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Erredakziotik

Olga Sáez

Jefa de contenidos de Lurraldea

El motor de los becarios

Cada año, con el cambio de ciclo, llegan al periódico los nuevos becarios. Los veteranos y veteranas, atrincherados en nuestra experiencia, a menudo pecamos de cierta soberbia; creemos de forma ingenua que ya lo hemos visto todo, que a estas alturas de la vida laboral absolutamente nada nos va a sorprender. Pero nos equivocamos. Llegan pisando fuerte. Vienen con unas ganas feroces de comerse el mundo, absorbiendo cada detalle y cada consejo como los bebés que, en el fondo, son en este nuevo entorno: auténticas esponjas dispuestas a empaparse de todo. Y en ese proceso de adaptación, casi sin querer, consiguen sacar la mejor versión de nosotros mismos. Nos obligan a desempolvar la paciencia, a frenar la inercia del día a día y a recordar la ilusión con la que nosotros también empezamos a trabajar. Nuestra misión oficial sobre el papel es formarlos, pero la realidad es que de todos aprendemos. Y no me refiero solo a que vengan tecnológicamente muy formados, dominando con naturalidad herramientas que a nosotros nos cuestan horrores. Su lección es mucho más profunda. Aprendemos de ellos porque compartimos momentos vitales inolvidables y porque nos muestran nuevas formas de relacionarse, mucho más ágiles, horizontales y menos encorsetadas. Nos inyectan una frescura necesaria que revitaliza por completo el ambiente. Cuando recogen su mesa al finalizar las prácticas y se despiden, siempre me detengo a reflexionar. Solemos adoptar el papel de guías y protectores, pero, mirándolo con perspectiva, a veces pienso que ellos son los que realmente nos enseñan.