La habitual referencia a las economías verde y azul como caminos estratégicos, atendiendo al doble considerando riesgo u oportunidad, está presente en la práctica totalidad de informes y documentos tanto de horizontes estratégicos, megatendencias de futuro, replanteamientos de espacios de competitividad y bienestar, como en proyectos de políticas público-privados de la inmensa mayoría de países, naciones y regiones a lo largo del mundo. Las llamadas economías verde (ecología, energía renovable, descarbonización, compromiso ante el cambio climático, agro, desarrollo rural…) y la economía azul (océanos, biodiversidad, biología marina, puertos, industria pesquera, industria marítima, alimentación, navegación, ocio…) han terminado señalando al petróleo(o energía base en general) y al agua, como elementos esenciales en la compleja responsabilidad y compromisos salvadores de una economía para el desarrollo y causa o consecuencia de una solución solidaria , tanto del futuro individual, colectiva como del compromiso de “salvar el planeta”, a la vez, y desde un apresurado e inaplazable intervencionismo inmediato, acelerador de todo tipo de políticas transformadoras en un difícil balance temporal.
Así, petróleo-gas y agua, por tanto, se convierten en dos activos determinantes de un potencial desarrollo cuando están debidamente articulados en una completa estrategia para el desarrollo y bienestar, inclusivo, regional y sostenible. De igual modo, un desequilibrado reparto, descontrol o impedimento de su libre acceso, los convierten en amenazas evidentes para la prosperidad.
Desgraciadamente, en esta ocasión, la llamada guerra del Oriente Medio y su área de influencia, en la que estamos inmersos, convierte al estrecho de Ormuz en un punto crítico y referente generalizado a nivel mundial, condicionando nuestras vidas. Toda guerra es rechazable y, en esta, pareceríamos todos concernidos (no solamente por la forma en que se provocó y propició por decisiones unilaterales y causas-objetivo desconocidos o insuficientemente explicitados, dando lugar a las irreparables muertes y asesinatos generalizados, la magnitud de lo destruido, la enorme incierta finalización esperable, los desplazamientos humanos provocados, la interrupción de los planes de vida de un enorme número de personas, familias y pueblos, el elevadísimo coste generacional provocado y el más que observado deficiente funcionamiento de sus vigilantes internacionales que parecerían, además, no sorprender a nadie por su ineficacia y manifiesta debilidad y o limitada capacidad para intervenir de una manera decidida, aportando las decisiones y soluciones que creíamos conformaban un Inigualable manual pletórico de respuestas entre las miles de horas de debate, reflexión, inteligencia y diplomacia económica y política que despliegan (sin duda “creíamos confiar en unos organismos y liderazgos internacionales que sospechábamos inoperantes y eran peores de lo que suponíamos”). Esta nueva situación sobre la que nuestros principales representantes nos advierten e invitan a asumir un mundo diferente a aquel en el que hemos creído vivir, aflora un doble mensaje, causa-efecto, de sus resultados: el petróleo como conductor de las vías de actuación (de un u otro bando ), y o la muerte ( las más de las veces de personas inocentes ajenas a las razones de quienes intervienen) y, el agua , excesivamente olvidada, base y sentido, elemento insustituible, principio o fin, de la economía azul ya mencionada.
Hoy, un interesante artículo de GZERO, nos lleva a observar un mapa del tan crítico y estratégico estrecho de Ormuz y, pone el acento no ya en él tan conocido y comentado petróleo, sino en el agua (y sobre todo potable ) convirtiendo ambos activos en lo que llama con el calificativo de “armas de guerra” cuya posesión, utilización u objetivo esencial es objeto de disputa bélica, cuando no motivo objetivo y causal de la confrontación violenta y destructora y que, se convierten en señal de alarma de la destrucción y dolor, al parecer, más por sus consecuencias “en los bolsillos de los ciudadanos”, como si renunciáramos a su causa mortal.
Ya diferentes estudios de Riesgos Globales calificaban el agua como una bomba de gran profundidad, asemejando sus riesgos a los del destaca su consideración de riesgo estratégico ante cualquier análisis y consideración de carácter geopolítico y geoeconómico. La escasez de agua potable en determinados territorios no solamente se refiere a geografías desérticas) de máxima relevancia y concentración en la región del Golfo, hoy en guerra “petrolífera” para algunos, o del previsible cambio climático de alta intensidad en el largo plazo, todo tipo de catástrofes naturales, inundaciones danas, desaparición de playas y contornos de litorales, etc. o la muerte accidental o laboral, de la gente en la mar y en todas sus vertientes, consecuencias sociales y económicas, de enorme dolor e impacto en la comunidad. Así, a las destrucciones de infraestructura del gas-petróleo y su capacidad logística y de transporte, se une de manera destacada, la destrucción de la infraestructura desalinizadora. .
De esta forma, repasando el último” Global Risk Report 2026” (WEF), extraemos una serie de puntos que merecen alguna reflexión ( y múltiples decisiones). En primer lugar, el propio encuadre posicional en su índice nos ofrece dos visiones muy diferentes para el tratamiento de estos dos activos esenciales para transitar hacia el futuro: 1) la era competitiva y 2)una oscura perspectiva , que se ven tratados tanto como grandes oportunidades como inciertas y conflictivos desafíos ,agravados por el marco identificado de un multilateralismo en retirada y nuevas reglas del juegos por reinventar, además de un nuevo mapa de relaciones y coaliciones colaborativas(necesarias aún en fase inicial), resilientes, competitivas a la búsqueda de renovadas gobernanzas, desconocidos compromisos y liderazgos, para el conveniente desarrollo selectivo tras propósitos compartidos por repensar y redefinir. En este marco cobran especial interés, desgraciadamente, defensa y seguridad reforzados y redefinidos, el uso de tecnologías e inteligencia artificial ausentes hoy de la ética, legalidad y gestión o control democráticos, aún en dudosa vía de concreción.
Así es tiempo de apostar por la verdadera puesta en valor de las llamadas economías verde y azul como dos grandes espacios de oportunidad cuya adecuada articulación en ecosistemas combinable y altamente integrables (su amplia clusterización y no sectorialización aislada, valor compartido empresa-gobierno-sociedades, sólida y eficiente multiplicidad de cadenas globales de valor…) conformen verdaderos espacios de futuro. Si apostar por ellas como vectores transformadores contemplan tiempos, esfuerzos e inversiones en transiciones ordenadas acordadas, reguladas y creíbles de modo que no dejemos a nadie atrás y por el contrario facilitaremos su acceso a nuevos jugadores convertiríamos estos poderosos activos en señas positivas impulsoras del desarrollo y bienestar requeridos.
Transformar agua y petróleo en fuentes base de verdaderas revoluciones hacia la economía azul y verde está a nuestro alcance ,como reales y eficaces generadores de focos de innovación , optimización del uso de tecnologías disruptivas, superadores de la escasez y el camino hacia la abundancia (de la escuela de Diamandis-Singularity University) transformadora y generadora de riqueza, empleo, productividad y responsabilidad, y la solidaridad (compromiso real, balance derechos y obligaciones, aportación de valor y no solo recibir) decidiendo y participando en su redistribución equitativa.
En definitiva, se trata de construir valor y minimizar o eliminar amenazas y armas destructivas. Hagamos del conocimiento inteligente y de la identificación de los riesgos y desafíos, verdaderos espacios de oportunidad al servicio de la competitividad y el bienestar , convirtiéndolos en activos estratégicos con sentido y propósito a nuestras vidas.
Un largo camino a recorrer: parar la guerra, proteger a desplazados y víctimas, reinventar (más que reconstruir lo destrozado (al menos sus infraestructuras, recomponer coaliciones y compromisos, rediseñar estrategias, optimizar espacios de oportunidad, con un horizonte compartible, democrático, de bienestar.