Hay días en el calendario que no necesitan explicación. En Igorre, el día de los quintos se ha convertido en uno de ellos. Basta con que llegue para que, casi sin darnos cuenta, volvamos a ser quienes fuimos. Es un día de fiesta, pero también de reencuentro. Ese día vuelven las caras conocidas, aquellas con las que compartimos aulas, noches largas y primeras veces. Nos reconocemos en las arrugas nuevas y en las risas de siempre. Este año la música volvió a hacer de hilo invisible entre generaciones. El grupo Gauargi puso banda sonora a una noche en la que sonaron canciones de hoy, de ayer y de antes de ayer. Y, entre todas ellas, hubo una que, como un resorte, nos llevó a otro tiempo: Behin batean Loiolan. Bastaba con que empezaran los primeros acordes para que algo se activara. Era, entonces, el momento de buscar al chico que te gustaba, de cruzar miradas y de esperar –con más nervios que certeza– que se acercara a pedirte un baile. La mayoría de las veces la historia terminaba bailando con una amiga. Lo importante era ese instante suspendido, esa mezcla de ilusión y vértigo. Hoy, visto con distancia, todo aquello parece casi ingenuo. “Si fuera ahora, ya no esperaría”, pensaba mientras sonaba la canción. La experiencia nos ha enseñado a no dejar pasar ciertas oportunidades. Y, sin embargo, en medio de todo ese cambio, hay algo que permanece. El día de quintos sigue siendo ese lugar donde, por unas horas, todo encaja. Donde más allá de lo que hemos cambiado, seguimos compartiendo un origen común.
- Multimedia
- Servicios
- Participación