El 8 de marzo invita cada año a revisar cuánto hemos avanzado y cuánto queda por recorrer. Durante mucho tiempo, cuando una mujer alcanzaba puestos de responsabilidad tradicionalmente ocupados por hombres, parecía existir una condición implícita: adaptarse a un modelo masculino de liderazgo. No solo en la forma de vestir –el pantalón como símbolo práctico de integración– sino también en la actitud. La autoridad se confundía con dureza, la empatía con debilidad y la cercanía con falta de carácter.
En realidad, aquello no siempre era igualdad. Más bien parecía una adaptación obligada a unas reglas del juego diseñadas por y para otros. Muchas mujeres que llegaban a lo más alto lo hacían mimetizándose con ese estilo dominante, como si el precio del éxito fuera dejar parte de su identidad en la puerta. Hoy, sin embargo, algo está cambiando. Cada vez vemos a más mujeres que ejercen liderazgo sin renunciar a su forma de ser: a la empatía, a la conciliación o a una manera distinta de entender el poder. Gobernar, dirigir o decidir ya no exige necesariamente parecerse a quienes ocuparon antes esos espacios.
Una mujer me dijo una vez algo tan incómodo como revelador: a veces las más duras con quienes lo consiguen somos las propias mujeres, quizá porque ver triunfar a alguien que no ha tenido que renunciar a su identidad nos obliga a cuestionar sacrificios que otras sí hicieron. Prefiero pensar que también eso está empezando a cambiar.