Otra genialidad marketiniana inimitable de PS. Lanza el cebo del 23-F. Pican con denuedo juancarlistas y furibundos antiemérito en una batalla propia de cuñadismo. Hasta el jefe de la oposición se siente tan atraído por la supuesta liberación de culpa del monarca, que acaba resbalando. Todas las pantallas y voceros enfrascados en una polémica estéril, una desclasificación aguada, un auténtico manual de distracción. Lo importante, orillado. Objetivo cumplido. El Gobierno, bloqueado y derrotado en el Parlamento; el escudo social, una entelequia; la izquierda progresista, sin un referente tras el fiasco de Yolanda Díaz; Zapatero, más cercado que nunca en sus negocios familiares; PP y Vox, enfrascados en un duelo con más testosterona que gotas de responsabilidad.
Sánchez campa a sus anchas. En su fuero interno, considera que es una prerrogativa presidencial. Por eso de un día para otro desclasifica una parte de la trama del golpe de Estado del “desgraciao” Tejero –su viuda dixit– sin encomendarse a nadie. Otro desaire para sus socios de investidura, testigos mudos cada vez que La Moncloa pergeña un golpe de efecto. A ellos, a quienes les miente sin recato al decirles que es imposible conocer carpetas y grabaciones sobre las actuaciones policiales en el 3 de Marzo, en el asesinato de Gladys, en el bar Aldana o en la mortal bañera con Mikel Zabalza.
Este ejercicio de higiene democrática bien lo podía haber hecho en los primeros meses de su mandato, como aquel golpe de efecto de ZP con la retirada de las tropas de Irak nada más llegar al poder. Sin embargo, hace ocho años, el Gobierno socialista tenía menos apreturas que hoy. Ahora necesita válvulas de escape ante el implacable agobio que le atosiga. Pero nadie como él para encontrarlas. Incluso, algunas se las ponen en bandeja. Por ahí gotean los ríos de tinta sobre la vuelta de Juan Carlos I.
Por precipitarse, Alberto Núñez Feijóo ha recibido un sonoro sopapo. Nada menos que de La Zarzuela. En línea con la opinión más consecuente, el hijo le recuerda al padre que vuelva cuando quiera, pero que antes de hacerlo cumpla con las obligaciones propias de todo contribuyente. Al líder del PP se le olvidó referirse a la segunda parte. Sánchez se carcajea al fondo de la sala. Unas horas después de encajar otra sonora derrota por su empecinamiento en un asunto de hondo calado ciudadano, la atención informativa mira hacia otro lado. Un prestidigitador.
Tampoco salen mejor parados quienes durante décadas se han labrado un hueco mediático abanderando sin más pruebas que la frívola imaginación la plena responsabilidad del rey en la asonada militar de 1981. No se espera que lo admitan a pesar de las pruebas exhibidas. Les queda el fácil recurso de alegar en su defensa que se ha asistido impunemente a la destrucción de centenares de documentos. No saben lo que ahí se decía, pero su imaginación les permite adivinarlo. Que la realidad no te quite la razón.
La izquierda, al diván
También resuena el soberbio bofetón político a Yolanda Díaz. Un ídolo caído, pero no cualquiera. Representa profunda decepción, solo pronosticada en su momento desde Galicia. Quedan ridiculizados, por tanto, aquellos gurús que un día aseguraron convencidos de que estábamos ante la futura presidenta del país. El papel lo aguanta todo. La renuncia como líderesa de Sumar y de faro del enésimo proyecto de reunificación de la izquierda vanguardista supone un fracaso estrepitoso. Elogiada con razón como una buena ministra de Trabajo, y a quien el descuido imborrable de un diputado del PP libró posiblemente de una dimisión, ha desperdiciado la autoritas que siempre proporciona disponer de una vicepresidencia. Su dirección solo sabe de derrotas electorales, posiblemente por la manifiesta incapacidad para hilvanar la imprescindible territorialidad de un proyecto político. Quizá responda al pecado de ese glamour que se inocula con tanta facilidad en este tipo de formaciones.
Hacia el futuro, ni siquiera la salida de Díaz amaina el reiterado desafecto de Podemos hacia la ansiada unidad. La reacción de las voces autorizadas de Pablo Iglesias ha sido a modo de pescozón. Así hasta la derrota final.
Ahora bien, para manotazo, el de la inflexible juez instructora de la dana a Mazón. Tan esperado como contundente. Más allá de la futura resolución judicial que le aguarda, el mendaz político valenciano ya queda condenado socialmente por su irresponsabilidad manifiesta y sus patrañas. Le aguarda, por demérito propio, un espinoso viacrucis que, posiblemente, le angustiará mientras viva.