Tribuna abierta

El "ineficaz" debate político actual

La aparición reciente de nuevas formaciones políticas que acaparan protagonismos y discurso con la presunción de una naturaleza líquida no debe hacernos perder la perspectiva de que las ideologías tienen identidad y, aunque se adapten a las circunstancias, no deben perder su dimensión ética

27.01.2021 | 00:49
El "ineficaz" debate político actual

PABLO Iglesias (Turrión, que no Posse), y los suyos, ya han hecho bastante: han facilitado la aprobación de los Presupuestos Generales después de varios años sin que tal hecho haya sido posible, pero ha vuelto a las andadas. Pedro Sánchez ha hecho lo único que podía hacer. Convirtiendo la necesidad en virtud, ha cubierto el expediente y ha facilitado que la Legislatura pueda llegar a completarse. De eso se trataba, sobre todo para este Pablo Iglesias cuya falta de responsabilidad y exceso de protagonismo se han convertido en sus señas de identidad. Quiere durar ahí donde está, durar y perdurar. Con un poco más de la cuarta parte de los Diputados que su socio de Gobierno, el PSOE, su falta de mesura, su escasa dignidad y su desmedida ambición le han llevado a comportarse como un rebelde sin causa alguna que justifique su rebeldía.

Que todo gobierno de coalición tiene el riesgo de que los socios porfíen entre sí es algo normal, pero lo realmente peligroso es que en dicha simbiosis –pues eso ha de ser una coalición pensada para gobernar–, las discusiones sean más frecuentes que los diálogos comedidos. Si Unidas Podemos y el PSOE teníamos tan poco en común como lo que se desprende de esta convivencia abrupta que muestran en los medios de comunicación, será bueno revisar los papeles firmados y rubricados por Pedro y Pablo en el Acuerdo definitivo. No obstante, no voy a caer en el error de adjudicar las responsabilidades de los desacuerdos a partes iguales, porque supongo que el Acuerdo de Gobierno es un documento discutido y firmado por las partes, de modo que su desarrollo debe obedecer solo a lo pactado, y no a los caprichos que posteriormente cada cual ha sentido a su antojo, y para su propia complacencia.

Es muy difícil encontrar pronunciamientos similares de los dos líderes en la mayoría de los temas. Salvo en asuntos de escasa trascendencia, las opiniones y/o decisiones comentadas por el presidente del Gobierno o los ministros socialistas se ven contradichos, en primer lugar, por el socio o "compañero podemita". Casi nunca interviene Pablo Iglesias para subrayar las palabras del `presidente Sánchez, pero sí para criticarlas o, como poco, puntualizarlas. Al líder de Unidas Podemos le agobia la prisa, pero suele tratarse de una prisa para llegar a ninguna parte. La disyuntiva la lleva Pablo Iglesias en el mismo nombre de su formación, porque no siempre es lo mismo lo que "podemos" que lo que "debemos". Pablo sabe muy bien que incluso lo que se desea denodadamente muchas veces escapa de nuestras posibilidades. Una vez culminados los procesos electorales, a tenor de los resultados que se hayan dado, serán nuestras posibilidades. De modo que el título (Unidas Podemos) puede considerarse falso en su primer planteamiento, porque para afirmar la posibilidad ("Podemos") no basta con estar "Unidas", sino que debemos también estar "unidos", y debemos estarlo convencidos y en cantidad suficiente, es decir, la mitad más uno de los diputados y diputadas.

Sin embargo, no debemos quedarnos en esta discusión que se me antoja bizantina. Cuando las nuevas formaciones políticas prefirieron que incluso los nombres que las iban a identificar fueran populistas, que no señalaran realmente a quienes acudieran a adscribirse a sus dominios, que no les obligaran a adherirse a compromisos ni idearios concretos, sabían lo que estaban proponiendo: crear espacios nuevos, indefinidos y difusos, que se acomodaran a cualquier pensamiento o situación nueva que se pudiera presentar. Un socialista, un comunista, un nacionalista, un anarquista o un socialdemócrata saben qué conducta deben seguir con una poco más o un poco menos de concreción, porque se trata de ideologías pensadas y creadas con el noble fin de generar sociedades justas, fundamentadas en principios de vida y de convivencia precisos. Las ideologías existen, ¡claro que existen!, aunque a veces dé la impresión de que se olvidan, o se prostituyen, para alcanzar el poder o para mantenerlo cuanto más tiempo. Las ideologías tienen identidad y, aunque deban acomodarse al tiempo y a la sociedad de cada tiempo, no deben perder su dimensión ética.

Justamente cuando en España los administradores de las ideologías, que no eran otros que líderes de los partidos, desviaron sus intenciones ideológicas para convertir a sus formaciones en instrumentos para patrocinar sus propios beneficios, los oportunistas más descarados no dudaron en acudir al descrédito de las ideologías. Diezmaron las organizaciones que las representaban cambiándoles incluso. Actualmente solo hay dos partidos en España –habrá alguno más, pero sin representación institucional– que mantienen su tradicional nomenclatura: el PSOE y el PNV. Ninguno de los dos ha cambiado sus siglas, además, manteniendo las siglas que realmente les definen e identifican (N, nacionalistas, y S, socialistas). No falta quien se atreve a degradar y definir despectivamente tales letras y sus significados. Mientras tanto, eludiendo el significado auténtico de esas letras, hay quienes inventan apelativos o leyendas con las que intentan imponerse a los nombres tradicionales. Del mismo modo, los tradicionales espacios ideológicos –izquierda y derecha– han dejado de ser esenciales y se han convertido en meros espacios orientativos.

Igualmente, este ocaso de las ideologías tradicionales, de aquellas que han quedado escritas en oro en la Historia de los países y las sociedades, se ha visto acompañado por proyectos políticos de escasa enjundia, muchos de ellos escisiones de las formaciones más poderosas y numerosas en las que lidercitos de tres al cuarto han preferido hacer valer sus servilismos –a un gremio, a un oficio, o a una región, a los que previamente se había adoctrinado mediante engaños o leyendas ocurrentes– frente a las ideologías. Cuando, de repente, surgen formaciones como Teruel existe o el PRC de Cantabria (por poner ejemplos conocidos), cuyo formato regionalista es igual de nacionalista que el de otras formaciones reivindicadoras de nacionalismos más consolidados en el tiempo, se está debilitando en exceso la condición social y humana de toda formación política, que ha de estar basada en la igualdad de todos, y no en la exclusividad de unos pocos. ¿Desaparecerán, voluntariamente, aquellas formaciones o grupos políticos surgidos con ánimo exclusivamente localista y reivindicativos de, por ejemplo, infraestructuras concretas, justamente en el momento que hayan convertido en realidad sus ilusiones y empeños? Mucho me temo que no será tan fácil, toda vez que suele tratarse de formaciones cuyas inquietudes más importantes caducan con el tiempo, pues dejan de tener sentido en el momento en que se construye una carretera reivindicada o cualquiera otra infraestructura.

Conforme vienen incorporándose al muestrario político las opciones (que no ideologías) oportunistas, vienen aflorando líderes dicharacheros y, por qué no decirlo, ocurrentes brillantes que terminan abrazando una única estrategia: la permanencia en el mercado político y en el candelero, tal como suele decirse de modo coloquial. El debate político está perdiendo consistencia, y adolece de superficialidad. Los ciudadanos buscan y rebuscan en la propaganda electoral cualquier anuncio que sea conveniente, a título personal o familiar, abandonando cualquier estrategia tendente a conseguir una sociedad más justa y equilibrada. Las "antiguas" palabras que la Izquierda –y algunas otras opciones políticas– enarbolaban en contra de desigualdades e injusticias presentes en la sociedad, parecen haberse quedado obsoletas, o quizás no sirven ya para que los líderes políticos actuales, tan hedonistas como escasamente comprometidos, pongan freno a los injustos movimientos que han convertido nuestras vidas en arriesgadas estrategias de supervivencia.

Si queremos que la Política recupere los ideales para los que fue creada, será bueno que recuperemos los principios en los que se asienta (en los que siempre se asentó), que siempre estuvieron mucho más interesados en la consecución y desarrollo del bien común que en la generación de supuestas riquezas, egoístas y mal repartidas, que respondieran al mandato o lema del "sálvese quien pueda".

noticias de deia