Tribuna abierta

Bye bye, London

El viernes, 31 de enero, el 'Brexit', esa palabra que desde hace cuatro años ha secuestrado con insistencia las primeras páginas de los medios de comunicación, habrá concluido. Se arriará la Union Jack del Parlamento Europeo y el Reino Unido dejará de ser parte de la UE, donde ha permanecido desde 1973

29.01.2020 | 06:23

SI el camino de salida no ha sido fácil, ahora queda lo más complicado: la negociación entre las dos partes. Y en ella hay mucho en juego, incluida la propia unidad del país. La resplandeciente paradoja es que en aras de preservar la propia identidad del Reino Unido frente a Europa, una de las razones fundamentales de los defensores para dejar la Unión, el fraccionamiento del territorio parece hoy más cerca que nunca. Ni Escocia ni Irlanda del Norte están de acuerdo con la ruptura con Bruselas. En ambas el voto fue favorable a mantenerse en Europa.

El viejo general francés y mandatario de la V República, Charles de Gaulle, siempre lo tuvo claro: los británicos no encajarían bien en Europa. El Mercado Común, como se denominaba entonces a la Unión, estaba compuesto por seis países. De Gaulle les vetó la entrada en enero de 1963. Aducía que los británicos tenían " un carácter muy insular" y que "sus intereses políticos y económicos difería mucho de los de los europeos". Harold Macmillan, un aristócrata que entonces ocupaba el cargo de premier británico, no digirió la negativa demasiado bien: "Los franceses siempre te traicionan al final". Cuatro años más tarde, De Gaulle les volvió a vetar.

No fue hasta 1973 que el Reino Unido se incorporó como miembro de pleno derecho en el entonces "Mercado Común". De Gaulle había fallecido y los británicos no encontraron mayores obstáculos. Lo hicieron de la mano de Edward Heath, del Partido Conservador, y con un país ya entonces muy dividido. La oposición laborista, liderada por Harold Wilson, estaba en contra de la pertenencia a la Unión. Tanto es así que dos años más tarde convocaron un referéndum en el cual los británicos se pronunciaron favorables a alinearse con Europa.

Reticencia laborista Años más tarde, en 1983, los laboristas seguían en su posicionamiento antieuropeo. La contundente victoria de Margaret Thatcher, favorable a la Unión Europea pero al mismo tiempo muy beligerante con esta, cambió el estado de las cosas. La izquierda, especialmente sus miembros más jóvenes, comenzó su viraje ideológico. El Partido Laborista se mostró entonces más abierto que nunca a la confluencia con la Unión. Sin embargo, sus militantes en las áreas de más tradición laborista siempre han mostrado sus reticencias y más aún cuando la inmigración de los países del este europeo llegó hasta la puerta de sus trabajos. En gran parte de la Inglaterra industrial y laborista se impuso el Brexit sin dificultad. Su propio líder, Jeremy Corbyn, jugó un papel muy ambiguo con su compromiso europeo. No fue hasta los últimos días cuando se mostró más decididamente europeo. Demasiado tarde, como dejaron bien a las claras las últimas elecciones del pasado 12 de diciembre con victoria rotunda del Partido Conservador.

El divorcio ha sido largo, tedioso, irritante y, en ocasiones, a cara perro. Desde junio de 2016, fecha en la que una mayoría del 51,9% de los ciudadanos del Reino Unido decidió abandonar el barco europeo, han volado más de tres años y medio. El Brexit se ha cobrado la carrera política de dos primeros ministros. Primero fue David Cameron. Presionado por los elementos más conservadores de su gobierno, dio luz verde a un referéndum sobre la permanencia en la Unión Europa que nadie más le había pedido. Lo perdió. Cameron dejó su puesto y otra figura prominente del conservadurismo británico le relevó en su cargo. Theresa May tampoco fue capaz de buscar un pacto y tras perder tres votaciones parlamentarias sobre un Brexit acordado entre su gobierno y la Unión Europea anunció su dimisión en mayo del año pasado. No fueron los únicos, pero sí los más relevantes. Las divergencias a la hora de enfocar las negociaciones con la Unión Europea han provocado un buen número de bajas y purgas entre los miembros del parlamento de Westminster: entre ellos el sobrino de sir Winston Churchill y el propio hermano de Boris Johnson.

Dos piedras en el zapato En el caso de los escoceses, un mayoritario 62% votó a favor de la permanencia. En las elecciones generales del pasado diciembre los conservadores obtuvieron una raquítica representación de seis escaños sobre 59. El Partido Conservador nunca fue muy popular en Escocia, donde los laboristas dominaron la política durante años. En las dos últimas décadas, sin embargo, los independentistas han ido imponiendose y atraído los votos de los antiguos laboristas. Con sus 48 escaños, la líder del SNP (Scottish National Party) y ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, ha declarado que "la independencia es la mejor manera de preservar los intereses de Escocia" y ha pedido un nuevo referéndum. El primer ministro, Boris Johnson, ha manifestado que no contempla esta posibilidad. Veremos en qué queda todo, pero lo cierto es que la distancia política entre Londres y Escocia nunca fue mayor.

Un 56% de los ciudadanos y ciudadanas de Irlanda del Norte votaron en contra del Brexit, que poco o nada ha favorecido la convivencia entre católicos y protestantes. Los primeros, frontalmente opuestos al Brexit; los segundos, temerosos de que el gobierno británico diluya el estatus de Irlanda del Norte dentro de la Unión Europea, lo que supondría un paso adelante en la reunificación de las dos Irlandas.

Ahora, después de tres años de suspensión, Irlanda del Norte vuelve a tener gobierno propio. Las dos principales formaciones norirlandesas, Partido Unionista Democrático (DUP) y Sinn Féin, han acordado volver a compartir el poder y acabar con la parálisis política que amenazaba los acuerdos de paz. De momento y tras haber evitado una vuelta a las fronteras entre los dos países, las aguas parecen volver a su cauce, aunque los rencores sectarios pueden saltar en cualquier momento.

Futuro pos-Brexit El vencedor de las elecciones y primer ministro, Boris Johnson, ha dejado aparte sus bufonadas de antaño y, consciente de que lo más arduo viene ahora, parece concentrado en los próximos once meses de negociación, un periodo de transición en el que lo fundamental es mantener la estabilidad política y económica del país.

Como cabía esperar, Johnson ha vuelto su vista hacia Estados Unidos: su intención de establecer acuerdos comerciales con este país levanta suspicacias y puede ser un obstáculo a la hora de materializar los acuerdos. Europa ha visto siempre en el Reino Unido "el caballo de Troya" de Estados Unidos. Por otra parte, ha manifestado su interés en firmar un acuerdo de libre comercio con la UE, pero aducen los negociadores europeos que no hay tiempo para establecer este tipo de acuerdo en once meses.

Nigel Farage, una de las figuras más destacadas de la política británica y líder del Brexit, pedía solemnidad para celebrar la marcha de los eurodiputados de las islas. El ambiente en Bruselas y Estrasburgo no está para ceremonias. A los representantes británicos se les ha pedido que recojan sus pertenencias y entreguen las llaves de sus despachos. La intendencia se ha impuesto a la pompa, a pesar de los deseos de Farage. La respuesta canónica a las despedidas de "ha sido un placer", no tiene cabida en este caso. La historia le ha dado la razón al general De Gaulle.


* Periodista