Imaginemos una tertulia imaginaria de personas de distintas épocas, pero todas ellas de relevancia histórica. Se asoman al mundo actual y ven que hoy todo se ha vuelto delirante a velocidades inauditas. Pensarían sin duda que nos hemos metido el centro de una túrmix. En sus épocas también pasaban cosas que daban pavor, pero entonces se podía reflexionar con una calma que hoy no tenemos, para sacar conclusiones y obrar con hojas de ruta bien trazadas. Observan que bailamos al son que nos imponen burradas en las redes sociales, con el ritmo que marcan los algoritmos de los amigos de un poder que ha salido del armario, sin preocuparse por tapar sus vergüenzas.

Ven cómo la reflexión ha desaparecido. Ven cómo los hinchas de unos bestias y otros rebotan sus alaridos -o silencios- con admiración y apoyo. Esa algarabía juega casi siempre a favor de los agresores, como observa en la tertulia Henry Louis Mencken al decir que “un demagogo es aquel que predica doctrinas que sabe que son falsas, a personas que sabe que son idiotas”. A veces parece que lo somos. Mark Twain replica con toda razón que “es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”. Bertrand Russell añade que “la causa fundamental de los problemas del mundo moderno actual es que los estúpidos están seguros de sí mismos, mientras que los inteligentes están llenos de dudas”.

Entre pillos anda el juego. Trump ocupa un espacio cada vez mayor tanto en redes como en el firmamento informativo. Junto con sus acólitos empezó con sugerencias e incluso advertencias de una posible invasión de Venezuela, convenientemente retroalimentada por el propio Maduro y los suyos. Lanza toda una operación militar especial. Uso ese término con pleno conocimiento de que Putin ya lo acuñó en Ucrania con intención parecida, pero con muchísima más sangre. Medios de comunicación de orientaciones muy contrapuestas han informado que ya en octubre del año pasado se daban negociaciones secretas previas. Los hermanos Rodriguez habían propuesto facilitar la salida de Maduro y encabezar un gobierno en negociaciones en Doha, y que el Emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani, habría facilitado tal negociación. Y había otros en el ajo. Así, capturado Maduro -con el derecho internacional en la mano no es detención- este es trasladado a Estados Unidos para ser juzgado con acusaciones de narcotráfico. Para perplejidad tanto de quienes apoyan a Trump como de quienes se oponen a él, en dicha operación militar especial, la opción de entregar el poder a quienes probablemente habrían ganado las últimas elecciones ¡nunca fue parte del plan!

Trump monta una reunión con empresas petroleras. La mayor parte de los asistentes bailan al son del rey desnudo, alabándole exageradamente, incluso dando vergüenza ajena. Sólo el CEO de Exxon agua la fiesta diciendo que todo ese delirio no era rentable, tras lo cual, Trump, cual niño malcriado, afirma que lo va a excluir de la operación. Dentro de unos años veremos que la situación petrolera de Venezuela no habrá cambiado mucho. ¿O alguien cree que si esos recursos fueran rentables, Maduro no los habría explotado ya? Todo ha sido una partida de póker con faroles entre kleptócratas, para regocijo de contendientes en redes sociales. Los presos políticos, las torturas y otras graves violaciones de derechos humanos del régimen venezolano sí que debieron ocupar cierto espacio en las negociaciones, pero obviamente no habrán sido, ni mucho menos, el centro de la negociación.

En Israel, Trump nos ha vendido una cosa que llama alto el fuego, que no es tal. En todo caso, el odio a todo lo palestino en buena parte de la sociedad israelí -hay excepciones que confirman la regla- alimenta el genocidio, que a su vez se ha ido alimentando con teorías basadas en interpretaciones torticeras de libros religiosos que poco tienen que envidiar a las que usan las teocracias. En la tertulia imaginaria que comentaba, Aldous Huxley lo tiene claro: “El propósito del propagandista es hacer que un grupo de personas olvide que otros grupos de personas son seres humanos”. Preferimos la bronca de las redes sociales a aprender de la historia.

Toda acción ha de ser continuamente evaluada, porque así es cómo se mejora y se llegan a resultados palpables sobre el terreno. Pero si te metes a evaluar determinados métodos que algunos consideran dogma, te echan las maldiciones. Bertand Russell, otro los contertulios, comenta que “no se puede ser inteligente simplemente eligiendo opiniones. El hombre inteligente no es aquel que tiene tales o cuales opiniones, sino aquel que tiene razones sólidas para creer en lo que cree y, sin embargo, no lo cree de forma dogmática”. Y es que ahí está el quid de la cuestión: se pretende solucionar las cosas con dogmas. Determinadas formas de oponerse son buenas porque sí. Es más, son el objetivo, no el medio. Se sacraliza la herramienta. Grace Kelly, que participa en la tertulia, comenta que “la furia no puede solucionar ningún problema”. Carl Sagan abunda en esto diciendo que “la cura para un argumento falaz es un argumento mejor, no la supresión de ideas”. Y para contribuir a la evaluación, Einstein añade que “no podemos solucionar nuestros problemas con la misma forma de pensar que utilizamos cuando los creamos”. Es lógica pura. No hace falta ser Einstein para decirlo.

Las mujeres iraníes llevan tiempo rebelándose contra un régimen teocrático. Observan cómo ahora, reforzada por motivos sociales y económicos, se rebela gran parte de la población iraní. Pero lo cierto es que las mujeres iraníes, tampoco importan mucho a unos y a otros. Unos porque creen a pies juntillas otro dogma: que meterse con el régimen iraní favorece a Trump. Y a los otros sólo les interesa Irán para meterse con los anteriores. Las mujeres, una vez más, a la cola. Comentando el caso de Julio Iglesias, una representante política afín a Trump reprocha a los otros que las violadas, donde están, es en Irán. Una prestigiosa periodista, Almudena Ariza, que no arrastra ninguno de esos pesos ideológicos, le responde que el hecho de que haya mujeres brutalmente reprimidas en Irán no invalida las denuncias de abuso en España ni en cualquier otro lugar. Lo obvio es demoledor, tanto para salvapatrias como para salvaideologías caducas. Los derechos humanos no son un arma arrojadiza, sino un manual de instrucciones para hacer las cosas bien. El escritor y guionista Harlan Ellison añade a lo obvio: “No tienes derecho a tu opinión. Tienes derecho a tu opinión informada. Nadie tiene derecho a ser ignorante”. 

En la tertulia comenta Simone de Beauvoir que nunca se debe olvidar que una crisis política, económica o religiosa será suficiente para que los derechos de las mujeres sean cuestionados y que lo más escandaloso acerca del escándalo es que uno se acostumbra. Jane Goodall asiente, diciendo que el mayor peligro que nos depara el futuro es la apatía. Ana Frank, con mayor legitimidad que nadie de los que ahora estamos, comenta, a pesar de todo: “No veo la miseria que hay, sino lo bello que aún queda”. 

Yo tengo claro que lo bello que queda por alcanzar es que se aplicarán de verdad los derechos humanos, venciendo la apatía. A igual conculcación, iguales derechos, independientemente del color de la víctima. Y los que politizan los derechos humanos a favor de unos perpetradores en perjuicio de sus víctimas, sean del color que sean, acabarán pudriéndose -con Trump y los demás- en el desprecio histórico más total.