El mundo de hoy: reflexiones para un 3 de marzo
En estos tiempos que se auguran nefastos, las obras de George Orwell, Hannah Arendt y Stefan Zweig son citadas con frecuencia en relación con los acontecimientos globales. Stefan Zweig nos dejó un extraordinario legado de escritos, novelas y biografías. A pesar del optimismo que aún mostraba en una de sus últimas obras –un ensayo sobre Brasil en el que lo describía como un país de futuro, integrador y progresista–, su desesperación fue mayor y se suicidó en Brasil junto a su esposa en 1942. Fue una conmoción en toda Europa, incluso en plena Segunda Guerra Mundial, pues sus novelas, cuentos y narraciones habían sido muy populares en la Europa de entreguerras.
Su biografía sobre Magallanes relata la aventura de la primera circunnavegación del planeta. Veinticuatro horas en la vida de una mujer y Momentos estelares de la humanidad –relatos sobre instantes decisivos que cambiaron el rumbo de la historia– son solo algunos ejemplos de su extraordinaria habilidad narrativa. Zweig fue un humanista y profundamente europeo. Pero tal vez su libro más citado en estos momentos sea El mundo de ayer. En redes sociales y en la prensa se reproducen con frecuencia fragmentos como este:
“He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. Me he visto obligado a ser testigo indefenso e impotente de la inconcebible caída de la humanidad en una barbarie como no se había visto en tiempos y que esgrimía su dogma deliberado y programático de la antihumanidad.
Después de siglos, nos estaban reservadas de nuevo guerras sin declaración de guerra, campos de concentración, torturas, saqueos indiscriminados y bombardeos de ciudades indefensas; bestialidades que las últimas cincuenta generaciones no habían conocido y que ojalá no conozcan las futuras”.
Una frase que se repite con frecuencia es que la historia se repite. Existen, sin embargo, variantes que expresan matices distintos: que la historia imita el pasado, que nunca se repite exactamente, o aquella sentencia atribuida a Mark Twain: “La historia no se repite, pero rima”. También se dice que el pasado siempre regresa, aunque con otro nombre; o, como escribió Karl Marx, que primero ocurre como tragedia y luego como farsa. Otros recuerdan que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, o que cambian los actores, pero no el guion. Los refranes se reinventan como si fueran dos espejos cóncavos en los que la realidad se distorsiona con el reflejo del tiempo y la distancia.
En lo que sí parece haber consenso –entre politólogos, líderes políticos y buena parte de la ciudadanía– es en que estamos viviendo momentos históricos. Las guerras más sangrientas, como las de Ucrania y Gaza, continúan sin que se vislumbre un final cercano. Se habla de posibles nuevas guerras con una ligereza inquietante. El antiguo orden –o desorden– mundial parece estar cambiando, impulsado por el declive del imperio estadounidense y la emergencia de nuevas potencias que podrían sustituirlo, no necesariamente para mejor. Como cantaba Luis Eduardo Aute: Vivimos en un mundo absurdo que no sabemos adónde va. Aleluya.
La mayoría de nosotros no hemos conocido el mundo de ayer, sino solo a través de la literatura, la historia y ese gran transmisor de cultura, verdades y mentiras que es el cine. No hemos tenido, por tanto, aquella experiencia vital. Nuestras opiniones –sociales, políticas, culturales– proceden de nuestra educación, de nuestro entorno y, en gran medida, de nuestra propia experiencia personal.
Quienes somos denominados baby boomers nos sentimos, en cierta manera, desconectados, desconcertados, extrañados, asombrados e incluso asqueados ante unas nuevas generaciones que, en su afán clasificatorio, reciben etiquetas como generación milenio, generación Z o generación X. Cada día estamos más algoritmizados y, quizá también, más lobotomizados. Observamos –o al menos yo observo– con cierta distancia e incomprensión a estas generaciones, del mismo modo que nuestros padres nos miraban cuando decidíamos dejarnos crecer el pelo y bailar al ritmo del rock and roll. Según sondeos y encuestas, constituyen una parte significativa de la base electoral de la extrema derecha, aquí y en otros países.
El mundo de hoy no es, desde luego, el de ayer, ni lo volverá a ser, afortunadamente. El mundo necesita cambio y progreso. Hace cincuenta años, un tres de marzo, asesinaban en la iglesia de San Francisco, en el barrio de Zaramaga, a trabajadores en huelga contra la dictadura franquista. En nuestro modesto apoyo, salíamos a las calles a correr delante de los grises, con la adrenalina y el miedo metidos en el cuerpo, agarrados de la mano de la chica que mirabas con ojos tiernos y las hormonas por las nubes. Disparaban con balas reales.
El 3 de marzo marcó para siempre la memoria de Vitoria. Pedro María Martínez Ocio (27 años), Francisco Aznar Clemente (17 años), Romualdo Barroso Chaparro (19 años), José Castillo y Bienvenido Pereda Moral: esos eran sus nombres. Además, más de cien personas resultaron heridas, muchas de ellas por disparos. Nunca, hasta donde yo sé, se hizo justicia ni pagaron los culpables.
Para las generaciones X y Z, todo esto puede sonar a batallitas del abuelo, a la cantinela de quien siempre habla del pasado. Sin embargo, el desconocimiento de la historia y de la realidad provoca que más de un 25 %, según diversas encuestas, se muestre partidario de regímenes más autoritarios y haya votado, tanto en elecciones en Estados Unidos como en distintos países europeos, opciones extremistas y herederas de ideologías dictatoriales. Esta tendencia parece acentuarse en este nuevo cuarto de siglo. Las derivas autoritarias, apoyadas en las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial y su potencial para el control social, ya no pertenecen a la ciencia ficción.
El mundo de hoy da señales preocupantes, y me temo que el ayer no regresará. Aprendamos de la Historia para que no vuelva a repetirse un tres de marzo.