En 1973, Pink Floyd publicaba uno de sus grandes logros musicales; en mi opinión, lo titularon El lado oscuro de la luna. La portada presentaba un prisma transparente, sobre un fondo negro, que recibía un rayo de luz blanco y del que salían reflejados todos los colores del arcoíris. Un álbum más conceptual que los anteriores: eran los tiempos de la psicodelia y el rock sinfónico. Pink Floyd iba más allá de los viajes con LSD que, según Timothy Leary, abrían las puertas cósmicas de mundos desconocidos expandiendo la conciencia. Afirmaba también que tenía cierto poder terapéutico. Actualmente está siendo reevaluado como terapia en algunos problemas de salud mental.
Tiempos psicodélicos. Eran los tiempos en que las drogas tenían relativamente buena fama. Hermann Hesse nos hablaba del cannabis y del alcohol en su Lobo estepario, más alejado de Charles Baudelaire, que con su copa de vino y hachís se inspiraba en los paraísos artificiales. En esa misma época, Carlos Castaneda pregonaba el uso del peyote para ampliar nuestro conocimiento con las lecciones y enseñanzas de Don Juan. La mescalina volvía a ponerse de moda después de que Antonin Artaud nos contara su viaje y experiencia con los tarahumaras en México, allá por los años 1930, en su búsqueda de la verdad ancestral, que nos dejaría su teatro de la crueldad y sus poemas de la locura. Vivíamos –y aún lo hacemos– bajo la influencia cultural anglosajona. Bailábamos al ritmo del musical Hair, que Miloš Forman llevaría al cine.
Las letras de las canciones del disco de Pink Floyd nos hablaban de la condición humana, del ser:
Respira, respira el aire… es todo lo que será tu vida.
A pesar de lo mucho que vivas y lo alto que vueles,
si solamente cabalgas en la marea
y te balanceas sobre la ola más grande,
Nos hablaban del tiempo:
Eres joven y la vida es larga,
y es hora de matar al presente,
A pesar de lo mucho que vivas y lo alto que vueles,
si solamente cabalgas en la marea
y te balanceas sobre la ola más grande,
estarás corriendo hacia una temprana sepultura.
Y del gran motor del mundo, aparte de las religiones, el dinero:
El dinero es un crimen.
Compártelo equitativamente, pero no tomes una porción de mi pastel.
Sin olvidar el tema de la guerra, de los conflictos, en esa maravillosa canción que decía Ellos y nosotros:
Nosotros y ellos,
después de todo, solo somos hombres comunes,
tú y yo,
todo lo que está bajo el sol está en armonía,
pero el sol es eclipsado por la luna.
Canciones enigmáticas, algunas de ellas, que presentaban su filosofía de la vida. Nada nuevo bajo el sol: muchas cosas ya las habían dicho los filósofos griegos. Filosofía de libro de bolsillo musical para la nueva generación. Entre los vapores del alcohol y el humo del hachís, creíamos que estábamos en cierta iniciación, que descubríamos un nuevo mundo. Esa necesidad perentoria de romper siempre con el pasado. Más tarde llegarían otras drogas, las llamadas duras, que marcaron nuestra generación.
En esos mismos años, John Berger recogía en sus programas televisivos Modos de ver de la BBC su concepto sobre el arte y su utilización en las sociedades. Decía que “la vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar. Lo que creemos o sabemos afecta al modo en que vemos las cosas”. Vivimos en un mundo en el que la imagen es más poderosa que las palabras, que nos invaden y determinan nuestras opiniones, modos de ver las cosas y la realidad. Es mucho más poderoso un corto clip de TikTok que una reflexión escrita del mejor filósofo vivo. No hay tiempo para la reflexión. Lo que vemos no es sino la tenue luz de todo aquello que no podemos ver, como la materia oscura en el espacio, que es mucho más que la materia visible. Las decisiones políticas que se toman entre bambalinas del poder, y todos sus actos sucios y a menudo ilegales, permanecen en el mundo oscuro de la historia, y solo décadas después logramos atisbar algunas de las realidades y verdades que quedaron ocultas en el lado oscuro de la política.
En esa carrera hacia la Luna –siempre se utilizan términos competitivos–, el pasado 1 de abril de este año, Estados Unidos ha lanzado su primera misión tripulada a la Luna, llamada Artemis II. Artemisa era la diosa griega de la caza, protectora de los bosques y la naturaleza salvaje; los romanos la llamaron Diana. No sabemos qué criterios usa la NASA para denominar los proyectos; en todo caso, algo más amigable que la “operación furia” contra Irán, que no ha sido declarada guerra sino tan solo una operación militar, como lo hizo otro aspirante a zar de las Rusias en Ucrania. Una misión exploratoria, la primera de las que se supone vendrán después para el gran proyecto de colonizar la Luna en 2028. China tiene allí ya su robot desde 2019 y, en 2024, fue capaz de enviar otro a la cara oculta de la Luna y traerlo con muestras de suelo lunar. Tierras raras, sin duda. Los chinos llevan claramente ventaja, aunque oficialmente su proyecto es poner astronautas para la construcción de una base lunar en 2030 usando mini reactores nucleares, mientras que Rusia, con su maltrecha economía, tiene otras preocupaciones más terrenales. Apenas hablan de su programa lunar, que también lo tienen, sin duda. Los demás países observan pasivamente, con alguna contribución técnica, esta nueva carrera para la explotación de los posibles recursos mineros de la Luna, antes de que terminemos con los terrestres y los fondos marinos, otro de los territorios amenazados por los depredadores humanos.
Entretanto, sigo recordando algunos versos de esos que te enseñan en la escuela, del Romance de la luna, luna de Federico García Lorca:
Huye, luna, luna, luna,
si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
El gobierno de Estados Unidos intenta impresionarnos con su tecnología y la llegada a la Luna, mientras sigue destruyendo partes del territorio de sus enemigos y asesinando en nombre de la seguridad con sus aliados de Israel y los súbditos de Oriente Medio. Los amigos de Donald Trump, como Elon Musk y Jeff Bezos, se frotan las manos con los contratos multimillonarios, como los señores de la guerra con el aumento del presupuesto militar, mientras reducen los presupuestos de ayuda social y educación. Como dice un sociólogo suizo en su reciente libro Cosmovisiones, se nos vende la conquista espacial como la alternativa de la humanidad ante los desastres del calentamiento climático, cuando estos programas espaciales ya no son exploratorios, sino de colonización y extracción de recursos minerales, como en los tiempos más oscuros de la colonización y la supremacía de unas naciones sobre otras.
A pesar de todos los avances técnicos, las fuerzas cósmicas siguen gobernando la Tierra. Cada vez que observamos la luna llena, sentimos la misma emoción que nuestros más antiguos antepasados: nos inclinamos ante su belleza, se escriben poemas de amor y algunos aúllan como lobos solitarios. Luz blanquecina, color de plata, que decía Lorca, que no es sino el reflejo del sol, de aquello que no vemos en la noche.
Este verano tendremos un gran eclipse de sol: la Luna se paseará por unos minutos delante del Sol; la luz se hará sombra. Será todo un espectáculo, gratis, menos artificial que el Lux de Rosalía. Véanlo si tienen la ocasión.