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"Me encanta volar y cortar el agua"

"Hasta que el cuerpo aguante". Es la declaración de principios de Ibone Belausteguigoitia, que, 82 años después de asomarse al mundo, continúa desafiando las leyes de la gravedad desde el trampolín. Fue la primera de tantas mujeres que han vertebrado el olimpismo vasco

"Me encanta volar y cortar el agua"Foto: pablo viñas

BILBAO. Si la vitalidad, la alegría y el buen humor tuvieran un podio al que agarrarse, Ibone Belausteguigoitia (Bilbao, 27-V-1930) lo alcanzaría de un salto y difícilmente abandonaría el primer cajón. Pionera de las mujeres olímpicas vascas, continúa compitiendo como saltadora de trampolín con más de 82 años. Lo hace con la misma ilusión que le impulsaba en la piscina familiar en México, donde su familia se trasladó en 1933. Ibone inauguró el olimpismo femenino vasco con sus brincos en Londres 1948. Ella, a la que la sonrisa no se le caduca, simboliza las más de sesenta mujeres que años después tomaron el relevo de aquella chica que le quiso garabatear formas en el cielo antes de cortar el agua.

¿Qué supone para usted ser galardonada por Sabino Arana Fundazioa?

Para mí es un premio muy importante. Es el primero que obtengo así, de esta manera. Todos los otros los he ganado a base de esfuerzo y este me cae alegremente pero como nunca, porque se trata de un premio importantísimo.

¿Esperaba un reconocimiento así?

No, no. Ni en sueños.

¿Qué resulta más gratificante un galardón de este tipo o uno que se obtiene en una competición?

No lo sé. Son dos cosas muy distintas. Este es un premio con mucho sentimiento, del país en el que yo he nacido y en el fondo te queda un cariño muy especial. Para mí ha sido una alegría muy grande y una honra todavía mayor.

Nació en Bilbao, pero ha pasado toda su vida en México.

En 1933, Bibi (su hermana se llama Bibiñe), yo y los otros hermanos nos fuimos en un barco a México. Desde entonces fue muy difícil volver. Hasta el año 1948 no volvimos. Primero fue la Guerra Civil, después fue la Segunda Guerra Mundial, así que todo se complicó. En 1948 se celebraron los Juegos Olímpicos de Londres. Aita se quedó en la frontera porque no podía pasar. Bibi y yo sí pasamos a Euskadi. Estábamos muy tristes porque no se podía hablar euskera. Y nosotros hablábamos en casa en euskera, también en México. Los ocho hermanos hablamos euskera.

¿De dónde le llega su afición a los saltos de trampolín?

No sé. En casa teníamos un trampolín chiquito y me gustaba tirarme al agua desde él. Era la única que lo hacía. No tenía miedo y me gustaba.

¿A qué edad comenzó a competir?

Con profesor y todo a los 17 años. Antes me tiraba desde el trampolín de la piscina de casa. Con 18 años gané la selección que se hizo en México para acudir a los Juegos Olímpicos. Me escogieron para el grupo. Desde entonces hasta ahora el deporte ha cambiado muchísimo. Antes éramos totalmente amateurs. Yo iba al colegio. Salía de estudiar a las 17.00 horas y entonces iba a practicar al club. También los sábados y los domingos. La verdad es que no teníamos ningún tipo de ayuda gubernamental ni nada de nada. Además todo era más sencillo y deportivo. Podías estudiar e ir a practicar tu deporte. Hoy en día si no gastas diez o catorce horas al día practicando en el deporte, no puedes participar en unos Juegos Olímpicos. Además tienes que tener una subvención del gobierno para vivir.

Es la primera mujer vasca que compitió en unos Juegos Olímpicos.

A esa edad, a los 17 o 18 años, no le das mayor importancia al hecho. Ni tan siquiera piensas que puedes ser pionera, ni nada por el estilo.

¿Cómo fue su experiencia en Londres 1948?

Era joven y todo me resultaba muy bonito, pero si comparas aquellos juegos con los de ahora, aquellos se celebraban con muy poca ayuda gubernamental. Había mucha pobreza. Yo me rompí la mano en el primer salto porque la piscina era menos profunda de lo que estaba acostumbrada (tenía tres metros de profundidad en lugar de cuatro) y no había ni un médico. Nadie que te atendiera. Gracias a Dios mi aita era médico y tenía un amigo, el doctor Trueta, en Oxford. Ellos me pusieron una venda de celuloide entre la muñeca y el codo y pude seguir saltando.

Tengo entendido que la delegación femenina tuvo problemas con la manutención en aquellos juegos.

Así fue. Je, je, je. La comida en Londres estaba racionada. No hacía tanto tiempo que había acabado la Segunda Guerra Mundial. Cada equipo que acudía a competir tenía que llevar la comida desde su país. Como nos pusieron en internados, las mujeres por un lado y los hombres por otro, se olvidaron de nosotras. Ambos internados quedaban lejos entre sí y entonces no pudieron dividir el alimento y ponernos a nosotros un poco. Así que las cuatro representantes de acuáticos, dos de natación y dos de saltos, nos conformábamos con la comida que nos daban en el internado, pero que no era la de la delegación.

¿Y qué comían?

El desayuno eran huevos de polvo y las salchichas rellenas de miga. También teníamos leche, pero a veces estaba agria o cortada. Pero si tienes hambre lo comes todo. De vez en cuando la delegación estadounidense nos invitaba a helado.

Se lesionó en el primer salto, comían lo que podían... ¿Se puede competir en esas condiciones?

No te quedaba otra. Y cuando eres joven, como decimos "Que me echen el monte, a mí que me importa ¿no?".

¿Por qué decidió retirarse después de competir en Londres?

A finales de los 50 decidí entrar a una comunidad religiosa como misionera y después de haber pasado los años de preparación estuve tres años en Japón y otros tres en Francia. Después de eso regresé a México y volví a retomar la vida ordinaria. Hasta los años 80 no volví a los saltos porque antes iba a montar a caballo, hacía otras cosas.

¿Por qué decidió volver?

Porque los saltos me dan satisfacción. Me dan ánimo.

¿Cómo fue su etapa como misionera?

Yo decía, si yo por el deporte o por ayudar a mi hermano hacia esto o lo otro, porque no iba a hacerlo por los demás. Así empecé. Quería ayudar a gente desfavorecida. Me comprometí a hacerlo.

¿Cuántas horas dedica al salto?

Ahora solo me mantengo. Realizo ejercicios muy sencillos. De brazos, piernas... para que no se me oxiden las articulaciones. Eso me fortalece el cuerpo para los saltos porque al entrar al agua tienes que estar muy fuerte porque si no, te gana el agua y te haces daño.

¿Salta todos los días?

Sí, salto de lunes a viernes, pero depende del frío. Ahora que hace frío salto de un metro porque al subir a tres o cinco metros se me enfrían los pies. La piscina donde yo practico está al aire libre. El agua está templada, pero caminar descalza... Los rusos se ponen zapatillas y suben y bajan. Pero yo no sé hacer eso, no me he acostumbrado a ponerme las zapatillas con los pies mojados. (Ríe)

¿Cuántas lesiones ha padecido?

Les llamo mis premios ocultos porque esos no te los recibe nadie. (Se ha fracturado varias veces la nariz, también la muñeca y las costillas). Creo que la primera vez que me rompí la nariz agaché la cabeza, subí la rodilla y yo sola me pegué por falta de coordinación. Otra vez me pegué con el trampolín en la cabeza, pero como el trampolín era de madera y estaba cubierto con un tapete de coco, el golpe con el trampolín no fue tan duro como los de ahora. Los trampolines de la actualidad son más duros. Me di un golpe en la cabeza, pero creo que me golpeó cuando el trampolín bajaba y entonces no resultó tan fuerte. Si me lo doy cuando el trampolín sube entonces si hubiera quedado muy maltrecha. Otra vez, al caer en el agua, hace dos o tres años, me disloqué el brazo.

Y a pesar de ello sigue.

Sí son daños colaterales. ¿No? Je, je.

¿Cuántas medallas ha logrado desde que compite en categoría máster?

No las he contado. Yo digo que más de 350, 70, 80 o algo así. Pero no lo sé.

¿Qué ocurre, que no tiene competencia?

Es que ya de mi edad, que somos del grupo de 80 años, estamos una americana, una canadiense, una rusa y yo. Somos cuatro en las competiciones internacionales. En las nacionales en México no tengo a nadie con quién competir. En Estados Unidos solo hay una.

¿Se da cuenta de lo extraordinaria que es?

Je, je, je... Es la edad, que hace el corte. En las competiciones internacionales máster hay 8.000 nadadores, pero saltadores, a lo más a lo más, somos 150. Es que para hacer saltos hace falta una piscina, una torre, alguien que te dirija porque es muy fácil hacer las cosas mal.

¿Hasta cuándo piensa competir?

Pues hasta que el cuerpo aguante. Me hacen falta dos cosas: dinero para movilizarme y que el cuerpo aguante. Nada más.

Después de tanta hazaña se ha ganado un lugar en el Salón de la Fama de Estados Unidos. No está mal.

Sí, allí estoy, en Atlanta. Aparezco en una foto con mi hermana Bibi y con mi marido Germán.

¿Qué hay que hacer para llegar así de saludable a su edad?

Nosotros fuimos ocho hermanos. De los cuales quedamos cuatro. Los cuatro que pasaron a mejor vida fumaban. Así que el secreto es no fumar. Y tener una vida ordinaria. Comer bien, dormir bien... Cuido la alimentación porque subir de peso es muy fácil pero bajar cuesta muchísimo.

¿Le gustaría haber participado en unos Juegos Olímpicos con la ikurriña, representando a Euskadi?

En mi última competencia de los europeos competí por Bizkaia. Entre las saltadoras yo era la única. Hubiera querido tener la ikurriña en vez de tener el rojo, amarillo y rojo.

¿Se enfada si pierde?

Si, claro. Te fijas en qué fallaste, para que en la próxima vez que compita pueda mejorar.

¿Es perfeccionista, aún estudia los saltos?

Eso de perfeccionista no sé. Pero nunca puedes hacer un salto del que quedes satisfecha. Es que son tantos detalles: que si la cabeza, que si el bote lo cogí mal, que si entré mal al agua... Te fijas en todas esa cosas para poder mejorar.

¿Qué es lo que más le gusta de saltar?

Me encanta volar. Son dos o tres segundos nada más, pero es una sensación única.

¿Da tiempo para pensar cuando se está en pleno vuelo?

Sí, claro. Ves todo muy bien. Tienes que estar alerta. Hay veces que me tiro con los ojos cerrados, por costumbre. El salto lo tienes en la cabeza. Eres consciente de lo que haces en todo momento, pero otras veces tienes que abrir los ojos para estar atenta a todos los detalles. El bote es muy importante. Si coges bien el bote, las cosas suelen salir muy bien. Si no lo coges, entonces lo haces todo así, regular.

¿Qué sensación es mejor, la de volar o la de entrar al agua?

A mí me gusta volar y cortar el agua. Entras y ¡chuf! Es como un masaje corporal. No tienes que ir a ningún spa para que te den masaje.

¿Ha realizado alguna vez el salto perfecto?

Sí. Una vez en mi vida. Me dieron un 10 en Brasil. Pero es la única. Todos los jueces me dieron un 10.

¿Qué saltos practica en la actualidad?

Salto desde el trampolín de 1 metro, trampolín de 3 metros y plataforma de 5 metros.

¿Cómo se ve la piscina desde esa altura?

La gente se ve muy pequeña y la piscina también. (Refleja el tamaño acercando el pulgar y el índice). Y cuando me tiraba desde 10 metros, el doble de pequeño. Pero te acostumbras y lo ves muy natural.

¿Cuál es su próximo reto?

El 1, 2 y 3 de marzo hay competición en Holanda y quiero participar, si llego a inscribirme, porque ahora tengo problemas. Como todo lo tienes que hacer por internet, no alcanzo a pasar todos los pasos. Me dicen: pon tu nombre y todo eso, y paso esa pantalla; luego me piden los saltos que quiero hacer, y también lo paso. Pero no he podido pasar al tercer número que es el del pago. Je, je ,je. El año pasado estuve en Holanda, pero estuve muy norteada (perdida). Esta vez, si voy, alquilaré una bicicleta e iré todos los días a la piscina. El año pasado estuve ocho días y no vi ni el sol. No es México. Je, je.