No pasa nada
Déjales que digan. Nosotros, a lo nuestro”. Así reza el estribillo que se escucha cada mañana en la sala de ordeno y mando de La Moncloa. No hay borrasca política ni judicial que abata a Pedro Sánchez. Acaso le puede alterar para pararse un momento y arrancar con más brío. Bien lo sabe el PP y muchos medios y tertulianos, incapaces al unísono durante tensos meses de cobrarse tan deseada pieza. Le pueden enfurecer, incluso hasta herir cuando asaetean a sus familiares directos, pero siempre escapa ileso por alguna rendija. Efecto distracción. Un día coge la bandera blanca contra Israel en Gaza, otro desafía al excéntrico Trump, y desde ahora y hasta las próximas elecciones solo tiene ideas perversas para exprimir sin piedad la amenaza que encierra la prioridad nacional. No le doblegan ni las culpas todavía silenciadas del apagón y de la tragedia ferroviaria ni el sangrante rosario acusatorio en el Supremo ni las derrotas en el Congreso. Oídos sordos. Un junco.
Sólo un país curtido por la corrupción putrefacta de sus dos partidos mayoritarios encaja inalterable las interminables tropelías del clan de Koldo y de la impune complicidad entre el poder en ejercicio y la perversidad policial en el caso Kitchen. El serial de la absoluta desvergüenza continúa enfrascado en acusaciones lacerantes. Algunas confesiones vertidas en sede judicial resultan estremecedoras cuando no inquietantes por punitivos. El torrente de imputaciones sin pruebas del vampiro Aldama –que el presidente de la sala curiosamente admitió sin trabas con cuestionable ligereza– rezuman una gravedad desmedida. Al otro lado, en la Audiencia Nacional, la angustia sufrida durante 13 interminables años por un valiente inspector de policía ante las extorsiones de sus mafiosos jefes exige una oxigenación democrática de algunas estructuras del Estado. Pero no pasa nada.
Caua sonrojo asistir a semejantes despropósitos cometidos por personas fundamentalmente deshonestas. Sin embargo, nadie se rasga las vestiduras. Como si el hastío se hubiera apoderado de la exigencia responsable. O, tal vez, porque el ciudadano ya ha descontado semejante maldad en su valoración de la clase política. Resignación en estado puro.
Algunos pasajes de las declaraciones del patético Koldo provocan una conjunción variopinta de lástima por ese retrato de muñeco roto y de indignación por sus malvadas artimañas. Un simple vigilante de discotecas, con apuros para sacar adelante los estudios básicos, aunque armado de una agenda envidiable para el lobby exitoso, fue tomando múltiples decisiones durante años que le correspondían a su amigo, el ministro de un Estado europeo, secretario de Organización del partido gobernante y portavoz denunciante de la corrupción atribuida al presidente de un partido rival. A su alrededor todos conocían semejante desatino. Nadie abrió la boca ni levantó la mano. Cuando Sánchez terció en medio del contubernio no lo hizo molesto e indignado por tamaño esperpento. Únicamente le preocupaba entonces que la mafia dominante en Transportes había dejado fuera del negocio petrolero en Venezuela al clan de su entrañable Zapatero.
El riesgo de la soledad
La verdad camina demasiado en soledad. Resulta más fácil apelar a la amnesia cuando te sientes acorralado. Nada mejor que las comparecencias para determinar si el triunvirato de aquellos años entre el PP de M. Rajoy y Cospedal, el Interior de Fernández Díaz y la sanguijuela llamada Villarejo idearon un complot para neutralizar las imputaciones que albergan las anotaciones del arrogante Bárcenas. Tan solo el policía Moracho osa a desbaratar con el puntilloso recuerdo de sus permanentes sufrimientos tantos vacíos mentales. La excepción que confirma la regla, sin alterar el rumbo de un juicio mucho menos mediático, aunque cargado de una hiriente irresponsabilidad de los poderes públicos.
Más preocupante es la orfandad del PP. Le arrastra cada día más al abrazo obligado con Vox cuando piensa en el futuro. Lo disimulará puntualmente con el efecto balsámico de su holgado triunfo en las próximas elecciones en Andalucía, donde esa alma más centrista de Moreno Bonilla mostrará el camino para poner en su sitio a la derecha extremista. Además, disfrutará de la enésima derrota autonomista del PSOE y de una poco probable recuperación de la apurada unidad de la izquierda progresista. Será un simple paréntesis. Tras el verano empezará a hacer las cuentas. Entonces comprobará que solo le quedará el respaldo de Abascal para hacer realidad su propósito. El alto precio por haber sembrado tempestades su entorno.
