Tribuna abierta

¿Será posible?

04.05.2022 | 00:16

UNO de los conflictos latentes entre Rusia y Ucrania tiene que ver con la religión. El señor Putin acaba de participar en la Pascua ortodoxa rusa de la mano del patriarca de Moscú, Kirill. Y aunque solemos hablar de las consecuencias políticas, económicas y sociales, no podemos dejar a un lado, en este caso, la dimensión religiosa, pues hablamos de unos países en los que la religión tiene un papel importante tanto en referencia a la identidad nacional ucraniana como a la rusa. A diferencia de lo que sucede en Europa, la fe religiosa avanza en Ucrania. Si, tras la caída de la Unión soviética, Putin se sustenta de manera significativa en determinados oligarcas, y en la agencia de espías de élite de Rusia –él fue miembro de la KGB–, también tiene un pilar en la Iglesia ortodoxa rusa, lo cual es más propio de la Rusia de los zares. Para Vladimir Putin, o para la Iglesia ortodoxa rusa, Ucrania es el corazón de la "nación rusa"; y Kiev, la capital, tiene un significado espiritual especial, parte del mito fundacional desde que, en el año 988, el príncipe Vladímir I de Kiev adoptó oficialmente el rito bizantino cristiano como la religión del estado de la Rus de Kiev.

Hace unas décadas, en algunos ambientes, para afirmar que una persona era muy tacaña, se decía: "Gastas menos que un ruso en catecismos", porque oficialmente la religión no existía durante los setenta años del dominio comunista, y quizá algunas experiencias de resistencia han sido un plus para aumentar el número de creyentes; pero en la invasión rusa de Ucrania centenares de iglesias han quedado destruidas, sin identificar a qué patriarcado pertenecen, y Kirill, el patriarca de Moscú, ha bendecido a las tropas rusas, mientras ha considerado válida de expresión de Putin de "guerra santa", y ha apoyado la agresión contra los descreídos occidentales. La Iglesia ortodoxa rusa manifiesta defender los valores tradicionales rusos en una guerra cultural contra un occidente que se encuentra en decadencia. Kirill critica el consumo excesivo de occidente, y cuestiona que se considere libertad allí donde se celebra el orgullo gay, aunque no parece tener en cuenta que esto no sucede en Polonia. La novedad de esta teología política de guerra santa es que se hace con armas nucleares al fondo, pero numerosas víctimas son creyentes. Algo no cuadra, y puede pasar factura.

Según el último Informe sobre Libertad Religiosa en el mundo, en ese país llamado Ucrania, que hace poco tenía algo más de 44 millones de personas – ¡ay la brutalidad de la guerra!–, un 86,4% de los ucranianos se confesaban cristianos, un 9,9% agnósticos, un 2,1% ateos, y un 1,5% musulmanes. Según datos, basados en estudios sociológicos de 2019, en los que ha participado, entre otros, el Instituto Internacional de Sociología de Kiev, el 70,7 % se declaraba cristiano ortodoxo, el 43,9 % de estos como perteneciente a la Iglesia ortodoxa de Ucrania, el 38,4 % afirmaba ser simplemente ortodoxo y el 15,2 % era seguidor de la Iglesia ortodoxa ucraniana del patriarcado de Moscú. No deja de ser significativa la indefinición en algunas respuestas al estudio en relación a su adhesión a un determinado patriarcado, y además, el patriarcado de Moscú, en los últimos tiempos, tenía doce mil parroquias, y las adheridas al patriarca de Kiev son menos, pero con casi el triple de fieles. ¿Por qué la Iglesia ortodoxa ucraniana, que se había vinculado durante trescientos años al Patriarcado de Moscú, se hizo independiente, con el apoyo del Patriarcado de Constantinopla, en 2019? Se trata de algo demasiado reciente desde una perspectiva histórica, pero que no deja de ser significativo para entender algo más la actualidad en esa guerra híbrida, pues mientras Rusia cerraba a Ucrania los accesos del Mar de Azov, la Iglesia ortodoxa ucraniana se independizaba y con ello recortaba la influencia rusa sobre la sociedad ucraniana.

Tres de cada cuatro personas cristianas, por tanto, son greco ortodoxas, vinculadas al Patriarcado de Kiev o al Patriarcado de Moscú. Se denomina Iglesia greco ortodoxa porque es en este idioma en el que la Iglesia ortodoxa se había desenvuelto en la doctrina y disciplina de los concilios ecuménicos anteriores a la separación de la Iglesia Latina en 1054, y gran parte de sus credos, liturgias, cánones y literatura teológica y ascética está compuesta en ese idioma, aunque en las zonas eslavas se utiliza el eslavo. La antigua Constantinopla, actual Estambul, es todavía el centro natural de toda esa Iglesia oriental ortodoxa, pero el patriarcado de Moscú es el que más fieles tiene, aunque su origen apenas tiene más de mil años, y su teología nunca ha estado a la altura de los grandes pensadores de los primeros cinco siglos de cristianismo. Si en el período bizantino se produjo la gradual separación de occidente, con una dependencia excesiva de la Iglesia ortodoxa respecto a la corte imperial en Constantinopla, su conquista por los turcos en 1453, trajo un declive de la Iglesia oriental, o griega, pero se hizo presente entre los pueblos eslavos, especialmente en la Rusia emergente.

Además, en Ucrania, junto a esa mayoría greco ortodoxa, conviven unos setecientos mil ucranianos que son cristianos protestantes; y hasta cuatro millones seiscientos mil son miembros de la Iglesia greco católica, de rito ortodoxo, cuyos sacerdotes, por cierto, se casan, y sólo son célibes los obispos; y también convive una Iglesia católica de rito latino que, según Aciprensa, asciende a algo más de un millón de fieles, que son inmigrantes polacos y húngaros, concentrados en la parte oeste del país, en torno a Leópolis.

En el contexto de la guerra resulta más difícil todavía establecer una fotografía fija en la geografía de lo espiritual que, ciertamente, se encuentra en un proceso de cambio constante, y más aún tras los últimos acontecimientos bélicos. Que una parte de la Iglesia greco ortodoxa se haya separado del Patriarcado de Moscú en 2019 ya resulta significativo como potenciación del nacionalismo ucraniano. Y la invasión de Ucrania por parte de Rusia está suponiendo, además, que una parte de la Iglesia ortodoxa vinculada a Moscú se esté distanciando un tanto de Kirill, el patriarca de Moscú, y de Vladimir Putin. Y esto no es consecuencia de las presiones políticas, económicas y militares de occidente.

La reconciliación desde la religión debería ser un referente, pero Kirill reprocha al patriarca de Constantinopla que haya reconocido a la Iglesia ucraniana del patriarcado de Kiev porque ha dividido el mundo ortodoxo al separarse de Moscú. Sin embargo, miembros ucranianos y rusos de su propio clero han pedido al patriarca Kirill que al menos rece por el apaciguamiento; y el propio representante del Patriarcado de Moscú en Ucrania ha condenado la invasión, que también ha destruido cientos de iglesias... vinculadas a la Iglesia ortodoxa rusa. La actitud de Kirill y otros líderes religiosos que lo apoyan ha generado un amplio rechazo entre los creyentes ucranianos. Y la postura de Onufriy Berezovsky de Kiev, que representa al Patriarcado de Moscú en Ucrania, pidiendo a Putin el fin inmediato de la guerra fratricida, y el llamamiento a Kirill para que ayude a resolver este conflicto, comienza a significar, según el estudioso Hovorun, una cierta fragmentación, pues "Kirill parece ignorar por completo todas las muertes, la destrucción. No ha pronunciado ni una sola palabra en apoyo a las víctimas ucranianas", y esto tiene sus consecuencias. De hecho, en algunas parroquias ortodoxas rusas de Ucrania se ha dejado de orar por el patriarca en los servicios religiosos, lo que significa una oposición interna que también se está dando en Rusia, donde tres centenares de religiosos han firmado una carta pidiendo un "alto el fuego inmediato", y, como dice Cyril Horvun: "Toda la Iglesia rusa está un poco conmocionada. Aunque muchos apoyan la guerra, hay una creciente disidencia hacia las políticas de su patriarca". Y añade que "en otros lugares, en las estructuras de la Iglesia ortodoxa fuera de Rusia, también está pasando algo similar. En los países bálticos, por ejemplo, están intentando distanciarse de Moscú, expresando su desconfianza hacia el patriarca".

Si ucranianos y rusos son un "mismo pueblo" y la misión de Kirill y Putin es volver a unirlos para hacer frente a las amenazas que vienen del exterior, estremece la afirmación del profesor Cyril Hovorun: "Personalmente, creo que, sin el aporte de la Iglesia ortodoxa rusa, la guerra hubiera sido imposible porque de esta forma se justifica. Putin tiene esta confianza en sí mismo también porque la Iglesia lo animó a hacerlo". ¡Menuda responsabilidad! ¿Será posible que, desde esta vía, se abran grietas, o caminos nuevos... para detener la guerra? * Escritor

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