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Europa y la tentación de la realpolitik

El discurso pronunciado por Ursula von der Leyen ante la conferencia de embajadores de la Unión Europea marca un punto de inflexión inquietante en el lenguaje estratégico de Bruselas. La presidenta de la Comisión afirmó que Europa ya no puede confiar en un sistema internacional basado en reglas como única vía para defender sus intereses, e incluso llegó a señalar que la Unión no puede seguir siendo la guardiana de un antiguo orden mundial que –según sus palabras– se ha ido y no volverá. La afirmación pretende reflejar realismo geopolítico ante un mundo más duro e imprevisible, pero también revela un desplazamiento conceptual profundo. Durante décadas el proyecto europeo se legitimó precisamente por lo contrario: demostrar que el poder podía ejercerse mediante normas y cooperación, que la fuerza del derecho podía prevalecer sobre el derecho de la fuerza. La nueva retórica introduce una duda peligrosa sobre ese principio, porque el pragmatismo estratégico no puede convertirse en una renuncia intelectual ni en la aceptación resignada de un mundo dominado por la lógica de la potencia.

La Unión Europea nació de una convicción histórica muy concreta: tras las tragedias del siglo XX, sus fundadores entendieron que la paz solo podía sostenerse mediante instituciones comunes, reglas compartidas y cooperación económica. Ese espíritu quedó plasmado en los tratados y en la evolución posterior del proyecto comunitario, que aspiraba a demostrar que el multilateralismo podía convertirse en una forma superior de poder político. Europa no pretendía convertirse en una potencia tradicional ni competir con imperios, sino mostrar que la estabilidad podía construirse mediante la interdependencia y el derecho. Durante décadas ese modelo ofreció prosperidad y legitimidad internacional, y permitió a la Unión proyectar influencia sin recurrir a la fuerza. La defensa de los derechos humanos, del derecho internacional y de la democracia liberal se convirtió en su principal capital diplomático. Por eso resulta inquietante escuchar ahora que ese sistema ya no puede constituir el fundamento de su acción exterior. Aceptar ese diagnóstico sin matices implica cuestionar el propio sentido del proyecto europeo y abre la puerta a una reinterpretación peligrosa de su identidad estratégica.

Es evidente que el mundo ha cambiado. El retorno de la rivalidad entre grandes potencias, la guerra en Europa y el debilitamiento de las instituciones multilaterales son realidades incontestables que obligan a replantear instrumentos y prioridades. Estados Unidos, China o Rusia actúan cada vez más guiados por la lógica del poder y la imposición, y el sistema internacional atraviesa una etapa de profunda incertidumbre. Pero precisamente por eso Europa debería defender con mayor convicción el modelo que la define. Seguir la senda de esas potencias no reforzará la posición europea; al contrario, diluirá su singularidad política y moral. La Unión Europea no tiene ni la capacidad militar ni la vocación histórica de convertirse en un actor que impone normas por la fuerza. Su influencia procede de otra fuente: la credibilidad normativa y la capacidad de construir consensos. Abandonar esa ventaja estratégica sería un error histórico, porque en un mundo dominado por la fuerza Europa solo puede ser relevante si representa algo distinto.

Ser pragmático no significa traicionar los principios fundacionales de la Unión. La política exterior europea necesita más coherencia, más capacidad de decisión y más instrumentos de poder, pero esos instrumentos deben reforzar el sistema internacional basado en normas, no sustituirlo. Europa puede defender sus intereses con mayor firmeza sin renunciar a sus valores, proteger su seguridad sin abandonar el multilateralismo y ejercer influencia global sin convertirse en una potencia de imposición. Los tratados de la Unión no fueron concebidos como una reliquia del pasado, sino como la base de un proyecto político que aspira a civilizar la política internacional. Declarar caduca esa ambición sería una renuncia prematura y profundamente equivocada. Si Europa deja de creer en el orden internacional basado en reglas, nadie lo defenderá. Y si la Unión acepta que el mundo debe regirse únicamente por la lógica del poder, habrá renunciado a aquello que le dio sentido histórico. La realpolitik puede explicar la conducta de los imperios, pero nunca ha sido –ni debería ser– la brújula moral de Europa. Por eso, frente a la deriva discursiva insinuada ayer por la presidenta de la Comisión, conviene decirlo con claridad: el proyecto europeo no nació para adaptarse al mundo tal como es, sino para intentar transformarlo. Renunciar a esa ambición sería el verdadero error estratégico.