El apagón digital de 2025 dejó una imagen difícil de olvidar: hospitales funcionando a medio gas, agendas suspendidas y profesionales reorganizando la atención para garantizar lo urgente. Aun así, la respuesta fue eficaz dentro de la excepcionalidad. Pero aquel episodio abrió una pregunta de fondo que sigue vigente.

La caída del sistema informático de Osakidetza ayer ha vuelto a poner sobre la mesa la dependencia digital de esta sociedad. Más allá de la imposibilidad de gestionar citas, lo realmente significativo fue que muchos facultativos no pudieron acceder a los historiales clínicos, ni las farmacias pudieron acceder a sus bases para dispensar los medicamentos.

De repente, en un sistema altamente digitalizado, la información esencial dejó de estar disponible.

La cuestión no es tanto el fallo puntual —inevitable en cualquier sistema complejo— como la dependencia que hemos construido en torno a estos avances. La digitalización ha traído rapidez, coordinación y eficiencia, pero también ha reducido los márgenes de maniobra cuando algo falla.

Quizá el debate no deba centrarse en avanzar o no, sino en cómo hacerlo. En qué medida los sistemas están preparados para sostenerse en situaciones adversas y qué alternativas existen cuando la tecnología deja de estar disponible.

Porque el progreso no solo se mide por lo que permite hacer, sino también por cómo responde cuando deja de funcionar. Y eso no los soluciona tampoco la inteligencia artificial.