Acierta de nuevo TVE en su revolución competitiva, esta vez en el apartado musical, con Aria, locos por la Opera. Hoy será la final del concurso de nuevos intérpretes líricos, con seis candidatos que se disputarán el premio de 15.000 euros (una miseria para tanto rango) y la participación en el Festival de Granada. El formato no es creación genuina, sino de matriz holandesa, versionado por Gestmusic a partir de su experiencia en Operación Triunfo. En las cadenas españolas apenas hay productos propios, casi todos son de importación, quizás porque hacen suya la dejación de “que inventen ellos” de Miguel de Unamuno. Lo cierto es que a este hombre bueno, sabio y contradictorio, desdeñado en su Bilbao, le malinterpretaron muchos, incluso Ortega, cuando no fue más que una “expresión paradójica a la que no renuncio”. El programa está construido con esmero, tanto en el fondo artístico, como en contenidos, transitando de lo formal a lo cómico. Y es que la ópera es así, drama y comedia, historias trágicas e intrigas bufas. El certamen ha sabido transmitir su espíritu de espectáculo total. Lo discutible es la inserción del jurado secreto, un tipo oculto que sentencia tras un rayo de luz. Inspirado en El fantasma de la Ópera, prodigio musical de Andrew Lloyd Webber y que va para 40 años en cartel en Londres, merecía mejor referencia por su homenaje a la magia y secretos del universo operístico. Las buenas audiencias de Aria reflejan la certeza de que la ópera gusta a todos cuando alcanza a liberarse del bloqueo aristocrático de quienes cagan mármol. Solo la televisión pública lo puede conseguir. Y es que la vida es como La Flauta Mágica, de Mozart: amor, libertad, belleza y alegría. En Berlín, donde el pasado fin de año vi esta maravilla, me confirmaron su sentido.