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Enredos

Nubarrones. Principio de angustia. La palabra crisis se ha colado. Un halo de incertidumbre se ha apoderado en dos días de la conversación rutinaria. Ocurre en la política, en las finanzas, en la tarifa de la luz y en las gasolineras. Una guerra sin guion ni calendario atemoriza la economía mundial hasta límites inimaginables que estrangulan medidas reactivas solventes, prisioneras de la confusión reinante. El tiempo de las grandes decisiones, sí, pero emponzoñado por los sempiternos enredos políticos.

En medio del barril a 100 dólares y el diésel por encima de los dos euros, Sánchez entretuvo a la concurrencia disertando sobre el (h)odio en las redes sociales. Después de más de dos semanas de bombas, asesinatos y drones por doquier, todavía hay que esperar diez días para debatir en el Congreso sobre el caos generado y la zozobra instalada. Con todos los indicadores destellando en rojo, Gobierno y oposición solo tienen tiempo para increparse. En el caso de la coalición de izquierda, aún peor: ni siquiera se ponen de acuerdo, desde ópticas bien diferenciadas, sobre las recetas a aplicar. Además, ninguna de las dos almas tiene ahora mayoría para sacar pecho.

Tampoco tan adversa coyuntura le hará un roto al presidente. Su gallarda oposición a Trump reconforta ideológicamente a la izquierda. La absurda y sangrienta agresión belicista actualiza en millones de conciencias aquella rebelión popular contra la guerra de Irak muy por encima de pasquines y movilizaciones. Ahí quedó prendida una mecha. Sánchez nunca se ha olvidado. Zapatero, tampoco, y así le sirve para desviar con distendido desparpajo la sólida suspicacia sobre la procedencia tan poco ética de sus cuantiosos ingresos. Un buen resultado mañana en Castilla y León no solo armaría la moral de la tropa, sino que apuntalaría como acertada esta estrategia monclovita de largo alcance y que posa por su trascendencia sobre la mesa de decenas de cancillerías. Mucho más después de asistir al desalentador tropiezo para la identidad y solvencia democrática de Europa cometido por una desacertada y sumisa Von der Leyen.

Durante la sangrienta invasión de Irán o en el repudio a Israel no se detecta aquel rechazo clamoroso de hace más de 22 años al pernicioso trío de las Azores. Existe una aversión evidente al indiscriminado y absurdo uso de la fuerza militar, pero a partir de ahí empiezan a disgregarse las razones. Empieza a extenderse una maraña de distintas interpretaciones, favorecidas por la discrepancia política y el desasosiego económico. El actual escenario bélico empieza a causar un cierto pavor en el ciudadano, mucho más preocupado que en el conflicto de Irak por el alcance real que en su vida diaria tendrá, y sin límite conocido de tiempo, semejante incongruencia.Es ahí donde entroncan discursos como los de Vox, incapaces siquiera de denunciar moralmente los efectos del alocado trumpismo pero ávidos para atribuir torticeramente sus nefastas repercusiones económicas. No están muy lejos verborreas de personajes tan diabólicamente nefastos como Aznar y Mayor Oreja, capaces de seguir atrincherándose en sus patrañas para seguir abanderando posiciones, o más bien ensoñaciones, pero que tanto daño hacen a la convivencia.

ESAS MALDITAS REDES

 Quizá Sánchez pensó en el aznarismo-ayusismo como fuente del odio para combatirlo con su plan profiláctico en las redes. Tal vez pudo fijarse en su bastión ministerial, Óscar Puente. En cualquier caso, otro golpe de efecto para seguir ensanchando las fronteras entre los buenos –los suyos– y los malos, esa derecha de pantallas negras. Es inasequible en su constante propósito de alentar la división en dos bandos irreconciliables, aunque igual sin percatarse del efecto boomerang que encierra, porque posiblemente abone el germen de esa progresiva contestación a sus políticas y de un descrédito a su figura. Podría tomar como referencia la incidencia que han tenido algunas iniciativas ministeriales en el paulatino desafecto hacia la causa feminista.

Sánchez sigue enredando con el desgaste del rival. Su legión de asesores en La Moncloa avala esta estrategia disuasoria en tiempos enrevesados. Solo así pueden explicarse campañas tan hilarantes como esta del (h)odio y el amor. Nace desde el convencimiento nada empírico de que se harán un hueco en el granero electoral de quienes manejan las redes como vertederos de opinión. De momento, se ven oscurecidas por el impacto de los bombardeos y del estrecho de Ormuz. En puridad, semejante escenografía se reduce a proporcionar kilos de alpiste para alimentar las tertulias y, por tanto, el enredo.