Dice mi filósofo de guardia que lo urgente no deja tiempo para lo importante. Y en los últimos días vemos ejemplos palmarios de la veracidad del axioma. La ínclita Guardiola, aspirante del PP a volver a gobernar en Extremadura, nos da lecciones de resiliencia al cambiar sus líneas rojas en la negociación con Vox. Dice ahora Guardiola que el feminismo que ella defiende es el mismo que el de la formación de Abascal. Entendemos entonces que es un feminismo machista. O antifeminismo. O no se sabe muy bien qué. Es lo que tiene la urgencia de llegar al poder sin considerar la importancia de que hay que ejercerlo desde posiciones éticas diáfanas. Además de la bronca de la dirección de los populares por su indiscreción, Guardiola no ha pasado el examen de la hemeroteca y donde dijo digo dice Diego. Una de las peores características de un personaje político es que no mantenga el guion. El otro caso que mezcla lo urgente con lo importante es el de Gabriel Rufián. El político de ERC ve cómo se le mueve el asiento en su partido y se lanza en una operación de marketing de manual a ‘regenerar’ a la izquierda de la izquierda. No le niego a Rufián cintura política, potencia a la hora de comunicar… y un manejo sobresaliente de las redes sociales. Su problema es que solo con este bagaje no basta. Históricamente, las izquierdas son pasto de intereses personales, liderazgos efímeros y egos desmedidos. Dicho esto, el nombre de Rufián engrosará la lista de aquellos que intentaron el último milagro de la política de ese país llamado España.
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