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El sacacorchos

Jon Mujika

Lo que trae la marea

Hay cifras que se leen como se miran las mareas: no para medirlas, sino para intuir lo que traen. Que el Guggenheim Bilbao haya superado en 2025 los 1,3 millones de visitantes –cuarto mejor año desde su apertura, segundo mejor verano– no es un dato; es un rumor de fondo, como el del Nervión cuando baja lleno. La aritmética aquí sirve de campanilla: anuncia que algo sigue ocurriendo.

El museo nació con la vocación de una metáfora. Donde antes hubo hierro y humo, apareció una nave varada de titanio, una criatura marina que enseñó a la ciudad a mirarse en un espejo nuevo. Desde entonces, Bilbao aprendió que el futuro podía ser una forma, una curva, una piel que refleja el cielo cambiante. Y los visitantes, como peregrinos laicos, llegan a comprobar si ese milagro sigue respirando.

Que el verano haya sido el segundo mejor no habla sólo de calor y vacaciones. Habla de una liturgia moderna: la del paseo lento por la ría, la foto inevitable junto al perro floral, el silencio súbito frente a una sala que exige pausa. En tiempos de prisa, el museo ofrece una tregua. Uno entra buscando obras y sale con una sensación: la de haber sido ligeramente desplazado de su sitio habitual.

Hay quien reduce el Guggenheim a un motor económico, una máquina de atraer divisas como un imán pulido. Y sin embargo, lo decisivo es lo que no cabe en la contabilidad. El museo ha enseñado a la ciudad a convivir con la belleza sin solemnidad, a aceptar que el arte puede ser conversación y no dogma. Ha convertido el paisaje industrial en un relato, y el relato en costumbre.

Los números de 2025 confirman algo más íntimo: que el edificio no se ha convertido en postal cansada. Sigue funcionando como un acontecimiento. Cada visitante añade una sombra nueva a sus paredes, una historia breve que se mezcla con las otras. En ese ir y venir, Bilbao se reconoce hospitalaria y curiosa, moderna sin alardes.