De brocha fina

Gloria y pena de las casas torre

07.08.2020 | 10:13
Pablo Muñoz.

A partir de la Baja Edad Media proliferaron en Euskal Herria las construcciones de carácter militar, reconvirtiendo en algo más sólido aquellas rústicas edificaciones que salvaguardaban a los vascos de las invasiones bárbaras y musulmanas y de las que solamente quedaron los cimientos en que se basaron, después, nuestras viejas torres banderizas.

Los siglos XIII, XIV y XV cada linaje iba erigiendo sus torres para protegerse de las correrías de los bandos enemigos. Las primeras habrían sido construidas fundamentalmente en madera, acompañadas de molino y ferrería, aisladas y de planta rectangular. A veces, vivienda y torre formaban un único cuerpo (Olkoz, en Nafarroa); otras, la torre protege a la vivienda (Idocin en Nafarroa y Sanchósolo en Bizkaia). Casi siempre van en tejado a cuatro aguas, las hay con paramento defensivo de madera (Donamaría, en Nafarroa), o con escalera externa de acceso (Torre Luzea, en Zarautz).

Desde esas torres, los linajes iban abriéndose paso a mandoblazos en rápidas y sorpresivas operaciones bélicas, hasta que se colmó la paciencia de las Hermandades. Fue en Gipuzkoa donde con mayor rigor se pone fin a estos excesos, con la orden de arrasarlas para poner fin a las tropelías de los banderizos. El siglo XV es el ocaso de estas construcciones, y bien que nos lo relata Lope García de Salazar en sus "Bienandanzas y Fortunas":

"En el año de mil e cuatrocientos e cincuenta e seis se lebantaron (las Hermandades) contra todos los parientes mayores, no catando Oñez, ni Gamboa, porque facían, e cometían muchos robos e maleficios en la tierra, e en los caminos, e derribáronles todas las casas fuertes, que una sola no dejaron en toda la provincia que fueran estas: las de Lazcano e de Yarza e de Amezqueta e de Ugarte e de Alzaga e de Murguía, de Cegama, e de Sant Milian e de Asteasu e de Zumarraga e de Loyola e de Balda e de Emparan e de Zarauz e de Achega e de Iraeta e de Elgueta e de Vergara e otras muchas, que no dejaron ninguna sin derribar, e quemar, sino solamente la de Olaso e la de Unzueta; e quitáronles todos los parientes e las treguas de los solares que no les quedó uno solo; e ficiéronse todos comunidades; e echaron desterrados a dichos Parientes mayores por cierto tiempo de la Provincia toda".

Fueron así las torres desmochadas y se les privó de todo elemento bélico, ya fuera ofensivo o defensivo. Estas medidas fueron confirmadas en 1457 por Enrique IV y en 1498 por Fernando el Católico, que dictó la prohibición de que nuevas fortalezas fueran erigidas en Bizkaia.

Al Cardenal Cisneros, ya entrado el siglo XVI, le cupo el dudoso honor de hacerse albacea de la conquista de Nafarroa y arrasó con cuantas edificaciones defensivas halló a su paso en el herrialde, salvándose las bajonavarras de la merindad de Ultrapuertos.

Hoy, lo que queda de aquellas fortalezas orgullo de los linajes vascos viene a ser una especie de pintorescas casas de labranza, o casas solariegas de pocas pretensiones que sustituyeron las saeteras por balcones secaderos o galerías solaneras.

Del ayer al hoy, como recóndita memoria de los belicosos señores vascos, el visitante puede recrearse en Nafarroa con los restos de las siguientes torres: Ablitas, Arizkun, Oyan-Ederra en Arbizu, Jauregizarra, Jaureguía y Zubiría en Arraioz, la casa-fuerte de Ayanz, en Arre, en Donamaria, en Etxauri, en Gollano, en Gallipienzo, en Idozin, Dorrea de Irurita, Monteagudo, Lesaka, Zozaya, Santacara, Yarnoz y Ezperun en Otsagi-Ochagavía.

En Bizkaia, se quedó en casi nada la bravura de los señores banderizos Duques de Abrante en Mungia, Salcedo y De la Quadra en Güeñes, Oxirando en Gordejuela, Aranzibia en Ondarroa, Muntxarez en Abadiño, Sestao, Getxo y Abellaneda.

A Gipuzkoa la desmocharon desde la hoy Santa Casa de Loiola, Torre Luzea en Zarautz, Etxebeste de Hondarribia, la del Conde de Oinati, la de Ozaeta en Bergara, la de Berriatua en Mutriku, la de Berastegi, la de Legazpi y la de Zuola, en Azpeitia.

Los humos bélicos en Araba quedaron en los humildes restos de la Torre de Délica en Arrastaria, la de los Varona en Vilanañe, las del Conde de Orgaz y del condestable de Castilla en Fontecha y la de Arziniega.

Tampoco Iparralde se libró del castigo, y la memoria de la fogosidad señorial dejó como huella la torre de Laxage en Izura (Ostabat), la de los señores de Belzunce, la de Aierra y la de Senpere.

Similar castigo sufrieron los castillos, especialmente en Nafarroa y Araba, en los que se cebó la furia centralista de Cisneros en el siglo XVI. De una tacada acabó por desmochar en Nafarroa los de Sancho Abarca, Leguín, Mélida, Kaseda, Castillonuevo, Aguilar, Cábrega, Xabier, San Martín, Oro, Murillo, Belmechete, Alkarroz, Axieta, Arguedas, Peña, Unzué, Eslava, Pitillas, Azamez y Santa Clara. Carlos I dio el toque final a tan salvaje expoliación arrasando la fortaleza de Tafalla y manteniendo en pie los de Amaiur, Iruñea e Irunberri no por benevolencia sino por cuidarse de que sus legítimos soberanos pudieran sobrevenirle desde la merindad de Ultrapuertos.

Reconstruidos con el paso del tiempo, quedan en pie los castillos de Arazuri cerca de Iruñea, los de Sancho Abarca, Mariscales de Navarra y Duque de Miranda en Cortes, el de Marcilla, el de Eriberri-Olite, el de Xabier y algún otro exponente de pasadas grandezas.

Entrada natural a Euskal Herria era Araba, y para su defensa se erigieron castillos que el invasor se ocupó en desmantelar. De la época banderiza nos quedaron las muestras del castillo oñacino de Mendoza y el gamboíno de Guevara. En pura ruina, los de Mormuendi, Ocio y Bendaña.

Castillos castillos, lo que se dice castillos, no los hubo apenas en Bizkaia y Gipuzkoa salvo el de Arteaga, desfigurado por continuos parches y reconstrucciones, el de Butron, en Gatika, del siglo XIII y reconvertido al neogótico en el XIX y el de Muñatones en Somorrostro, todos ellos en Bizkaia.

Lapurdi cuenta con su Chateau Vieux y su Chateau Neuf, Nafarroa Behera con el arruinado castillo de Bidaxune (Bidache), en tiempos orgullo y prez de los señores de Beaumont, el de Ahetze y el de Larrea, en Izpura (Ispoure). En Zuberoa se alzaron los de Maule y el de Ruthie, a los que hizo toda la sombra que pudo el de los poderosos señores de Luxe en Atharratze (Tardets), ya desaparecido en el siglo XVIII.

Y, dentro de estas pasadas glorias y penas del pasado belicoso en tierra vasca, nos queda hablar de los Cercos y Murallas que en Euskal Herria rodeaban a los núcleos urbanos con el vano intento de hacerlos inexpugnables. Nuestros antepasados defendían a sus pobladores concentrándoles en una Ciudadela (Baiona), o en una iglesia fortificada (Uxue, Artaxona, Peñacerrada, Biasteri-Laguardia), o en un cerco amurallado (Eriberri-Olite, Gares-Puente la Reina, Torralba del Río). Las propias iglesias fortificadas eran también refugio y castillo (Donibane-Garazi, Cizur, Olazti-Olazagutía, Orreaga-Roncesvalles, San Nicolás en Iruñea, Santiago en Zangoza, Larrabetzu o Erandio).

Vestigios todos ellos de un pasado incierto, difícil, cuando los tiempos, los imperios y las ambiciones obligaron a los vascos a hacerse fuertes contra el invasor y contra ellos mismos.