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Los superlativos de Trump

El presidente Trump todavía no se ha consolado por su derrota electoral del año 2000 y sigue insistiendo en que el verdadero ganador fue él, sin darse cuenta de que este hiato presidencial le permite ahora gozar de lo que más le gusta, es decir, estar en primer plano y ser el centro de atención.

Porque este lapso de tiempo ha llevado su presidencia a las celebraciones del 250 aniversario de la existencia de Estados Unidos, un país muy joven en comparación con casi todo el resto de las naciones civilizadas, pero que está en la cima de la economía y el poder militar del mundo.

Imagínense si hubiera ganado en 2020: aunque muchos se felicitarían de que ahora ya no habría riesgo de mantenernos en su órbita pues los mandatos presidenciales están limitados a dos ciclos, Trump se habría perdido los mayores fuegos artificiales de la historia que ordenó para celebrar el 250 cumpleaños de Estados Unidos (el récord lo tenía hasta ahora Filipinas, que en 2016 lanzó 810.904 dispositivos de fuegos artificiales para celebrar el nuevo año).

En este 4 de julio, las celebraciones lanzaron al aire más de 850.000 proyectiles desde diversos lugares próximos al centro de Washington, lo que otorga a Trump el récord en el espectáculo que tanto gusta a sus compatriotas. Basta con comparar la celebración habitual, que utiliza unos 25.000 dispositivos para un espectáculo que dura aproximadamente un cuarto de hora y que esta vez se prolongó por más de 40 minutos y no acabó hasta la una de la madrugada a causa del mal tiempo.

Los norteamericanos costearán esta extravagancia, cuyo costo se estima en 8 millones de dólares, con sus impuestos. Para un país rico de 345 millones parece aceptable…si no fuera porque representa casi diez veces el gasto habitual, cuando la deuda pública ronda los 40 billones de dólares –el 126% de su PNB y sus intereses representan el 18% del gasto público–.

En general, la gente parecía más interesada en disfrutar de la fiesta que en pensar en la factura, aunque en los sectores más progresistas del Partido Demócrata muchos se dan golpes de pecho por la concentración de riqueza y las desigualdades sociales y tenían pocas ganas de celebrar.

Fiel a su escasa humildad habitual, Trump eligió nada menos que Mount Rushmore, una montaña en la cordillera Black Hills del estado de Dakota del Sur, para abrir oficialmente las celebraciones, y lo hizo la víspera de la gran fiesta nacional del 4 de julio. Era el mismo día en que la gran feria prevista en la zona monumental de Washington para celebrar el aniversario tuvo que cerrarse debido a las altas temperaturas, con una sensación térmica próxima a los 44 grados.

Nada más acabar esta gran fiesta, los funcionarios del país y sus interlocutores extranjeros le obligarán a ocuparse de otras cuestiones pendientes y problemáticas: para los aliados de Washington, las dificultades están en las exigencias de Trump en cuestiones económicas y militares y en el trato que reciben, pues más bien parecen rivales que asociados y compañeros de viaje en ideología y estructuras económicas.

Los rivales aparentan estar en mejor situación, especialmente los iraníes, pues la guerra que Trump ha llevado a su territorio no parece desarrollarse tan satisfactoriamente como él creía y había anunciado a bombo y platillo. Washington no está enfrascado en una hostilidad continua e ilimitada como ocurrió en Vietnam hace medio siglo, pero sí parece atado a unas negociaciones sin fin que debilitan su posición a medida que transcurre el tiempo: “En vez de guerra permanente estamos en negociaciones permanentes”, escribía al respecto un rotativo norteamericano.

En cuanto a sus dos grandes rivales, Rusia y China, Trump parece más dispuesto a congraciarse con Moscú que con sus aliados, como vemos en el caso de Ucrania, a la que sigue presionando públicamente para que acepte unas condiciones de paz poco atractivas. Con China mantiene la carrera contra el reloj para impedir que Pekin se convierta en un gran coloso comercial y militar que ponga límites –o incluso suplante– la primacía norteamericana.

Tras la gran fiesta de cumpleaños nacional, la Casa Blanca ha de volver a las fricciones habituales, desde las negociaciones con Europa por cuestiones de defensa y aranceles, a las exigencias de sus vecinos hemisféricos que esperan cobrar dividendos por alinearse con Washington y los esfuerzos por acabar con la guerra de Irak.

Y en ninguna de estas áreas sirven los superlativos de Trump: sus interlocutores quieren resultados y un mundo más previsible que el experimentado desde su retorno a la Casa Blanca.