Historias pertinaces

Hace unos días, tras un largo y pertinaz silencio de los suyos para el que no me falta explicación, he leído en este diario una biografía de J. J. Azurza, 'Telefunken', que me ha recordado vivencias con el personaje que aprovecho la ocasión para compartirlas

18.03.2021 | 00:48
Historias pertinaces

eL disco de Mixel Labeguerie nos llegó a los amigos de Gernika, a los de confianza, a través de un viajante de paños catalanes que visitaba a Juan Ignacio Bareño, sastre nuestro, como su padre había sido el de mi padre en aquel Gernika previo a la masacre, aquel Gernika inocente y confiado que nunca imaginó lo que le caería encima. Los Bareño son, todos sin excepción y por varias generaciones, gentes honorables y con mucha historia, lo recuerdo y menciono ahora cuando veo una vez más la foto indigna de mi torturado amigo Jabi, el más bondadoso de todos nosotros, expuesto de nuevo en la portada de un diario franquista como peligroso atracador. La sastrería de los Bareño cargaba historia y siempre del lado derecho al país. En ella hizo guardia en más de una ocasión Sabino Arana mientras esperaba a su prometida. No lejos, junto a la Plaza, estaba también la imprenta de Juanito Larrinaga, el padre de Jon y Narcis, que es donde mis padres imprimieron aquellas invitaciones de boda de las que solo conservaron la que una Enbeita consorte salvó del bombardeo y les dio como recuerdo, porque sabía que de las cosas de ellos en su piso del Ferial ninguna se había salvado de la quema. Tal vez sí la radio, que cayó en manos de unas taberneras que no necesitaron irse del pueblo porque los que entraban y lo ocuparon eran de los suyos: debió ser de buena calidad, porque siguió funcionando en aquella taberna durante muchos años.

Pero yo quería hablar del disco de Labeguerie y de su repercusión en aquella Euskadi inerme, silenciada, derrotada. En nuestra cuadrilla había de todo, pero a nadie se le ocultaba de qué pie cojeaba cada uno de nuestros respectivos entornos familiares. Recuerdo de ese tiempo haber escuchado con alguna frecuencia, sobre todo a mi madre y a la hora de dónde comprar comida, calzado, ropa o elegir médico, quién era de los nuestros, quién lo era desde "tiempo normal", o sea, desde antes del bombardeo. Había una excepción, la de un dentista de familia carlista, un recto varón, además de un euskaltzale militante solo comparable al tío Julio de mi amigo Jabi, de quien debió aprender a ponerse la boina con gracia y dotorezia.

La llegada del disco de Labeguerie a nuestras manos debió producirse en derredor de 1962. Por esos días tuve noticia también de que unos jóvenes de Bilbao estaban escondidos en la casa de una modista viuda, madre de dos hijas, que le había enseñado a coser a mi madre en tiempo normal, y que seguía en la misma labor. Creo recordar que los escondidos eran tres o cuatro –luego he sabido que eran de EGI–, grandes fumadores en una vivienda llena de mujeres en la que se presumía que nadie fumaba. Me enteré de su existencia porque se me pidió comprar el tabaco que las mujeres de aquella casa no hubieran podido comprar sin levantar sospechas.

Hasta Labeguerie, cuando nos pasábamos de tragos y nos embriagaba la emoción patriótica, echábamos mano de Iparraguirre, alterando alguna de sus alusiones geográficas. A partir de Mixel, ya no hubo dudas: Gu gira Euzkadiko gaztedi berria. Euzkadi bakarra da gure aberria: ¡para qué más! Unos pocos años más tarde, exiliado en Iparralde, nos llegó noticia de la "traición" de nuestro bardo y lo dimos por bueno, en aquel radicalizado ambiente de rompe y rasga, sin matices, sin explicaciones. Leo ahora con ocasión del centenario de su nacimiento perfiles suyos –leo muy especialmente a Jean Louis Davant–, matizados, razonados, contextualizados, con los que es fácil estar de acuerdo. Como José Antonio Ardanza ha recordado en más de una ocasión, en ese tiempo se empezaban a mover las cosas y cada quien siguió el camino que le tocó, sin hacerse excesivas preguntas. No le hubiera venido mal tomarlo en cuenta a ese columnista que publicó en estas mismas páginas que ETA nació para corromper a la juventud vasca. No me imagino diciéndolo al exlehendakari, o a Ormaza, Retolaza o Arenaza, por ejemplo, que sabían bien de qué iba la cosa en ese tiempo.

Hace unos días, tras un largo y pertinaz silencio de los suyos para el que no me falta explicación, he leído en este diario una biografía de J. J. Azurza, Telefunken, que me ha recordado vivencias con el personaje que aprovecho la ocasión para compartirlas. José Joaquín venía, como otros conocidos activistas abertzales de ese tiempo, de la antigotarra calle Matia de Donostia. Como Txillardegi, a quien profesaba una antipatía militante, era ingeniero, estaba dotado de una enorme facilidad para los idiomas y hasta tocaba el piano, pero no al nivel de este. Para J. J., que atribuía a lo que José Luis representaba la paternidad de la denominación de Iparralde para referirse a la Euskal Herria continental, la denominación no se correspondía con la verdad geográfica. Mi relación con José Joaquín se derivaba de la amistad y trato que mantenía en Caracas con su hermano Koldo, Luis Mari para los de casa. Celebramos un par de Navidades juntos en armonía, porque evitamos hablar de política. En la misma casa de la calle París de Las Mercedes vivían también otros amigos comunes: los Gomez-Barrenetxea. Fue en el domicilio de estos donde tuve una bronca monumental con José Joaquín. Acababa de regresar de su primera visita a la Euskadi peninsular después de varios decenios de exilio y lo que había visto no le había gustado nada. El recurso incesante al "vale" a todas horas y para todo, que persiste por cierto, le molestó especialmente, le pareció ridículo, pero no se trataba sino de un reflejo de cuanto había extrañado en el regreso a su país, que era mucho. Cuando su perorata subió de tono e injusticia contra lo que Txillardegi representaba no callé, y le llamé fascista y tal vez más cosas. Pocos días después, supe que a J. J. se le había declarado un cáncer de garganta y le habían operado de urgencia. Por insistencia de mi mujer y por solidaridad con la de José Joaquín, fui a visitarle en la clínica de San Bernardino donde estaba. Se había quedado sin habla, pero recurriendo a gestos y un soplo de ronca y apagada voz, me dijo: "No podré hablar, pero os voy a joder con la máquina", la de escribir. Genio y figura, genio y figura que mantuvo hasta el final, contra Arzalluz, contra Garaikoetxea, contra el aparato de su partido del alma en el que ya no se reconocía, contra el que escribió como Pertinax en El Diario Vasco de San Sebastián.

Cuando me hicieron director de Radio Euskadi le invité a participar en el homenaje que le hicimos al equipo que había hecho posible la existencia de la Radio Euzkadi de Venezuela. Aceptó, y lo compartió con Jokin Inza, con Jon Gómez y otros compañeros de exilio con lo que llevaba años sin hablarse: los años ablandan a los más pertinaces. José Joaquín Azurza, como algún otro que sostuvo la llama y los gastos del Gobierno vasco del exilio, se sintieron injustamente tratados en su regreso: debió ser consejero del Gobierno vasco por lo menos, y ni siquiera fue el primer director de EITB, pero hay quien puede hablar de esto, si procede, con más conocimiento de causa que yo, que no era precisamente de la partida.

* Periodista