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Primerísimo nivel

Nadie en la centenaria existencia del Athletic se ha acercado, ni de lejos, al medio millar de encuentros de Valverde sentado en su banquillo

Primerísimo nivel

SESENTA y un años después, Ernesto Valverde vuelve a la ciudad que le vio crecer y hacerse futbolista para redondear un registro imposible de emular. Nadie en la centenaria existencia del Athletic se ha acercado, ni de lejos, al medio millar de encuentros sentado en su banquillo. Y nadie lo hará en el futuro. Un guiño del destino ha querido que esa cifra sea realidad en Mendizorrotza, donde aquel extremo que pesaba 40 kilos mojado (sin exagerar demasiado) empezó a labrarse una reputación en el fútbol que hoy, en realidad desde hace bastante tiempo, le señala como un técnico de prestigio, alguien que goza del reconocimiento general entre amigos y adversarios.

Un estilo sin estridencias ni ruido

Lo suyo no es un triunfo profesional que se apoya en títulos, más bien se trataría de una extensa trayectoria que se ha desarrollado de modo lineal, sin altibajos pronunciados y normalmente en destinos relativamente estables sin que ello no quite para que varios sean considerados como selectos. Por supuesto que no faltan éxitos puntuales en su hoja de servicios, ligas, copas, posiciones de mérito o una frecuente presencia en el ámbito continental, pero lo que de verdad cuenta es el respeto que se ha labrado con un estilo sin estridencias, ajeno al ruido, proyectando la imagen de alguien normal; un perfil que, para decirlo todo, no tiene fácil encaje en según qué destinos, pero en la mayoría se suele valorar y agradecer.

Desde luego, así ha sido en el Athletic. De lo contrario no hubiese cubierto diez temporadas completas en su seno. En este sentido, basta con reparar en que quien figura a continuación de Valverde en el ranking de entrenadores es un tal Javier Clemente, que dirigió al equipo en 289 encuentros, también repartidos en tres etapas, pero dos de ellas efímeras y en las tres terminó siendo destituido. El tercero de la lista, Juanito Urkizu, vivió el período de la posguerra, una época con calendarios mucho más escuetos, lo cual no impidió que el ondarrutarra se plantase en los 241 partidos.

Acaso porque Valverde y estabilidad se consideran sinónimos, el detalle curioso del acontecimiento de este sábado no es otro que el enrarecido contexto en que tendrá lugar el derbi Alavés-Athletic. Cada bando arrastra su propia cruz: el anfitrión pone en juego el pescuezo, lleva haciéndolo muchas jornadas y no logra desprenderse de la sombra del descenso, mientras el Athletic gestiona un final de curso plagado de incertidumbres.

Clasificación

Ni Valverde se preocupa a estas alturas, a falta de cinco jornadas para el final, de disimular el sofoco que le produce una clasificación engañosa, pues la décima plaza responde básicamente a la ausencia de fiabilidad propia y en este caso, habitar en tierra de nadie no es garantía absoluta de tranquilidad.

No hay modo de decantar el signo definitivo del itinerario liguero del Athletic. Se desconoce si baja o si sube con su responsable máximo al frente, se halla igual que ese ascensor que permanece atascado entre dos plantas. Ni para arriba ni para abajo, aunque sea razonable pensar que una victoria más disiparía la principal inquietud. ¿Será en Gasteiz? A ver, pero de momento resulta obvio que el nerviosismo no remite y, para qué negarlo, Valverde no está viviendo una despedida acorde a lo cabía prever. Menos aún, a la que él hubiese deseado.

Cuando anunció su adiós, recién apeados de la Copa y con diez citas de liga por disputar, presumiblemente lo hizo para contribuir a oxigenar el ambiente. Hoy no admite debate que ese tiro salió por la culata: en vez de reaccionar, la plantilla ha continuado dando tumbos y, sin duda, el entrenador tampoco ha sabido pulsar las teclas oportunas. Un mes después, Valverde está más tenso todavía y el presidente va a lo suyo, se regodea con el “entrenador de primerísimo nivel” que ha captado para suplir al sufriente Valverde. A lo mejor este ha pasado ya de “leyenda” a ser de segundo nivel.

Hubo un integrante del equipo que opinó que, en cualquier otro campo que no fuese San Mamés, al equipo le hubiesen silbado mucho antes que a mediados de abril, como sucedió con ocasión de la visita del Villarreal. Similar enfoque sería extensible a la persistencia del técnico en el cargo. En muchos clubes, visto el desfase entre objetivos e imagen y resultados en que ha incurrido este año el Athletic, no hubiera extrañado un relevo en la dirección. Sobre todo, cuando la liga estaba ofreciendo (aún lo hace) las máximas facilidades para colarse en Europa, meta clave para que los números del futuro inmediato cuadren.

Pero ni había un relevo homologable en el organigrama de Lezama ni ganas de los inquilinos de Ibaigane en meterse en líos precisamente en año electoral y con el homenaje de despedida al “líder del proyecto” programado. De momento, en la cabeza de Valverde no hay espacio para ovaciones, abrazos y risas. Tras derrotar al Betis declaraba: “Tengo la sensación de que no era un partido de homenaje sino de competición, no estamos para temas emocionales, estamos para ganar y me temo que va a ser así hasta el final”. Así parece. Una pena festejar la fructífera década de Valverde con un broche tan ingrato.