AL escuchar ayer la entrevista en Onda Vasca a la consejera de Gobernanza pública y Autogobierno, me vino a la cabeza una expresión que solía utilizar el recordado Michael Robinson. A Olatz Garamendi se le notaba “más quemada que la moto de un hippy” ante el rosario interminable de incumplimientos del gobierno de Pedro Sánchez. O, para abreviar, de Pedro Sánchez, que es el que marca el ritmo mientras sus domésticos obedecen sumisamente para no tener que echar el currículum. Ella hablaba de decepción, pero en el tono y en el contenido quedaba claro un hartazgo entreverado de la impotencia de quien acumula mil golpes contra la misma pared.

Como caso especialmente sangrante (de entre los recientes, claro), la sailburu citaba el traspaso de la gestión de líneas de ferrocarriles de cercanías. Hace meses que se vende que está hecho, y este es el minuto en que estamos prácticamente en la casilla de salida. Menos mal que el PNV es aliado prioritario del PSOE en Madrid. Y menos mal –a ver si lo escribo sin reírme– que el PSE es socio de los jeltzales en las principales instituciones vascas. Que no digo yo que el pacto no funcione razonablemente bien, sobre todo, por aquello de que a la fuerza ahorcan. Pero escuchando al dúo dinámico que conforman el secretario general de los socialistas vascos y el delegado de Moncloa en la demarcación autonómica porfiar que solo quedan chorradillas por transferir, es difícil no pensar que hay ciertos amigos que hacen que sobren los enemigos. Poco que sorprenda. Hace mucho que sabemos que Sánchez puede prometer lo que sea porque no le cuesta nada incumplirlo.