“Una vez visto todo el mundo es listo”, dice la calle con razón, lo cual no quita para que se intuyese la decisión de Ernesto Valverde. Se veía venir y el poseedor del récord de permanencia en el banquillo de San Mamés no ha querido esperar más para anunciar que se marcha. Eran muchos meses sin sacar de la plantilla lo que extrajo en años anteriores y se plasmó en un título de Copa y dos plazas europeas, la segunda de Champions. Curiosamente, este último éxito por la exigencia que conlleva, reflejada en una trayectoria errática desde septiembre, ha resultado clave por su poder desencadenante.
Valverde ha entendido que, estando muy próximo a cumplir el medio millar de partidos dirigidos al Athletic, le convenía dar un paso al lado. En el breve vídeo grabado para transmitir que dejará Lezama coincidiendo con el cierre de la temporada, aparte de que tiene cara de haber pasado una mala noche, dice claramente que no se trata de un impulso. Asegura que lo había meditado mucho y tenía claro que debía dejar el trabajo más duro que ha desempeñado en calidad de entrenador por su vínculo sentimental con la entidad rojiblanca, según solía decir.
Esto no lo dice pero, en vista de que estaba siendo incapaz de reactivar a su tropa y recuperar un nivel competitivo aceptable, hace ya un buen puñado de semanas que, a modo de único objetivo, se había propuesto alcanzar cuanto antes los puntos que dejasen al Athletic fuera de peligro. Este mensaje, verbalizado por Jon Uriarte en febrero, lo tenía perfectamente asumido Valverde con antelación. Es muy probable incluso que así se lo transmitiese al presidente. Y de paso, que sus caminos se iban a separar.
La rebaja en los objetivos al colocar la meta en cuarenta y tantos puntos era significativa, pues el curso arrancó con la mirada puesta en Europa. Pero el día a día está por encima de anhelos y sueños. La evidencia de una plantilla sumida en una crisis de identidad patente en muchos compromisos y haber comprobado que él, con sus ayudantes, no podía revertir la tendencia, precipitaron el adiós.
Los mecanismos que Valverde activó para elevar las prestaciones del plantel y olvidar un curso mediocre, el de 2022-23, funcionaron a satisfacción en los dos años posteriores para luego perder su eficacia. Desde el pasado verano se ha visto que la autoestima de los futbolistas no alcanzaba para rebelarse ante las adversidades y que la mayoría de los aspectos relativos a la organización del equipo, la gestión de la plantilla, así como los recursos colectivos hasta en tareas defensivas, las más asequibles, no carburaban.
Por cansancio o desgaste, porque el discurrir del tiempo suele acabar pasando su factura en el deporte de élite, algo a lo que no es ajeno ni siquiera un hábitat tan equilibrado como el del Athletic, a Valverde se le fue agotando el turno y no tardó en darse por aludido. Y poco a poco se ha ido resignando. Hay detalles, gestos, iniciativas, mensajes, que mostraban a un técnico sin convicción. No por ausencia de voluntad sino porque ya no podía contrarrestar el peso de la realidad. Ello explica en gran medida la mala imagen del equipo, vulnerable, irreconocible por su déficit de tensión y garra.
Por mucho que se reiterase que el origen de los males estaba en la pobre aportación de las figuras, el verdadero freno a las aspiraciones rojiblancas trasciende a las limitaciones de Nico Williams, su hermano o Sancet, por no añadir más nombres, que los hay, aunque no se les pida expresamente marcar goles. El poder de Valverde, su autoridad, al igual que su dominio de las situaciones y la fidelidad que le profesaban sus hombres y proclamaban sin cesar, habían caducado, no generaban energía y así se complica opositar a la victoria.
Aguardó Valverde a que se resolviese lo de la Copa y consumada la eliminación tocaba escoger fecha para proceder al trámite. Pese a que, como señala, en liga nada hay cerrado y sí diversos escenarios por explorar, se diría que las consecuencias inmediatas de su adiós no constituyen una preocupación para él. A todo esto, resuenan las declaraciones de Mikel González en Montilivi. Aparte de barajar la opción de culminar “un gran año”, así se refirió al futuro de Valverde: “Hablamos con él a diario, la confianza entre ambas partes es muy grande. Estamos tranquilos, en unas semanas hablaremos del futuro”.
Una semana escasa ha sido suficiente para que ya sea imposible que González pueda reproducir aquello de “es la mejor noticia que podemos dar”. Su “líder”, el nombrado guía del proyecto, se abre. Cualquiera pensaría que Valverde ha actuado como ha creído oportuno, pues da la impresión de que le ha importado más bien poco contribuir a la ceremonia de la confusión creada en la mañana de ayer en el seno del Athletic.
A las 10.45 emitía Ibaigane una nota de apoyo a la figura de Uriarte, una especie de ratificación de la veracidad del contenido de un artículo publicado horas antes en un diario bilbaino. El mismo daba cuenta de una serie de amenazas de gente vinculada a un grupo de hinchas que el presidente habría sufrido y denunciado a la Ertzaintza. Los episodios intimidantes habrían sido en diciembre y enero, pero salieron ayer a la luz y en apariencia no porque Uriarte o el Athletic los hayan hecho públicos de una manera explícita. Así las cosas, quién los ha filtrado se antoja una pregunta pertinente. Pero este desagradable asunto, que suscitó gestos de solidaridad, de algunos políticos, por ejemplo, se vio ensombrecido y pasó a un segundo plano cuando a las 12.27 Valverde nos contaba que se iba. La coincidencia tiene tela.