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Los Fake Books

09.02.2020 | 15:17
Libros.

EL New York Times ha publicado estos días un informe que tiene de todo: Amazon, Orwell, su libro 1984, manipulación, etc. Hasta aquí nada sería llamativo si no fuera porque no se refiere al contenido del libro, sino a la facilidad de encontrar obras falsificadas en Amazon. Una de las obras que más versiones falsas tiene es precisamente 1984, ese libro al que tanto recurrimos para referirnos al "Gran Hermano". ¿Será por su éxito o por dar un mensaje político?

En esta era de la desinformación, uno ya se va acostumbrando a este tipo de situaciones. Noticias falsas, vídeos falsos y artículos falsos. Y ahora, libros falsos, una ramificación de las Fake News que consiste en que un libro original se traduce equivocadamente, se cambia su contenido (manipulación directa) o tiene errores tipográficos deliberados (suponemos como una forma de atacar al autor o autora). Hay algunos libros que incluso tienen versiones con muy pocas modificaciones; los pocos cambios se dan en partes críticas del argumentario.

El informe del New York Times revela algunos datos interesantes. Los libros manipulados suelen ser más baratos. Suponemos que es una manera de facilitar su difusión (un patrón que también podemos observar con las noticias falsas, que suelen ser gratuitas). Por otro lado, las falsificaciones parece que se producen fundamentalmente en obras de dominio público. Lo curioso del caso es que incluso desde esta parcela, la era digital con Amazon como librería nos abre un nuevo debate. 1984 es un libro de dominio público en la India, donde muchas de estas copias falsas son editadas. Sin embargo, son vendidos en EE.UU., donde todavía están protegidos por copyright. ¿Cómo se resuelve esto desde el punto de vista de los derechos patrimoniales? Estamos hablando de libros, pero lo cierto es que en el informe se puede encontrar también referencias a prendas de ropa o de belleza, grandes mercados internacionales igualmente. El desgobierno del control de la autenticidad en el mayor supermercado del planeta, es considerable.

Creo que a estas alturas podemos considerar a Amazon como la mayor librería del mundo. Una representación cultural en la que muchos y muchas hemos pasado cantidades ingentes de horas disfrutando de ese momento que es descubrir algo que nos puede gustar. Yo mismo, últimamente he delegado mucha confianza al propio algoritmo de Amazon. Ya saben que estas piezas de software, cuantos más datos tienen, mejor funcionan. Por eso paso largos ratos aparentemente perdidos, mirando en Amazon libros. Quiero que vaya aprendiendo lo que me gusta. Doy clicks, navego, guardo en mi lista de deseos, etc. Todo ello, para que me conozca.

Si leo que detrás de las recomendaciones que me pudiera realizar pueden estar copias falsificadas, naturalmente, uno no se queda muy tranquilo. Amazon prohíbe las falsificaciones. Pero las vende. Curiosa paradoja. Se escuda en un argumentario ya bastante habitual en estas grandes empresas tecnológicas: lo desconocen y son tantas obras, que les resulta imposible controlar el contenido de todas ellas. Decimos que son explicaciones ya bastante habituales porque con Facebook pasa igual. Es tan grande, que ya no se pueden enterar cuando cometen atrocidades contra la privacidad y los derechos fundamentales de la ciudadanía. A veces ser tan grande tiene estos problemas.

Curiosamente, de las pocas soluciones que se pueden dar a este tipo de situaciones radica en esa gran comunidad que tienen. Facebook incorporó un botón para poder denunciar contenidos que no respetaran la convivencia en su espacio social. Creo que Amazon tendrá que hacer lo propio, puesto que su gran comunidad puede ser precisamente el activo que permita esa verificación social que haga escalable la revisión de sus contenidos falsos. Contratar a decenas de miles de revisores parece inviable.

Estamos ante el enésimo caso en el que comprobamos que no hay una única fuente de veracidad. La era digital ha acelerado y facilitado la difusión de la información. Copiar y difundir es más barato que nunca. Pero, con ello, la confianza del consumidor en los mercados digitales no hace más que mermar.

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