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El sacacorchos

Jon Mujika

Un punto de encuentro

En Bizkaia la lluvia no cae: conversa. Se posa en los hombros de los jubilados que caminan despacio por las calles de Bilbao, entra en los soportales de Gernika-Lumo y se detiene a escuchar las historias que aún laten en los bancos de Portugalete. Aquí la vejez no es un naufragio sino un faro, y sin embargo hemos pasado demasiado tiempo mirándolo como si fuera una boya a la deriva.

La iniciativa Bizkaia, territorio para todas las edades propone algo tan revolucionario como evidente: que la vida no se parta en compartimentos estancos —infancia, madurez, jubilación— como si fueran vagones que se desacoplan en la estación del calendario. Propone, en cambio, que el trayecto sea común; que la experiencia no se archive, sino que circule. La integración plena de las personas mayores no es una consigna sentimental, es una cuestión de inteligencia colectiva.

Pero integrar no es invitar a sentarse en primera fila en las fiestas patronales. Es diseñar ciudades caminables, donde el paso lento no sea un estorbo sino un compás distinto. Es adaptar el transporte, digitalizar sin excluir, abrir los centros escolares a la conversación intergeneracional. Es entender que la tecnología puede ser una ventana y no un muro, siempre que haya alguien dispuesto a explicar cómo se enciende la luz.

En los pueblos pequeños de la margen izquierda o en las calles renovadas de la capital, la integración exige una ética del cuidado que no suene a condescendencia. Las personas mayores no son una categoría vulnerable por definición; son, en muchos casos, la columna vertebral emocional de las familias y de los barrios. Han sobrevivido a crisis industriales, a reconversiones, a pandemias y a silencios. Tienen el raro talento de relativizar la tormenta porque ya han visto pasar otras. Significa que el banco del parque no sea el último destino sino un punto de encuentro. Que el voluntariado no sea un gesto piadoso sino una alianza y cosas así.