Gorriti
Por primera vez en 20 años, ha parado la Korrika en Betelu para homenajear al artista vasco Gorriti. Miles de personas le han aclamado y querido. Emocionado, ha recibido el cariño de tantos vascos que le hemos adorado siempre en silencio. Aurresku, payasos, cánticos, antorchas y emoción. Gorriti es historia. El primer Lekuko –testigo– de esta olimpiada de relevos, con miles de miles de participantes, lo hizo Remigio Mendiburu, y después, como estaba muy usado, hizo otro Gorriti que es el actual testigo de la Korrika
Conocí a Gorriti hace mas de 40 años. Sigfrido Koch –querido Sigfrido– me dijo un día que tenía que conocer a un artista navarro que vivía en Arriba, cerca de Betelu. Trabajaba en La Gaceta del Norte y una mañana muy temprano, con Pio, el chofer del periódico, y el fotógrafo, Paco Grass. Nos fuimos a la casa de Juan Gorriti, lo de Juan se le olvidó también a él. Siempre en el arte y la amistad fue Gorriti. Era un caserío que él mismo había reconstruido con maderas del siglo XVI. Todo perfecto, con brillo de cera de abejas. Marionetas antiguas en las ventanas y cuadros llenos de color en las paredes. Nos sentamos cerca de la chimenea porque hacía frío y –quizás pasó un ángel en un segundo–, ya fuimos amigos para siempre. Gorriti es un artista, artesano, pintor, escultor y sobre todo amante de la madera y los animales. Su padre era guardabosques y se le había quedado en el alma la filosofía del bosque, como una savia que hacía crecer su alma mágica con sensaciones nuevas cada día. Cuando hablo con él por teléfono, tengo que tener cerca papel para poder escribir sus pensamientos.
En su casa conocí a muchos artistas vasco al lado de un plato de alubias rojas preparadas por él –suavemente desde el amanecer– Zumeta, Mendiburu, Ortiz de Elgea, Mikel Laboa y tantos. Allí las tertulias eran eternas con pastores, pintores, cocineros, un mundo variopinto. Nada había que ocultar.
Mi hijo Dani disfrutaba dibujando garabatos con Zumeta mientras, con la boca abierta, oíamos hablar de lunas y soles a Gorriti. La había enseñado a Remigio Mendiburu a tallar los árboles –que luego se iban a convertir en esculturas– según las fases de la luna, para que la savia, la sangre, estuviera dormida y no sufriera dolor el árbol.
Aquellos pastores de las Malloas me marcaron con un amor entrañable al monte. Gorriti celebraba todo con ellos. Una noche me llamó para invitarme al día siguiente a una fiesta.
—Es la Trastornación.
—¿Y qué es eso?
—Pues, me ha dicho Venancio, el cestero de Betelu (tengo un cesto que me regaló) que el cura dijo el domingo (hoy, cuando escribo, Domingo de Ramos) que había que celebrar el Jueves Santo porque era la Trastornación del pan en Jesús. Como mi hermano es cura, ya sé que es la Transustanciación, pero para qué les voy a complicar la vida.
Estuvimos más de veinte, comiendo alubias. Años después fui con Dani y Gorriti, a ver a Inaxio, un pastor que vivía solo en una cabaña, y cuando venia el invierno se iba “como un palomo herido” –decía– a buscar otros pastos, en otros montes para sus ovejas. Era feliz, no salió nunca de su cabaña. Gorriti le sacó en brazos para llevarlo al hospital cuando estaba muriendo. “No merezco que me quieras tanto. Cuando ya no quede nada de mi, tráeme al monte para que los animales se alimenten de mi cuerpo”. Al poco murió.
La Korrika sin Gorriti, no sería Korrika
El ideario primero de la Korrika es– y era– recuperar el euskera. Yo, y muchos como yo, veíamos que el euskera moría. Las letras que había escrito en los árboles de niño, pocos las entendían. A los niños en las escuelas no les enseñaban el idioma que hablaron mis padres, mis abuelos, mis tatarabuelos. Estábamos perdiendo nuestras raíces. Un idioma es unidad. Yo mamé el euskera desde la teta de mi madre.
En su caserío no había otro idioma. Luego vinieron los problemas en la escuela y, a sus padres le decían los profesores que era tonto.
¡Qué iban a entender ellos, si hablaban como yo. Como dicen las enciclopedias, un idioma es el código lingüístico empleado por un pueblo o por una nación para comunicarse y que refleja de algún modo su historia cultural y su concepción del mundo. Aquí, en Navarra, sufrimos mucho, la mayoría de los maestros no nos entendían pero, luego entró la política en nuestro idioma (no siempre oportunamente) y se fue resquebrajando el euskera.
Es cierto lo que dice Gorriti, porque la otra parte del País Vasco nunca hablaron euskera y se les obligó a hablar euskera por la fuerza, esta cláusula llevo a muchos cerebros jóvenes a otros destinos por no saber euskera. Se perdieron muchos talentos.
La unificación fue muy difícil. ¿Qué euskera tenían que aprender, los nuevos habitantes de Euskadi? Una unificación de tres grandes grupos, tres dilectos (el guipuzcoano tiene seis dialectos: zuberano, labortano, vizcaíno, navarro, alavés y guipuzcoano; del señorío de vizcaíno y el navarro labortano, además del roncales) 25 subdialectos y 50 variedades.
Había que unificar el idioma. Euskaltzandia (Real Academia de Lengua Vasca), con diversos dialectotografos vascos (Txlardegui, Koldo Zazo, Mitxelena, Rosa Miren Pagola...) señalaron la dificulta por la magnitud. En el 50 aniversario de La Real Academia, en el Congreso de Baiona, de acuerdo con los literatos euskaros, siguiendo los postulados recogidos por parte de ellos, se empieza a adoptar una serie de formas en busca de un euskera unificado, euskera Batua –batua– quiere decir reunido. Así fue, como literarios de los diversos dialectos y estudiosos de la lengua, lograron poder tener una unidad para la administración publica, medios de comunicación, periodos y literatura. Esta unificación del euskera tuvo un Congreso en el Santuario de Aranzazu de la mano de académico padre Villasante.
Privilegios de la edad, entrevisté hace años a Koldo Mitxelena, Luis Villasante y Txilardegui. Cuando estuve en Israel, nada hacia prever la situación actual, me contaron que para poder aprender el hebreo, los que llegaban a su Tierra Prometida, se fijaron en cómo se había hecho en el País Vasco la unificación, mas o menos posible.
El principal problema puede ocurrir si un navarro parlante, Gorriti, por ejemplo, no se entienda con un guipuzcoano. Gorriti pintó cada árbol, desde su caserío en Arriba hasta Betelu. Versos, creados por él mismo; ahí empezó mi problema –real– le digo que me los traduzca y, después de un silencio me confiesa:
—No sé. No encuentro las palabras equivalentes al euskera. Tienes que ponerme al teléfono alguno de tus hijos o nietos que hablen el euskera de siempre.
La elegida fue mi nieta Monika –bilingüe desde muy niña– se ríen al teléfono, se vuelven a reír por que no se entienden nada. Me escribe en un papel algo que sí le ha entendido Ezkarrekin oinez ibilitako pertsonen arrastoak inoiz ez dira azabatzeb. “los caminos recorridos unidos con personas nunca desaparecen”
Eso es el batua. Gorriti, se emociona, le he visto en un vídeo, cuando la Korrika se para junto a él La Korrika– me decía entonces– es como una larga poesía que fue escribiendo versos por todos los caminos de Euskal Herria.
