Bizkaia aprendió a contar el tiempo de otra manera. Ya no lo mide solo en relojes ni en calendarios, sino en arrugas que saben sonreír. En apenas veinte años, el territorio ha visto triplicarse el número de personas centenarias. No es una estadística: es un murmullo. Un coro de vidas largas que caminan despacio y recuerdan deprisa.
Cien años no caben en un cuerpo, pero el cuerpo insiste. Insiste en levantarse, en preparar el café como siempre, en mirar por la ventana el mismo monte que ya no es el mismo. Cada persona centenaria guarda una Bizkaia entera en la memoria: la de antes y la de después, la de cuando el hierro mandaba y la de cuando el silencio aprendió a ser un lujo.
Ellas y ellos han sobrevivido a guerras que no pidieron, a hambres que no merecieron, a trabajos que dejaron las manos gastadas como mapas antiguos. Han visto marchar a los suyos y llegar a los nuestros. Saben que la vida no promete nada, pero a veces cumple.
Triplicar los cien años en veinte no es un milagro médico, aunque algo tenga de ciencia. Es también una forma de cuidar. De cuidar el pan, la conversación, el paseo corto y el saludo largo. Es el saber popular que no sale en los manuales: comer sin prisa, reír cuando se puede, llorar cuando hace falta. Resistir, pero sin endurecerse.
En Bizkaia, la longevidad no presume. Se sienta en el banco de la plaza y mira jugar a los niños como quien mira el futuro con paciencia. Los centenarios no corren: esperan. Y en esa espera enseñan. Enseñan que vivir mucho no es acumular días, sino no desperdiciarlos. Que la edad no pesa cuando se reparte.
Cien años son muchas despedidas, pero también muchas mañanas. Muchas manos estrechadas. Muchos “acuérdate de”. Los centenarios son archivos vivos de lo que fuimos y pistas de lo que podríamos ser si aprendemos a vivir despacio.