa.
En una pequeña casa de limoneros, aguacates y mangos, residió Juan Bautista Arríen hasta que fue ingresado a finales de junio para tratarse del cáncer que le comía. Acostumbraba nadar todos los días a partir de las 5.30 de la mañana, hasta que una infección se instaló en el cartílago de su oreja derecha. Tras dos operaciones, en las que le quitaron parte del apéndice, en junio se enfrentaba a una tercera cirugía que tampoco salió bien...
En aquella casita de árboles frutales, sufrió y gozó los partidos del Athletic (en sus categorías inferiores pegó algunos chutes hace muchísimos años) y pasó tiempo enfrascado en sus lecturas. “Es un comelibros. Todos los días lee cincuenta o cien páginas”, le define su segunda esposa, Giovanna Daly, a quien él consideró el gran amor de su vida.
Giovanna estuvo con él en los momentos más amargos de su vida. Estuvo con él durante su lucha contra el cáncer y fue su sostén tras la muerte de su hijo menor, Xabier Ignacio, fallecido en accidente en 2005. Esa pérdida logró quebrarle el espíritu. “Es el golpe más brutal que he sufrido en toda mi vida. Todos los demás han sido superados, este no lo puedo superar todavía”, escribió en su libro La vida más allá de uno, una autobiografía narrada con candidez, a corazón abierto. Tanto que, más que una biografía, parece un diario íntimo.
Empezaron como amigos, conversando largas horas, cuando Giovanna, también docente, llegó a trabajar a la UCA. Ambos acababan de salir de matrimonios difíciles. Él tenía dos hijos; ella, tres. “Decidí casarme con él porque pensé que era una linda persona, no tomaba licor y era casero”, cuenta Giovanna. 17 años después, se habían convertido en un “mal necesario” el uno para la otra. Y viceversa.
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