Críticas de cine

10.12.2021 | 11:27
Valero, Moha y Pep, nombre de los personajes y nombre de los actores, protagonizan un filme que habla con humor y empatía sobre la vida corriente a través de hombres tan ordinarios como singulares.

SEIS DÍAS CORRIENTES


Dirección: Neus Ballús. Guion: Neus Ballús y Margarita Melgar. Intérpretes: Valero Escolar, Mohamed Mellali, Pep Sarrà y Pau Ferran. País: España. 2021. Duración: 85 minutos.

EL cine nació mirando a una fábrica. Los primeros personajes que captó la primera cámara eran trabajadores camino de casa tras concluir su jornada laboral. Aquel filme titulado La Sortie de l'usine Lumière à Lyon, dura(ba) 46 segundos, no tenía sonido y se filmó el 19 de marzo de 1895. Está considerada como la primera producción cinematográfica de la historia, aunque técnicamente el primer filme se rodó en 1888, Roundhay Garden Scene, por el inventor francés Louis Le Prince quien desapareció misteriosamente cuando se disponía a patentar el invento del cine. Pero esa es otra historia.

Lo indiscutible aquí y ahora es que los primeros espectadores de cine lo que vieron por primera vez fue currelas. Han pasado 126 años y qué pocas veces se ve a gente trabajando en oficios corrientes en el cine. Aunque no toda la culpa, mucha responsabilidad de ello la tuvo y la tiene Hollywood y su convencimiento de que la gente cuando va al cine no quiere ver a la clase obrera. Por fortuna hay grandes y bellas películas que sin necesidad de revisar la mitología griega, la Biblia, Shakespeare o El Capital, saben encontrar belleza, interés y amenidad en eso a lo que la mayor parte de la humanidad dedica buena parte de su existencia: el trabajo.

En Seis días corrientes, Neus Ballús da un recital de cómo, de gente anónima con vidas discretas y existencias cotidianas, se pueden extraer hermosas lecciones de humor y vida. A diferencia de la película iniciática de los Lumière , en Seis días corrientes, sus personajes, tres lampistas en plena faena, hablan por los codos, sin parar, de todo y para todos. Incluso cuando callan.

Su autora, Neus Ballús, (La plaga, 2013; Amb títol, 2015; y El viaje de Marta, 2019) se formó en la Pompeu Fabra y lleva casi diez años de una rigurosa actividad profesional. Sin embargo apenas es conocida por el público español, de hecho ha sido más reconocida por festivales como la Berlinale y Locarno que por eventos españoles, con la excepción, hace menos de un mes, de la Seminci. Allí, en una edición brillante, Seis días corrientes ratificó lo que ya le había dado Locarno, que se trata de una pequeña gran película. Pequeña por presupuesto y por reclamos aparentes; enorme porque es fruto de un delicado proceso de humanización del ejercicio cinematográfico y de las personas que retrata.

Sus actores no son profesionales, hacen de ellos mismos, y lo que acontece no es sino la depuración y la síntesis de cientos de horas y anécdotas aquí recolectadas como lo hacía la Agnès Varda de sus mejores obras. Estos tres chapuzas y sus circunstancias, se dejan radiografiar por Neus Ballús y de sus haceres y estares surge una crónica que habla con simpática locuacidad sobre lo que se ve y sobre lo que se adivina.

Neus Ballús se sirve de seis días para construir un universo en el que se reflejan las paradojas, miserias y grandezas de quienes trabajan cada día. La cineasta catalana organiza todo a partir de una situación de cambio. Pep, el más veterano, está en la línea de salida; se jubila ya y Moha, un joven marroquí, aparece como su posible sustituto, algo que Valero, el tercero en discordia, no acaba de digerir bien. Lo que el filme desgrana son seis jornadas de encuentros y desencuentros, pequeños conflictos laborales y grandes necesidades humanas.

Mucho más cerca de Nevando voy, la empática y vital opera prima de Maitena Muruzábal y Candela Figueira que de El buen patrón de un León de Aranoa que tendrá que cambiar de casa para meter tantos Goyas como le quieren dar, Seis días corrientes y el maltrato que está recibiendo comercialmente, ejemplifican el estado de salud del cine español y de quienes rigen su destino. Al margen de ello, nada le quitará a Ballús y su película, la satisfacción de saber hacer reír y pensar sin histrionismos ni máscaras. Simplemente colocando frente a la cámara a quienes son lo que representan ser: currelas en faena.

Enredo letal


NIDO DE VÍBORAS
 
Dirección y guion: Kim Yong-hoon partir de la novela de Keisuke Sone. Intérpretes: Jeon Do-yeon, Jeong Woo-seong, Bae Seong-woo, Shin Hyun-Bin y Youn Yuh-jung. País: Corea de Sur. 2020. Duración: 108 minutos.

ÓPERA prima de Kim Yong-hoon, Nido de víboras crece sobre los mejores precedentes de una de las cinematografías más en forma de los últimos años, la de Corea del Sur. Con esa lección bien aprendida, Kim Yong-hoon construye su nido a partir del camino abierto por cineastas como Park Chan-wook y Bong Joon-ho. Pero si de sus hermanos mayores recoge Kim Yong-hoon las formas y los rasgos que la identifican; la estructura se sabe deudora del Quentin Tarantino de sus primeros mazazos, cuando todavía no se había entregado a ese demagogo moralista que alberga(ba) en su interior. 

 
Con una estructura cortada a sierra y construida a golpe de quiebros temporales, Nido de víboras construye un mosaico sobre el azar y la justicia, la venganza y el engaño. Yong-hoo adapta la novela de Keisuke Sone y alumbra un tenso thriller hecho de cinismo y cosido a golpe de paradojas y humor.
 
Aunque el lanzamiento comercial español de Nido de víboras parece ir al rebufo de Parásitos, a los quince minutos se nos hace saber que la cosa no va tanto de radiografía social y olor a metro como de mujeres fatales y asesinos de mucho tatuaje y poco cerebro.
 
Una serie de historias entrecruzadas, de personajes heterogéneos que jamás hubieran coincidido de no ser por la risa del destino, conforman los hilos de un tapiz sobre la violencia y la ambición. Con ese encadenado de relaciones imposibles que confluyen por la fuerza de un maletín rebosante de dinero, Kim Yong-hoon deja claro su pertenencia a una generación menos preocupada por la angustia humana o por la estulticia social y más interesada en construir divertimentos hechos de exceso y guiños.
 
En Nido de víboras crece mucho veneno, bastante mala uva y una evidente falta de mirada propia. Al director coreano le pueden las prisas por complacer a la audiencia a fuerza de caricatura y ritmo. Lo segundo lo resuelve bastante bien. Su película transcurre amena, sus quiebros reavivan el fuego cuando la llama se apaga y el puzzle se completa satisfactoriamente. Pero en cuanto caricatura grotesca, da poca risa y no se sabe de qué se burla.

La suegra  de la novia


LA FAMILIA PERFECTA
 
Dirección: Arantxa Echevarria. Guion: Olatz Arroyo. Intérpretes: Belén Rueda, José Coronado, Gonzalo de Castro, Carolina Yuste, Gonzalo Ramos y Jesús Vidal. País: España. 2021. Duración: 110 minutos.
AUNQUE el título reclama un sentido coral, casi todo en La familia perfecta gira en torno al personaje que interpreta Belén Rueda. Ella es la madre del novio, o más exactamente, la suegra de la novia. Y ella lo acapara (casi) todo.
 
Tras filmar una sobrevalorada incursión sobre querencias lésbicas en un contexto gitano, Carmen y Lola (2018), su directora, Arantxa Echevarria, cambia completamente de tono y estrategia para adentrarse en una comedia costumbrista con un guión que encuentra en El padre de la novia, su particular libro de estilo. 
 
Lo mejor de su anterior filme residía en los momentos de mayor sinceridad, aquellos donde sus protagonistas se movían con una aplastante frescura y espontaneidad, en ese campo minado en el que la ficción dejaba paso al documento. De aquel hacer, Arantxa Echevarria rescata la eléctrica presencia de Carolina Yuste, una descarga habilitada para dar credibilidad a cualquier personaje por periférico que éste sea.
 
Pero en La familia perfecta no hay deseo de ahondar en nada que no sea encadenar una suma de gags para todos los públicos, levantada sobre el antagonismo de clases y sexos. 
 
La directora bilbaina parece haber asimilado el texto de Ocho apellidos vascos y con la mirada puesta en ese modelo más el inagotable filón del cine de bodas y bodorrios, se lanza a tumba abierta por el camino del humor más directo. Como se relató al hablar de su filme anterior, Echevarria no es ninguna recién llegada. Tiene oficio y experiencia y aquí, con el guion de Olatz Arroyo, se permite algunas secuencias filmadas con buen ritmo. Mucho ritmo para un guion harto débil donde los personajes se sirven crudos. Salvo el papel de Belén Rueda, único capaz de evolucionar dramáticamente, el resto es simple arquetipo. Mucho mejor elaborados los personajes femeninos que los masculinos, la película arranca bien, se estanca en la zona intermedia y vuelve a coger algo de aire en la cena de navidad. En ese periplo Olatz Arroyo aprovecha todos los tópicos incluido el discurso feminista metido con calzador pero oportunamente presente, para alumbrar un divertimento como los de Santiago Segura pero con menos caspa y una pizca más de gracia.
 
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