Torre Loizaga: la fortaleza de las joyas sobre ruedas

La única colección europea con todos los modelos de Rolls-Royce fabricados entre 1910 y 1990 y otros clásicos del motor sorprende en Galdames (Bizkaia), y en un entorno de cuento medieval.

26.02.2021 | 11:03
Uno de los pabellones de Torre Loizaga, en Galdamés.

En el pueblo "comentan que se ha formado una cola inmensa en la entrada, mejor ni intentamos ir€", se repetía en los corrillos de la comarca de Enkarterri cada 25 de julio, festividad de la ermita del barrio Concejuelo. Pero, ¿qué aguardaba tras los muros de la aledaña Torre Loizaga para suscitar tal expectación? Pues una increíble colección compuesta por 75 coches antiguos y clásicos, la única de Europa que exhibe al completo los modelos salidos de los talleres de la mítica marca Rolls-Royce entre 1910 y 1990. Tolo surgió del sueño del empresario Miguel de la Vía (1932-2009), que reconstruyó el lugar y acomodó allí su creciente flota automovilística. Museo oficialmente desde el año 2000, forma parte de la Red Europea de Patrimonio Industrial.

A quien guía el volante siguiendo la señalización le asalta la impresión en cierto punto de haberse perdido a medida que la calzada se va estrechando entre caseríos y bosques. Por fin, igual que cuando en las vueltas ciclistas irrumpen las vallas que indican la meta, un cercado de madera significa que se aproxima el destino. El alma máter de este enclave "viajaba mucho y decía que cuando se desplazaba por Francia para alcanzar algunos castillos había que subir a un monte por una carretera poco transitada", compara José Ángel Durán, mecánico que mantiene los coches en perfecto estado. La ubicación, no lejos de Bilbao, pero tampoco en el mismo centro, "evita la masificación y selecciona a las personas que realmente quieren venir".


Una vista de la Torre Loizaga, en el municipio vizcaíno de Galdamés.

Aunque más influyó al establecerse en este paraje "la idea un poco romántica de rendir homenaje a su padre, a sus abuelos y a su tierra", desvela su sobrina y responsable de comunicación de Torre Loizaga, María López-Tapia de la Vía. Y es que "sus antepasados nacieron muy cerca". "Lo conocía todo de su Galdames natal, desde pequeño sabía que el linaje Ochoa García de Loyzaga levantó la primitiva edificación en el siglo XIV", cuando las rutas comerciales confluían aquí estratégicamente hacia la costa. En 1985, Miguel de la Vía adquirió las ruinas del solar. En la fachada de la torre se aprecia la diferencia en la tonalidad de la piedra donde comienza la parte moderna, "justamente por encima de una puerta con los escudos originales".

"Canteros gallegos y más gente especializada" se desplazaron para una obra que precisó la reapertura de la cantera de la que había salido el material en la Edad Media. Sin embargo, resultaba insuficiente, así que "fueron a buscar más hasta La Rioja". Los detalles artesanales se cuidaron al milímetro en "techos, barandillas o maderas, que miden muchísimos metros y a veces forman una pieza".

Fuera "se rellenó toda la tierra, porque dibujaba una especie de hondonada, se trajeron olivos de Andalucía, se erigieron las murallas€" en una transformación "imposible" de reeditar a día de hoy.

Ilusión de Miguel de la Vía
Su artífice debió responsabilizarse de los negocios familiares en la juventud. Apegado a sus raíces, "no se prodigaba socialmente y era muy ingenioso y con sentido del humor, podías pasar horas escuchándole", describe su sobrina. Y poseía "temperamento de artista, porque tocaba el órgano y el acordeón, diseñó y plasmó en papel la reconstrucción y pintó la mayoría de los cuadros que se muestran dentro".

"Me comentaba: bájate al pinar y hazme unas fotos con la cámara. Yo sacaba treinta, cuarenta o cincuenta, las revelaba y se las entregaba. Luego él montaba un mural" con las composiciones y las trasladaba al lienzo, rememora José Ángel Durán sobre "el mejor jefe que pude tener, sencillo y que reconocía la labor de los trabajadores; constituyó mi segunda familia junto a su mujer, Sofía Garitaonaindia".

El padre de José Ángel fue el chófer de Miguel de la Vía y cuando pasó a asumir otras tareas su hijo cogió el relevo, tal y como se repetiría años después con la tercera generación de los Durán en la Torre Loizaga.
El alma máter del museo aprendió a conducir "muy pronto" y se hizo "lo mismo con un Ferrari que con coches americanos o con un Jaguar", enumera María López-Tapia de la Vía. En aquella época, su tío ya atesoraba tres modelos de Rolls-Royce, "en un principio para andar con ellos, pero le ofrecieron alguno más y llegó un momento en que se juntó con seis o siete de la misma marca y pensó que podría reunirlos todos", repasa José Ángel Durán.
Se le resistió en particular el Phantom IV, del que solo se preservan otras 17 unidades en todo el mundo. Durante tres años consecutivos Miguel de la Vía voló infructuosamente a subastas en EE.UU. para pujar por uno. El precio se disparaba hasta que salió otra ocasión. "Quisieron saber dónde se custodiaría, para cerciorarse de que iba a estar correctamente cuidado. Enviamos documentación sobre la historia e instalaciones de la Torre Loizaga y solo entonces se sentaron a hablar de dinero", revela Durán sobre el coche que se exhibe en un emplazamiento preferente. Tres como él recalaron en España para Franco y en uno de ellos recorrieron las calles de Madrid los reyes Felipe y Letizia tras su boda en 2004 y su proclamación en 2014.

El primero en entregarse, en 1950 a la familia real británica, trasladó a Meghan Markle a la capilla de San Jorge del castillo de Windsor para su matrimonio con el príncipe Harry. Equipado con un sistema de protección contra la arena en las cerraduras de las puertas, el de Galdames lo encargó el Emir de Kuwait en 1955 antes de que fuera transferido al Resnick Motor Museum de Nueva York y pasara por las manos de otros propietarios más hasta hallar su aparcamiento definitivo en 1999. El Sha de Persia, los duques de Gloucester y de Kent, el Aga Khan, el príncipe Talal de Arabia Saudí, el rey Faisal de Irak o el príncipe regente de Irak también disfrutaron de las lujosas comodidades del Phantom IV.

Ojeadores de coches
En ausencia de Internet, acumular kilómetros servía de canal de comunicación para enterarse de posibles oportunidades. Compradores y vendedores "se conocían de viajar y acudir a las subastas", cuenta María López-Tapia de la Vía. También los ojeadores se movían en el mercado a la caza de las piezas más codiciadas. Una vez cerrada la transacción, "la mayoría de los coches navegaban en el ferry a Santurtzi y los traíamos conduciendo", rememora José Ángel Durán. Así lo llevaron a cabo incluso con un camión de bomberos Merryweather de 1939 procedente de Sussex, Inglaterra, que se batió en servicio durante la Segunda Guerra Mundial y a su retirada de la brigada solía participar en la carrera anual Commercial Vehicle Run entre Londres y Brighton. Una réplica del mismo se preserva en el museo de Sandringham, la residencia donde Isabel II acostumbra a pasar la Navidad. "¡Imagínate! Por la carretera de Bilbao a Castro Urdiales nos convertíamos en el centro de atención". De haber existido los teléfonos móviles los vídeos habrían circulado rápidamente por las redes. A la altura de Ugaldebieta "nos desviábamos a la carretera nacional y ya cubríamos esa parte del trayecto más tranquilos", recuerda Durán.
El propio Miguel de la Vía repitió este ritual más de una vez. Sentía debilidad por uno de estos tesoros: el Rolls-Royce Silver Ghost de 1912 que perteneció al alcalde de Melbourne y copó el palmarés del Rally Federal de Australia y concursos de elegancia. Otros automóviles han desembarcado en la Torre Loizaga por la relevancia de quienes se acomodaron en ellos. Un Rolls-Royce Silver Ghost de 1913 estableció su base en el palacio de Blenheim (donde vino al mundo Winston Churchill) para uso de la duquesa de Marlborough. Incorpora "frenos de discos acoplados a sus ruedas delanteras con motivo de su participación en la carrera Pekín-París sobre un recorrido de 14.994 kilómetros", precisa María López-Tapia de la Vía. El más antiguo entre los automóviles en exposición fue antaño propiedad de la leyenda inglesa de la Fórmula Uno Sir Stirling Moss, fallecido en abril de 2020. Se trata de un Allen Runabout de 1898 provisto de un cilindro que conduce la potencia a las ruedas traseras por cadenas sin embrague y que en vez de volante dispone de una palanca.

El museo compone un paseo por más de cien años de historia del automovilismo en seis pabellones. En un carruaje del siglo XIX "viajó el conde de Urquijo", señala Sergio Martínez, vigilante de Torre Loizaga, quien da la bienvenida a los turistas en el primero de ellos. En la tapicería original no han desaparecido los daños causados por el fuego "y si te acercas se observa el agujero que los señores utilizaban de retrete". El servicio viajaba a la intemperie. A este tipo de asientos "se les llamaba ahí te pudras o mata suegras".

El segundo rinde homenaje a Miguel de la Vía a través de varios de los vehículos que condujo: un Mercedes 190 SL, un BMW 635 CSI, un Lancia Aprilia o un Porsche 911. Gerardo y su amigo Floren se detienen ante un descapotable. "¡El del asesinato de Kennedy!", exclaman. Aunque "cantidad gente nos hace la misma pregunta", el presidente de Estados Unidos saludaba a la multitud en Dallas el 22 de noviembre de 1963 sentado "en un Lincoln Continental" cuando recibió los fatales disparos, mientras que "este es un Cadillac".

En las tres últimas salas se despliegan los Rolls-Royce ordenados "de los más recientes a los más antiguos". Entre ellos, dos ejemplares que formaban parte de las flotas sudafricana y australiana de Isabel II. A modo de curiosidad, la soberana puede sustituir el emblemático Espíritu del Éxtasis por su propio emblema. La dama alada tampoco corona el más añejo de los Rolls-Royce de la Torre Loizaga, porque cuando salió del taller en 1910 el símbolo de la marca que recuerda a la escultura de la Victoria de Samotracia aún no se había creado.

A la parada final del recorrido se le denomina Hall Baronnial, así bautizado por el escritor e historiador inglés John Fasal cuando acudió a Galdames en 2001. Se trata de una majestuosa sala ya dentro del recinto de la torre que, según comentó, le dejó sin respiración.

Reparación artesanal
Si de vez en cuando se advierten huecos en los espacios expositivos obedece a que hay coches en el taller. "Nos ponemos en marcha en un pabellón y avanzamos poco a poco hasta terminar de revisar la colección al completo", detalla José Ángel Durán, "comprobando que todos arranquen". Reparar estas reliquias requiere "horas y horas de trabajo", porque "si un coche actual no funciona se sustituye lo que falla y punto". En este caso no, ya que "puede que no exista repuesto y, por otra parte, cuanto más originales sean las piezas más vale el automóvil".

Es un patrimonio digno de ser admirado, como pensó el cura que oficiaba misa en la romería por la festividad de Santiago que se celebraba en la ermita cercana y que sugirió a Miguel de la Vía que los parroquianos pudieran contemplar la colección. Aceptó y aquellos primeros visitantes hablaron de la experiencia gratamente impresionados. Se corrió la voz de tal manera que el año siguiente "vinieron mil personas y el siguiente ya lo pasamos mal" porque se congregaron "más de 3.000". La cuarta vez se personó la Ertzaintza "por el colapso que se formó". El atasco precipitó la apertura más regular los domingos y festivos entre las 10.00 y las 15.00 horas. Entre semana se puede acceder previa reserva para grupos, asociaciones o colegios.

Veinte años interrumpidos abruptamente por el coronavirus avalan una trayectoria con el reconocimiento internacional que supuso su nominación en 2018 como mejor museo en los premios que otorga la prestigiosa revista británica Octane, "considerados los Oscar de los coches y que distinguen categorías como mejor restauración, mejor concurso, mejor libro€", repasa María López-Tapia de la Vía. Asistió a la gala de entrega en Londres, donde se alzó con la victoria el "fantástico" museo Nicolis de Italia, "situado cerca de Verona", y pudo comprobar cómo se reconoce a Torre Loizaga a nivel internacional. ¿Qué impresión le hubiera causado al escritor, cronista y archivero de Bizkaia nacido en Galdames Antonio de Trueba (1819-1889), que dedicó su primer poema, precisamente a la torre (el texto luce enmarcado en el Hall Baronnial) si pudiera verla hoy? "Según nos informó Carlos Glaria", historiador de la localidad, el topónimo Loyzaga así escrito "significa lodazal o sitio de lodo", una acepción muy lejana del firme asfalto que pisan estas maravillas del motor. 

Las joyas de la colección

Carruaje del siglo XIX
Utilizado por el conde de Urquijo. La tapicería está dañada por el fuego. El orificio en el interior es el retrete de los señores. El servicio viajaba a la intemperie en los asientos superiores. El punto de partida al recorrido por la historia del automóvil deteniéndose también en sus antecesores. 
Camión de bomberos Merryweather 
BMC-Pump Escape de 1939
En servicio en el distrito urbano de Sussex y después durante la Segunda Guerra Mundial, cuenta con el motor en la parte delantera y una bomba de escape. El museo real de Sandringham exhibe una réplica. 
Runabout Allen de 1898
Perteneció al piloto inglés Sir Stirling Moss, fallecido en abril de 2020. Una especie de híbrido entre el carruaje y el incipiente automóvil que carece de embrague y tiene una palanca en el lugar del volante. 
Cadillac de Ville Cabrio de 1965
Como anécdota, no pocos turistas lo confunden con el descapotable en el que John Fitzgerald Kennedy fue asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Pero no, aquel era un Lincoln Continental.
Rolls-Royce Phantom IV de 1955
Lo encargó el emir de Kuwait con la previsión de instalar en las puertas un mecanismo que evita que penetre la arena del desierto. Posiblemente, el modelo más exclusivo, del que solo se fabricaron 18 unidades en todo el mundo.
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