La historia de la Seu Vella: ocho siglos contemplando Lleida
En lo más alto de una colina que domina la ciudad de Lleida se alza majestuosa la Seu Vella, un monumento que representa el esplendor del arte románico-gótico catalán y ha sido testigo silencioso de más de ocho siglos de historia
La historia de la Seu Vella (Catedral Vieja) comienza mucho antes de su construcción, en el lugar que ocupaba la antigua mezquita mayor de Madina Larida (nombre árabe de Lleida), tras la reconquista de la ciudad en 1149 por las tropas de Ramón Berenguer IV.
La decisión de construir una catedral se tomó en 1193, aunque las obras no comenzaron hasta 1203. La primera fase constructiva se centró en la cabecera y el transepto, siguiendo un estilo románico tardío que pronto evolucionaría hacia el gótico. Durante todo el siglo XIII, la obra avanzó con relativa rapidez bajo la dirección de maestros como Pere de Coma, que estableció las bases del diseño que hoy conocemos. El periodo de mayor esplendor se vivió durante los siglos XIV y XV, cuando se completaron elementos fundamentales como el claustro y el campanario.
La Seu no solo funcionaba como centro religioso, sino que era el verdadero corazón de la vida social y política de Lleida, albergando importantes ceremonias y reuniones del Consell General de la ciudad. Este periodo se vio truncado durante la Guerra dels Segadors, cuando el edificio sufrió sus primeros daños significativos. Sin embargo, el golpe más duro llegaría durante la Guerra de Sucesión, forzando el traslado del culto a la iglesia de San Lorenzo, lo que marcó el inicio de un largo periodo de degradación del edificio. La etapa militar de la Seu, que se prolongó durante más de 150 años, supuso una profunda transformación del templo. Se construyeron nuevos muros defensivos, se compartimentaron los espacios interiores para crear dormitorios y almacenes, y se perdieron numerosos elementos artísticos y litúrgicos.
No fue hasta 1918 cuando se declaró Monumento Nacional, aunque el uso militar continuó hasta 1948. A partir de entonces, comenzó un largo proceso de restauración que continúa hasta hoy.
La fachada principal destaca por su magnífico rosetón gótico, uno de los más grandes de su época, con casi 13 metros de diámetro. Los detalles escultóricos que adornan las portadas, especialmente la Puerta de los Apóstoles, son verdaderas obras maestras del arte gótico, mostrando escenas bíblicas y alegorías religiosas con un detallismo extraordinario.
Arquitectura
Una vez que se accede al interior, lo primero que llama la atención es que esta catedral es uno de los ejemplos más notables de la transición del románico al gótico en la arquitectura religiosa catalana. Su planta de cruz latina se distribuye en tres naves longitudinales y el crucero está coronado por un esbelto cimborrio octogonal que permite la entrada de luz natural, creando un efecto lumínico que enfatiza la verticalidad del espacio.
Las bóvedas de crucería que cubren las naves descansan sobre poderosos pilares compuestos, donde se despliega un rico programa iconográfico. Los capiteles muestran una variada temática que incluye motivos vegetales, escenas bíblicas y representaciones de la vida cotidiana medieval.
La altura de la nave central alcanza los 19 metros, dimensión que, junto con los amplios ventanales, crea una sensación de elevación espiritual característica del gótico. A lo largo de las naves laterales se abren diversas capillas. Entre los oratorios más notables destaca la capilla real, que albergaba los sepulcros de Alfonso el Benigno y su segunda esposa, Leonor de Castilla, aunque desgraciadamente estos monumentos funerarios no han llegado hasta nuestros días.
El presbiterio, elevado sobre una cripta, estaba originalmente presidido por un retablo gótico, hoy desaparecido. La girola, que rodea el altar mayor, permite la circulación de los fieles y da acceso a las capillas radiales, creando un espacio procesional característico de las grandes catedrales medievales.
Uno de los elementos más destacados del interior es el coro, que originalmente se situaba en el centro de la nave principal. Aunque la sillería gótica original se perdió durante el periodo militar, los restos arquitectónicos y las marcas en el pavimento permiten comprender su disposición original.
La sala capitular y el claustro
Constituye uno de los espacios más significativos del conjunto monumental. Construida en el siglo XIV, esta estancia rectangular destaca por su sobria elegancia y sus proporciones armoniosas. La iluminación natural de la sala se realiza a través de tres ventanales góticos. El acceso se realiza a través de una portada gótica que se abre al claustro.
El mobiliario original se perdió, sin embargo, la sala conserva elementos decorativos de gran valor histórico y artístico, como los escudos policromados que adornan las claves de las bóvedas y restos de pintura mural que sugieren que originalmente sus paredes estaban decoradas con frescos.
El claustro, por su parte, representa uno de los ejemplos más sobresalientes del gótico catalán y es considerado uno de los más grandes de Europa en su estilo. Su edificación se inició en el siglo XIII y continuó durante el siglo XIV, período en el que trabajaron diversos maestros de obras y escultores que dejaron su impronta en la decoración de capiteles y ménsulas.
La estructura se organiza en torno a un patio central cuadrado, con cuatro galerías cubiertas. La riqueza decorativa es excepcional, destacando especialmente sus 69 capiteles historiados que narran escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, junto con representaciones de la vida cotidiana medieval y motivos vegetales de gran naturalismo.
Un elemento distintivo del claustro es su ubicación poco convencional, ya que en lugar de situarse al mismo nivel que la iglesia, se encuentra elevado sobre una serie de dependencias auxiliares, lo que le confiere un carácter singular dentro de la arquitectura religiosa medieval.
El campanario
Es uno de los elementos más emblemáticos del conjunto monumental, alzándose majestuoso hasta los 70 metros de altura sobre el punto más elevado de la colina. Su construcción se inició en 1364 y se prolongó durante más de un siglo, completándose finalmente en 1431. La torre presenta una estructura octogonal característica del gótico catalán.
El interior albergó originalmente un conjunto de trece campanas, aunque actualmente solo conservan dos: 'Mònica' y 'Silvestra', esta última considerada una de las campanas góticas más antiguas de Cataluña, datada en 1418. Desde su parte superior, accesible mediante 238 escalones, se obtiene una de las mejores vistas de Lleida y su comarca.
El Castillo de Suda
Para concluir la excursión, es imprescindible visitar el castillo de la Suda y su museo. La fortaleza, situada al otro lado de la Seu, fue una antigua alcazaba musulmana que sirvió de refugio, entre 1031 y 1036, al último califa de Córdoba, Hisham III. En la actualidad, solo se conserva una quinta parte de lo que fue, básicamente ruinas, el pozo central y la sala noble, de una nave con ojivas góticas que fueron desmontadas a comienzos del siglo XX. Por su parte, el museo alberga elementos escultóricos de piedra provenientes de la Seu, pinturas murales de la Pia Almoina, una pintura gótica sobre tabla del taller de los Ferrer, esculturas del siglo XIV de la escuela de Lleida, tapices de estilo flamenco y algunos objetos del tesoro de la catedral.
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