Rojo sobre blanco

El descontrol pasa factura

27.11.2021 | 01:01
Marcelino García Toral saluda a Iñigo Martínez tras ver la tarjeta roja.

EL octavo empate de la temporada fue el fruto del descontrol. Se asistió a un sobresalto continuo con voltereta en el marcador incluida, aderezado por una interminable serie de errores y acciones de infortunio que estuvieron en el origen de todos los goles, así como en muchísimos otros lances del juego. Estará contento Marcelino. Lo ha expresado, como es natural en un montón de oportunidades, que el empate le pone malo. La primera vez durante el curso anterior. Más recientemente explicó que cuando la igualada se produce sin goles tiene un pase porque significa que al menos el balance defensivo es bueno. El 1-1 ya no le hace ninguna gracia porque certifica que el rival ha hecho gol, de modo que el 2-2 le debe sacar de quicio. Si además es en San Mamés y encima el marcador lo abre el Athletic...

Lo evidente es que esta cadencia de puntuación impide pensar en metas sugerentes. Ocho empates en catorce jornadas son una barbaridad y asimismo una prolongación de la tendencia previa al verano, lo cual obliga a realizar una reflexión seria sobre el plan del equipo y su ejecución. Algo falla, por no decir que varios aspectos de la propuesta fallan. Achacar a la casualidad semejante contumacia no procede a estas alturas. Se supone que por ello el técnico varió ayer su apuesta, siquiera parcialmente. No solo dejó de salida en el banquillo a Berenguer e Iñaki Williams, además ordenó a Muniain que ocupase el ala izquierda, en vez ubicarse en el carril central. Raúl García fue el ariete y a su espalda estuvo Sancet, con el día torcido.

La primera conclusión a extraer versaría sobre el protagonismo de Nico Williams. Era algo que venía apuntando y ratificó el joven insolente: siempre quiere la pelota para encarar y hacer jugada. Aún está verde y tanto afán le pierde, malgasta demasiados turnos, pero es capaz de inquietar y merece un sitio en las alineaciones. La segunda, de sobra conocida, tiene que ver con las enormes dificultades que muestra el equipo a la hora de finalizar en ataque. Y una tercera, el vicio de confundir velocidad con precipitación. Error que está en el origen de la mayoría del desperdicio que se registra en torno al área rival, pero también en la salida de campo propio y en las transiciones.

La elaboración no figura entre las cualidades del Athletic. Una pizca de temple, de pausa, de criterio para evitar ser previsible o facilitar la tarea al enemigo que se apelotona en su campo, elevaría la efectividad. Daría mayor sentido al tremendo esfuerzo físico invertido. A ratos, Vencedor aporta esa clarividencia, pero es insuficiente, de modo que las pérdidas se suceden. El número de robos es importante, pero el de pérdidas no le va a la zaga y así todo se complica, tanto que los partidos se desmadran y, como se ha señalado al comienzo, son ingobernables. Cierto es que yendo por detrás, desde el 34 al 76 esa fue la situación, cuesta sujetar el nervio, sin embargo es una característica que aflora con gran frecuencia en detrimento de la precisión y el acierto.

Empujar, empuja el Athletic con el alma, pero no hay que olvidar que delante hay once tíos que tampoco son cojos. Sufrió el Granada, que perdió tres piezas por lesión sobre la marcha, pero previamente exprimió al máximo las concesiones locales. Si primero Muniain se benefició de una pifia monumental de Montoro para servir el 1-0, luego Machís explotó su potencia ante Lekue con Yeray, el encargado de hacer la cobertura, fuera de sitio. El 1-2 fue un monumento al despropósito: a Muniain le birlaron el balón cuando el grueso de sus compañeros esperaba el centro en el área andaluza; de nuevo, las piernas de Machís en la contra y de postre y a contrapié dos rebotes (Yeray y Dani García) en el área que permiten a Molina seguir haciendo historia. Este episodio se vio superado en el gol del capitán, con tres resbalones consecutivos de los visitantes que dejaron la pelota para empujar sobre la línea de gol. El asunto estuvo cerca de cobrar tintes tragicómicos gracias a la ocurrencia de Simón a punto de concluir un añadido eterno. No se tradujo en gol, pero trajo la expulsión de Iñigo y reforzó la sensación de desbarajuste que derivó en el enésimo empate.

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