El agua es la única autopista en la que parece que no existen normas de tráfico. Cada verano, las cifras de ahogamientos en España nos golpean con la misma crudeza: 150 vidas perdidas en lo que va de temporada. Ante esta tragedia continua, nuestra respuesta como sociedad sigue siendo sorprendentemente pasiva. Como bien señala Eduardo Blasco, jurista y buzo de rescate, “no es posible defender la vida en cada punto de la península, necesitamos que la gente deje de ponerse en peligro”.

Su propuesta de instaurar una educación acuática de manera obligatoria y curricular no es un capricho, es una necesidad de primer orden. Pensemos por un momento en cómo gestionamos la seguridad vial. La Dirección General de Tráfico (DGT), la policía y las campañas institucionales nos alertan durante todo el año sobre los peligros del asfalto. En la carretera se educa, se legisla, se vigila de cerca y se sanciona a quienes incumplen las normas. La conducción impone respeto porque hemos construido una sólida cultura de la prevención a su alrededor. Sin embargo, al llegar a la playa, al pantano, piscina o al río, esa conciencia ciudadana se diluye por completo. En el agua, una falsa sensación de libertad nos hace creer que todo es válido. Ignoramos banderas, subestimamos la fuerza de las corrientes y sobrestimamos nuestras propias capacidades. Falta mucha información, sí, pero lo que realmente nos está matando es la falta de educación de base. El mar no es un simple parque de atracciones; hay que dejar de nadar a ciegas.