Beguinas: los beaterios fueron un refugio para las viudas de las Cruzadas

En la baja Edad Media las mujeres no tenían muchas más opciones que casarse. Su esposo era el que disponía de sus propiedades y ellas le debían obediencia. El gran problema venía cuando se quedaban viudas en una Europa donde escaseaban hombres por efecto de las Cruzadas. Así nacieron los beaterios.

18.11.2021 | 08:51
Casas de las beguinas en Brujas.

No sé si aquellas Cruzadas que convocaron el papa Urbano II y Pedro el Ermitaño cumplieron con su misión. Han pasado muchos siglos desde que se puso en marcha aquella leva marcada por premisas, bulas y privilegios para cuantos se decidían por la conquista de Tierra Santa a los sarracenos. A la versión que ha llegado a nosotros habría que añadir la de la otra parte para sacar una conclusión objetiva. De una forma u otra, justo es decir que aquellos magnos ejércitos dejaron diezmada a buena parte de Europa. Hubo ciudades que se quedaron sin hombres y las mujeres tuvieron que hacerse cargo de la situación.

Alemania, Holanda, Polonia, Francia, Italia y Austria siguieron el ejemplo de Bélgica en la organización de refugios para las mujeres que habían perdido a sus padres y esposos en tal aventura. Eran reductos cerrados donde vivían con independencia de donde estaban enclavados, ciudades dentro de ciudades en las que se seguían estrictas normas de convivencia. Se les llamó beguinajes en una mala traducción del flamenco, pero prefiero denominarlos beaterios.

Funcionaron durante ocho siglos y sus ocupantes han sido siempre ejemplo de religiosidad, honestidad y entrega a los demás, al tiempo que han aportado significativas obras al mundo de la cultura. La discreción de los trabajos que llevaron a cabo aquellas comunidades ha supuesto un desconocimiento general de la misión que desempeñaron en un período tan largo de tiempo.

Casi monjas, pero...
Ha habido quien erróneamente las ha equiparado a monjas, pero estas mujeres nunca quisieron identificarse como tales. Tampoco eran conventos los beaterios donde vivieron refugiadas. Ingresar en comunidades religiosas era una de las posibilidades que tenían las viudas que en enorme cantidad fueron dejando las Cruzadas, pero no todas aceptaban las normas de la Iglesia. En muchos conventos se aceptaba únicamente a mujeres nobles con objeto de que sus fortunas contribuyeran a la prosperidad de los mismos. Es decir, todas sus posesiones pasaban a la congregación. Tampoco las había partidarias de los tres votos requeridos para el ingreso: pobreza, obediencia y castidad. Aceptaban la vida religiosa, la obediencia y la castidad, pero no la pobreza.

Con los bienes que aportaban adquirían terrenos en propiedad en plan cooperativa en los que construían los beaterios. Estaban compuestos por decenas de modestas casitas y capillas de estilo tradicional, de ladrillo y piedra arenisca, dispuestas en callejuelas, plazoletas, parques y jardines. Esta pequeña ciudad estaba rodeada y defendida por un alto muro que la rodeaba. Su amplio portón se abría a primera hora de la mañana y se cerraba con el ocaso.
La vida en el interior estaba perfectamente organizada. Sus ocupantes disponían de un organismo de gobierno responsable del cumplimiento de las normas de convivencia establecidas. Lo presidía la Gran Maestra, a la que ayudaban las encargadas de, por ejemplo, las finanzas, la atención a los enfermos, la botica, el coro, el mantenimiento de los espacios comunes, el control de las visitas y la apertura y cierre de las puertas del recinto.
Esta vida religiosa al margen de la Iglesia fue muy mal tomada por algunos obispos y no faltaron las acusaciones de brujería y herejía. En más de una ocasión, la demostración de la vida piadosa que llevaban las salvó de la hoguera. En otros€

Casos supervivientes
Bélgica conserva –mima, diría mejor– los beaterios, que la Unesco ha declarado Patrimonio Universal de la Humanidad en su territorio. Se trata de los de Brujas, Gante, Malinas, Lovaina, Tongeren, Sint-Truiden, Hoogstraten, Lier, Turnhout, Dendermonde, Oudenaarde y Kortrijk.

Posiblemente, el más espectacular sea el Beaterio de la Viña –Begijnhof Ten Wijngaarde en su acepción original–, situado en Brujas. Como otros que iremos recorriendo, estaba situado en las afueras de la ciudad, pero el crecimiento urbano ha absorbido su espacio y hoy se encuentra perfectamente integrado en suelo urbano, aunque mantiene su carácter hermético.

Se accede a él atravesando un portalón, situado junto a un puentecillo sobre el romántico Minnewater o Lago del Amor. De esa forma se entra en un mundo de fantasía, lo más parecido a un paisaje de cuento de hadas, porque todo se conserva como hace cientos de años, con una limpieza y pulcritud extremas. Añádase a esto el silencio que tan solo es roto por el canto de los pájaros y la acción del aire sobre los árboles.

El beaterio de Brujas está ocupado en la actualidad por monjas benedictinas, que en cierto modo siguen las reglas de sus primitivas habitantes, sobre todo las que se refieren al respeto y el silencio. En su interior se siente la sensación de que el tiempo se detuvo aquí hace muchos años.


Entrada al antiguo beaterio de Oudenaarde.

El mayor, en Lovaina
La misma impresión se tiene cuando se visita el Gran Beaterio de Lovaina, la ciudad estudiantil por excelencia de Bélgica. Data del año 1205 y es uno de los más grandes, pues cuenta con una superficie construida de unas tres hectáreas. Allá por el siglo XVII llegó a tener unas 360 ocupantes. Fue su etapa más esplendorosa, pero también la más problemática, ya que tras la ocupación en 1795 los franceses lo clausuraron. A las 198 beatas que había en aquel momento se les autorizó a permanecer en sus casas, pero tuvieron que convivir con ancianas ajenas a la orden que ocuparon el resto.

Los habitantes de Lovaina consideran a su Gran Beaterio como una de las joyas arquitectónicas de la ciudad. Como en el caso de Brujas, solo hace falta traspasar el portal neoclásico para encontrarte en plena Edad Media. Las 70 casitas y conventos, así como las calles empedradas que lo componen, carecen de cualquier modernidad. Todos los detalles ornamentales, por pequeños que sean, están dentro de la misma tónica.

Se dice que la construcción más antigua data del siglo XVI, si bien la mayor parte de los edificios se levantaron uno o dos siglos más tarde. Hace unos años, en el transcurso de una restauración llevada a cabo en la iglesia del beaterio, aparecieron pinturas que se estima pertenecen al siglo XIV.

Este paraíso, ubicado en el hoy centro de Lovaina, planteó un serio problema cuando hace pocos años desaparecieron las ocupantes que lo cuidaban. ¿Qué hacer con él? Fue la universidad de la ciudad la que se hizo cargo del beaterio, destinándolo a residencia provisional de estudiantes y profesores invitados. Como tal, reina de nuevo la paz en el extraordinario rincón.

En el extremo opuesto de Lovaina, junto a la abadía de Santa Gertrudis, se encuentra el Pequeño Beaterio, citado por primera vez en 1272 y con actividad propia hasta 1798. Disponía de una calle con dos callejones sin salida donde llegó a vivir un centenar de beatas, cuyas escasas actividades productivas las puso camino de la ruina, hasta el punto de que se convirtieron en servidoras de la colegiata para sobrevivir.

Los edificios fueron deteriorándose sin reparación. La iglesia, erigida en 1636, fue derribada en 1862, y el solar donde había estado la enfermería pasó en 1954 a convertirse en una ampliación del almacén de una conocida marca de cerveza.

La abadía de Santa Gertrudis tuvo que ser un conjunto arquitectónico extraordinario. La torre de la iglesia enorgullece a los vecinos de Lovaina, porque en su construcción solo se utilizó piedra, sin que mediara clavo alguno. La abadía cayó en la ruina y así permaneció durante muchos años, hasta que en 1912 un canónigo consiguió comprar lo que quedaba de ella y la reformó, utilizando para ello la piedra de los deshechos de los edificios señoriales de la ciudad abatidos durante la I Guerra Mundial. La obra parecía gafada, porque volvió a ser destruida en la siguiente conflagración bélica.

El Pequeño Beaterio de Lovaina fue restaurado en el año 2000 para ser vendido preferentemente a particulares, artistas e historiadores, que han sabido mantener el espíritu del barrio. A decir de los arquitectos, es donde mejor se conservan las casas tradicionales flamencas, una treintena en total.

Gante: libertad religiosa
Mucho antes de que en su territorio viera la luz el emperador Carlos I, Gante ya tenía el Gran Beguinaje. Lo construyó en 1234 la condesa Juana de Flandes, cuya vida personal estuvo íntimamente ligada a las Cruzadas. No es un recinto cerrado al uso tradicional y tiene una característica que lo diferencia de otros: sus tres iglesias –católica, protestante y ortodoxa– dan una idea de la consideración religiosa que se tenía.

Al año siguiente se levantó el beaterio de Nuestra Señora Ter Hoyen, uno de los mejor conservados. La última beata que vivió en este recinto falleció en 2005. Las viejas construcciones están alquiladas hoy a artesanos que las cuidan con todo mimo.

El mayor beaterio de todos ellos es el de Santa Isabel, construido en sustitución del primero entre 1873 y 1874. Fue una obra rápida, ya que en menos de dos años se levantaron 80 casas, 14 conventos, la residencia de la superiora, una enfermería, una capilla dedicada a San Antonio de Padua y una iglesia. 

Beguinas famosas
Posiblemente, las beguinas más famosas fueron Hadewych de Amberes y Matilde de Magdeburgo, autoras de gran número de obras de literatura mística. Se dice que la última tuvo visiones celestiales que plasmó en un libro filosófico de siete capítulos que le ocupó toda la vida.
No todas las beguinas fueron comprendidas. Por mantener su libre ideario algunas sufrieron persecución, y fueron juzgadas y condenadas por la Inquisición bajo la acusación de brujería. Es el caso de la francesa Margarita Porrette que fue quemada viva en 1310.
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