Rojo sobre blanco

Lecciones de las finales

Del Athletic espontáneo, alegre, que arriesga en la búsqueda del triunfo, hemos pasado a un Athletic calculador

18.01.2022 | 06:24
Marcelino da órdenes a sus jugadores durante la final.

EN el fútbol no hay fórmulas mágicas porque los factores que inciden en un partido son múltiples y solo algunos controlables. Una segunda verdad sería que todo plan se da por bueno si el resultado acompaña. Esta breve introducción se realiza para revisar la historia de las cuatro finales jugadas por el Athletic en el plazo de un año. Ganó la primera, la Supercopa de 2021, y perdió las tres restantes, dos de Copa en la primera quincena de abril y la Supercopa de 2022. El balance no es casual. Lo demuestra la desigual forma en que el equipo afrontó la cita que significó la conquista de un título y la manera en que quiso repetir éxito en las saldadas con derrota y un rendimiento decepcionante. La pequeña gran diferencia fue que el pasado enero el Athletic fue atrevido y en las siguientes ocasiones optó por una idea más relacionada con la especulación que con el arrojo.

A continuación, varias reflexiones publicadas en estas páginas y sugeridas por la actuación del Athletic en la final de La Cartuja con el Barcelona: "...sacó a relucir el potencial que lleva dentro. Un espíritu indomable combinado con un alarde de disciplina táctica que le convirtió en un bloque tremendamente competitivo"; "valiente, siempre mirando hacia arriba"; "Marcelino ordenó a los suyos instalarse más allá de la línea divisoria, como en la semifinal [donde había derrotado al Madrid]; "cursillo acelerado de presión sobre la salida del adversario"; "obligó al Barcelona a ser lo que no es"; "la osadía como actitud, convencido de que negarle al Barcelona la iniciativa multiplicaba sus posibilidades"; "ejecutó lo que tenía preparado con una eficacia impensable y en esto se ha de otorgar su mérito a Marcelino".

A quien haya olvidado aquella vibrante final, porque el tiempo vuela, estas anotaciones le situarán ante una versión del Athletic que ni por asomo guarda parecido con el equipo que luego se midió a la Real Sociedad, sin duda el mayor fiasco registrado en una cita cumbre, o que fue vapuleado por el Barcelona. Por la misma razón de que tampoco cabe establecer paralelismo alguno con el Athletic que se ha visto en los dos partidos de Arabia Saudita.

La lección que dejó la triple experiencia de la temporada anterior, de poco o nada ha servido. Del Athletic espontáneo, alegre, que salta al campo a subvertir la jerarquía establecida, que asume el riesgo en la búsqueda del triunfo, hemos pasado a un Athletic calculador y por tanto temeroso. En la Supercopa 2021, Marcelino permitió que el equipo se expresase fiel a su personalidad. Estaba recién llegado a Bilbao, no tuvo margen para introducir alteraciones profundas y entendió que debía dar rienda suelta a la agresividad de sus hombres. En las dos finales de Copa, el exceso de respeto hacia el oponente le condenó. Cierto que los futbolistas dieron la sensación de estar desgastados, pero la consigna prioritaria fue contemporizar, esperar a ver qué proponía la Real y luego el Barça, con las consecuencias conocidas.

El jueves contra el Atlético de Madrid la directriz fue la misma, lo que deparó una hora larga de infumable fútbol de control mutuo. Pero se ganó. Para ello fue preciso protagonizar la típica reacción furibunda, un recurso que no figura en ningún manual futbolístico por tratarse de un ejercicio de supervivencia; no es sino la réplica desesperada del que a partir de la ventaja cobrada por el enemigo se resiste a la derrota tirando de amor propio. Bueno, valió para eliminar a un Atlético más frágil de lo previsible y la victoria se vinculó al rol estelar de un suplente, el inspiradísimo Nico Williams.

Tres días más tarde, ante un contrario más serio y capaz, Marcelino quiso remachar el clavo: no tocó ni una demarcación del once y de nuevo apostó por jugar a verlas venir. Cero riesgos y máxima precaución, en la confianza de que la flauta volviese a sonar bien avanzada la segunda mitad. No se trata de una interpretación del que firma arriba, no, es justo lo que anticipó Rubén Uría, mano derecha de Marcelino: "nos gustaría que fuese una final larga, eso pretendemos". Tanto confiaban en que tal cosa sucediese que hasta la página web del club, donde se supone que no escriben periodistas sospechosos, se hizo eco de la idea: "El plan de llegar cerca en el marcador esperando mostrarse superior en el plano físico funcionó, pero el tanteo era ya muy pesado". Y tanto que sí: 0-2 a cargo de un Madrid sin un rasguño, que gobernó el duelo a su antojo.

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