Celebraciones: visión, ejecución, resultados
Una prolífica quincena de celebraciones de distinto tipo, relevancia y reconocimiento a iniciativas que, a lo largo del tiempo, reflejan el valor de unas determinadas visiones y/o sueños aspiracionales que se tradujeron en la articulación de proyectos “corales”, colaborativos y compartidos por muchos multi actores (además de un importante número de incrédulos que no los compartían, o no creyeron en ellos o se manifestaron contrarios, bien al cambio individual o colectivo que suponía, o simplemente se oponían por razones particulares o por no entender su importancia o valor a lograr) que, de una u otra forma, posibilitaron una transformación considerable, en sus áreas de interacción, aportando valor a la sociedad.
La oportunidad de participar de alguna de estas celebraciones en medio de un clima “global y generalizado” de desánimo colectivo, guerras, conflictos, dualismo económico con consecuencias de desafección, declive, escasez o limitación de expectativas, incertidumbre y desafíos conjuntos e internacionales (económicos, tecnológicos, sociales, políticos, personales y familiares), parecería confrontar una valoración (en general) positiva respecto de las “visiones y apuestas estratégicas” que generaron procesos tenidos hoy por positivos, contra una sensación de que “hoy no serían posibles”. Se apuntan múltiples razones que explicarían “una realidad diferente” conformada por la falta de ideas y compromisos de futuro y liderazgo, la carencia de asunción de riesgos para transitar “nuevas oportunidades”, la complejidad en la articulación de múltiples agentes institucionales, empresariales, temáticos, que imposibilitan o dificultan objetivos compartidos, afrontan ataduras de una “excesiva normativa y burocracia paralizante”, la inhibición ante escasos incentivos para asumir autoridad, responsabilidad y dirección en el seno de las organizaciones, la falta de recursos disponibles y asignables para un proyecto específico, o la inmensidad de opciones ante las que priorizar no resulta sencilla. Todo este marco, envuelto en una proliferación de “mecanismos perversos” que la bondad y buen sentido de los propios grupos sociales, políticos y de servicio, han venido generando con la noble y obligada búsqueda de una participación incluyente de todo tipo de voces, en un difícil equilibrio entre derechos y obligaciones, entre legítimos intereses de unos y aquellos generales o colectivos, locales o globales.
Así, cuando hace tan solo un par de días, se celebraban los 515 años de la fundación del Consulado de Bilbao, referente pionero de la ordenación coordinada de todos los agentes intervinientes en las actividades de índole comercial, portuaria, marítima, navegación, de servicios e “interinstitucional” de la época (por simplificar), resaltando lo impulsado y logrado en el marco de esta ciudad y su hinterland con sus más de 700 años de historia, activando relaciones especiales a lo largo de las rutas, espacios y ciudades, puertos, agentes económicos y sociales de Europa y América, principalmente, no podíamos sino destacar el valor de quienes tomaron las decisiones, sueño, compromiso y ejecución de las apuestas y base de una extraordinaria historia de éxito económico, base del desarrollo (social, económico y cultural) no solo de Bilbao, de Euskadi, de un espacio europeo y de múltiples espacios asociables en la América de entonces, desde Canadá hasta la Patagonia. Celebración singular que nos implica a todas las sucesivas generaciones que han sabido asumir su papel, fase a fase, a lo largo de esta visión en curso. Sin duda, en asociación con estos 515 años, coinciden 140 de la creación, también, de la Cámara de Comercio de Bilbao, uno de los dignos sucesores actualizados de aquellos pioneros. Otros tiempos, otros actores, otras realidades, nuevo objetivos compartibles y nuevas demandas, desafíos y prioridades.
En un espacio distinto, pero, como siempre, interrelacionado (en el mundo del arte, los museos), estamos de celebración. En unos días, Bilbao “reinaugura” su renovado Museo Vasco, esencialmente etnográfico, pieza esencial en el panorama artístico, cultural museístico de nuestro país, su identidad, historia y vanguardia. Pioneros de antaño, instituciones, patronos, artistas, historiadores, académicos, gestores museísticos, a lo largo del tiempo, lo han hecho posible. Vanguardia, de igual forma, la observable en otra celebración que nos toca de manera relevante. Hace 100 años, Solomon R. Guggenheim, de la mano de la artista y coleccionista de arte, Hilla Rebay, inició la colección de obra “moderna, contemporánea” desde su primer museo “de arte no objetivo”, rompedor de tendencias y prácticas de la época, hoy icono referente no ya de Nueva York y su mundo museístico, sino de su Constelación Internacional (Bilbao, Venecia, Abu Dhabi) complementaria de cientos de alianzas e interacciones con variadas instituciones culturales y artísticas a lo largo de los cinco continentes. Celebraciones que extendemos en unas semanas, al Museo de Bellas Artes de Bilbao (fundado en 1.908 por la Diputación Foral de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao, su posterior fusión y conversión en Fundación, año 2.000 con la entrada del Gobierno Vasco) en su nueva ampliación de la mano de Norman Foster y Luis María Uriarte, habiendo compartido el periodo constructivo con una compleja gestión de “Museo Abierto” conviviendo reforma, ampliación y “programación itinerante”, cultivaron a su público, patronos e instituciones implicadas. Y, con menor recorrido temporal, Guggenheim Bilbao Museoa que prepara sus primeros 30 años de vida para el año siguiente.
Estas “celebraciones” referidas a estos tres museos, me llaman a hacer referencia a una reciente publicación en relación a los megaproyectos y su éxito o fracaso (“How Big Things get done”-“Cómo se logran las grandes iniciativas” de Bent Flyvbjerg & Dan Gardner”) concluyendo con un informe de PwC, “menos del 1% de los proyectos se completan a tiempo, según la programación, por debajo o dentro de lo presupuestado y ofrecen los beneficios esperados”, si bien, está basado en un análisis de 16.000 proyectos en 20 campos diferentes y 136 países, proyectos, por lo general asociados tanto a infraestructuras, como a las tecnologías de la información, a lo largo del mundo, nos sirven para analizar todo tipo de “proyectos o iniciativas”, identificando aquello cuya ausencia o incorrecta-incompleta consideración, provocará el no éxito de lo previsto.
¿Por qué tienen éxito los proyectos e iniciativas que reimaginan un nuevo futuro?
Simplifican la respuesta, destacando, como no podía ser de otra forma, la definición clara del para qué y el por qué, ¿cuál es su verdadero propósito? Es desde esta propuesta coherente de valor desde las que han de derivarse la rigurosa planificación, la asignación de responsables reales y con suficiente poder de decisión, con diseño y aplicación de los mecanismos de control necesarios, en un claro programa por fases, reinventando mecanismos y marcos de financiación y su compromiso real de disponibilidad de recursos, invirtiendo en generar y tejer alianzas con aquellos compañeros de viaje clave, prioridades y seriedad en la estimación y comunicación de la estrategia, los beneficios esperables y la adecuada “corrección” de la realidad que el tiempo determine, a lo largo de su ejecución.
LA VARIABLE DEL TIEMPO
Visión, propósito, determinación, liderazgo y gestión compartidos resultan imprescindibles y, por supuesto, la variable tiempo.
Así, celebrar con el paso de los años, es fruto de un complejo puzle de decisiones coherentes que entrelazan múltiples actores y circunstancias, cuidando el propósito y beneficios (valor) esperables, detrás de un verdadero compromiso aspiracional. Procesos completos que habrán de contemplar su tensión comprometida, adaptada a “nuevas circunstancias” del momento, convencidos de su propósito y valor general. En ocasiones décadas o incluso siglos, tras un propósito y apuesta, visión y estrategia sólida, requieren su avance diferencial a lo largo de tiempo y circunstancias variables (ejemplos como el Big Dig de Boston con 15 años de retraso, o el “puente de Øresund” entre Copenhagen (Dinamarca) y Malmö (Suecia) solamente requirió 200 años, superando guerras y convirtiendo la idea original de construcción de un puente físico por un espacio binacional compartido para el co-desarrollo social y económico).
De esta manera, podemos enorgullecernos de una historia, cultura y trayectorias compartidas, debidamente articuladas, navegando aguas turbulentas, siempre cambiantes, apostando por las verdaderas “olas de futuro” que terminan llevándonos a un buen puerto.
