Antes de levantar una grúa convendría apoyar el oído en el suelo. No es una metáfora ecológica, sino un gesto antiguo: escuchar. La tierra habla en un idioma lento, lleno de sílabas minerales, y sus habitantes –humanos, animales, árboles, sombra– traducen ese murmullo a una lengua comprensible si uno se toma la molestia de detenerse. Pero el progreso, ese dios con casco y corbata, suele llegar con prisa, sordo como un motor en punto muerto.
Viene al caso esta reflexión ahora que han visto la luz y se han tenido en cuenta más de mil narrativas (1002, para ser exactos: uno más de los mil y un relatos que el sultán Shahriar escuchó, noche tras noche, de la voz de su esposa, Scheherezade...) recopiladas por Aguirre Lehendakaria Center. Es, como bien se ha dicho, una nueva manera de hacer política en el siglo XXI; una manera justa y necesario, como decían las oraciones de antaño.
También están los habitantes, que no son un anexo sentimental del paisaje sino su respiración. El pescador que sabe cuándo el mar se enfada, la mujer que distingue la lluvia buena de la traicionera, el niño que juega donde antes hubo un huerto. A todos se les pide paciencia, sacrificio, visión de futuro, palabras grandes que caben en una pancarta pero no en la vida cotidiana. Nadie les pregunta qué futuro quieren, quizá porque la respuesta no cabe en el power point. La vecindad quiere el desarrollo, sí, pero también la protección de un entorno que tanto les ha dado.
Escuchar exige tiempo, y el tiempo es el gran lujo contemporáneo. Pero también es la inversión más barata. Antes de transformar, habría que sentarse a la sombra y dejar que hablen los que nunca salen en la foto. Tal vez entonces el progreso aprendería a caminar descalzo, sin pisar callos, y descubriría que avanzar no siempre es ir más rápido, sino ir acompañado.