Ignacio versus Iñigo

23.08.2020 | 00:16

DESDE que en 1689 comenzaron las obras en unos terrenos que María de Austria, esposa de Felipe IV, donó a los jesuitas, casi se puede decir que Azpeitia es más bien Loyola. Y escribo Loyola con "y griega" –grafía inexistente en euskara–, por lo que más adelante iremos viendo.

El aparatoso Santuario –que emergió después de casi 50 años de obras siguiendo el proyecto de Carlos Fontán, alumno de Bernini– fue el polo de referencia arquitectónico, turístico, y quién sabe si hasta político, que traspasó con mucho las fronteras de Euskal Herria por la simple razón de haberse edificado sobre la casa natal de un hombre que se llamó Iñigo López de Loyola y que llegó a santo, cosa que puede ser importante pero siempre menos que haber sido fundador de la Compañía de Jesús.

Iñigo López de Loyola nació en 1491 y, vaya uno a saber con qué incógnitas intenciones, prefirió durante sus años de esplendor eclesiástico usar muy poco el "López" y mudar el "Iñigo" vascónico por el "Ignacio" castellano. Si decimos que era hijo de don Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, ya vamos diciendo bastante sobre el rumbo meridional y castellanista de la familia. Enlazado con la más rancia nobleza vizcaina por parte de madre, doña Marina Sáenz de Licona y Balda, sus antepasados se distinguieron por sus servicios de armas a los reyes de Castilla contra los monarcas navarros, así como en las feroces luchas banderizas que asolaron al país en la baja Edad Media.

Sellada la vinculación a Castilla mediante enlaces de parentesco con la nobleza castellana, no se libró su abuelo, Juan Pérez de Loyola, de ver desmochadas las torres de su palacio por orden de Enrique IV, aunque más tarde se le permitiera volverlas a elevar en un incongruente alarde de estilo mudéjar.

Volviendo al santo, si algo quedaba en Iñigo López de sus raíces se le debió evaporar cuando a los 15 años, en 1506, marchó a Arévalo (Ávila) a ejercer las ilustres labores de paje con don Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de los Reyes Católicos. Frecuentó el de Azpeitia el ambiente de la Corte castellana y tanto progresó en el idioma del Imperio que llegó a ser "muy buen escribano" y hasta le dio por escribir romances y enfrascarse en los libros de caballería.

No parece que la exaltación de fe católica que dominaba en la corte de Isabel y Fernando hubiesen hecho demasiada mella por esos años en Iñigo López, a juzgar por las aventuras de faldas y la persecución de mozas a que se dedicaba en sus visitas de vacaciones a su valle natal entre 1512 y 1515, que le valieron más de un proceso penal contra él y contra su hermano clérigo Pedro López.

Cayó en desgracia su amo y valedor Velázquez de Cuéllar en 1517, y tenemos al paje convertido en gentilhombre al servicio del Virrey de Navarra, o sea, el representante de Castilla en el Viejo Reyno, Antonio Manrique de Lara, pariente suyo y notorio militante de los bandos oñacino y beaumontés cuya fijación era acabar con la independencia de Nafarroa. En esas andaba Iñigo López, con las armas en la mano en defensa de Castilla, cuando una incursión de los agramonteses por recuperar Iruñea le pilló encerrado en la Ciudadela y un arcabuzazo le desgració la pierna derecha dejándolo cojo de por vida y, de paso, haciéndole olvidar sus veleidades mundanas y sus escarceos belicosos.

Vuelto a su casa solariega de Loyola, Iñigo López de Loyola se lo pensó y comenzó una nueva vida de arrepentido, peregrinante, místico y soldado de Cristo. Iñigo López de Loyola, mudado a Ignacio de Loyola, en este trance, se hizo clérigo y fundó lo que fundó, esa Compañía de Jesús que llegó a ser un inmenso poder en la sombra de las sombras de la Iglesia. Iñigo López de Loyola, o Ignacio de Loyola, vio en Iruñea las orejas al lobo.