histórico olvidado

El arquitecto que quería pintar

09.02.2020 | 15:55
Ramón de Lecea.

QUIENES le conocieron de primera mano aseguran que Ramón de Lecea (1940-1986) a quien el Bilbao de su época conoció con el sobrenombre de Montxo, hablan de un hombre intrépido y un punto osado, impulsivo y rebosante de imaginación. No eran virtudes muy apreciadas en aquel Ayuntamiento donde reinaba la dama de hierro a la bilbaina, Pilar Careaga. Ni las más negras nubes eran capaces de encapotar su campechanía, su rebelde visión de la vida. Quienes le conocieron de primera mano a este arquitecto municipal aseguran que le oyeron decir más de una vez un viejo lema propio: "Me hice arquitecto para aprender a pintar", confesaba a sus amigos.

El Ramón bohemio fue forjándose en Barcelona, Lecea coincidirá allí con Ricardo Bofill, otro monstruo de la exageración, otro histriónico. A Bofill lo echarán de la Escuela de Arquitectura por actividades tan subversivas como ser del Sindicato de Estudiantes, es decir, en lenguaje de la época, por ser rojo. Montxo, en cambio, se mantenía ocupado en otros quehaceres, extravagantes también por aquellos años y en el entorno en que se movía, quehaceres tales como dedicarse a la pintura o formar su primera familia. Para un carácter como el de Lecea, sin duda resultó un desafío el ejercer de funcionario, y una aventura el hacerlo a las órdenes de mujer tan alcaldesa. Con ella Lecea, tuvo que desplegar todo su arte de gran seductor. Acabó enredándose y apartado a la gestión del cuerpo de bomberos hasta que los tribunales le devolvieron hasta la Arquitectura Municipal.

Ahí volvió a florecer su personalidad. Llegó a restaurar el kiosco de El Arenal, con esas vidrieras de su diseño. Los ángeles no tienen sexo. Con Lecea, hubo quien vio un ángel burlón y bien dotado, mirándonos desde el techo. En la plaza Unamuno desplegó una mirada de mentalidad francesa y en la restauración de la biblioteca de Bidebarrieta, que no llegó a terminar, donde espolvoreó un juego cromático rico y nuevo para el edificio. Y los moscones quietos, juego una vez más de Lecea, amenazando con despegar bufones desde lo alto.

Cuentan las crónicas que Bilbao entero estuvo con él en su adiós (poco antes era nombrado Zarambolas...), con el alcalde al frente (la música, el embalaje y el transporte lo pusieron sus amigos...). Fue una exposición-homenaje trepidante. La obra de Ramón de Lecea estuvo expuesta hasta el día 9 de enero de 1987 en la Sala de Exposiciones de San Nicolás del por aquel entonces Banco de Bilbao.

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