A veces, es difícil imaginar ciertos lugares sin las horrendas huellas que dejan las guerras en ellos, tanto visibles como invisibles; y si no se hubiese producido una desgarradora mella destructiva en los mismos. Seguro que serían espacios naturales únicos, más bellos aún, plagados de escenarios emblemáticos que resultarían inolvidables para cualquier buen viajero que se precie, lleno de poblaciones acogedoras y afables. Y, así y todo, algunos lo siguen siendo. Pero… es inevitable pensar en lo que serían sin esos fuegos de la violencia que los afean.
En todo caso, los conflictos siempre dejan tras de sí cicatrices tan profundas como imborrables en los semblantes de sus habitantes que esconden sus sonrisas, y donde los niños incluso pierden su inocencia de manera prematura. Hay muchos así, aunque me centraré en el Líbano, ahora que parece que Israel ha decidido ensañarse con él.
En este balance amargo y dramático, de la última intervención israelí, iniciada en 2023, se han contabilizado 2.914 fallecidos, 36.000 viviendas (el 72% del total) destruidas y la expulsión de los habitantes de 300 municipios. O lo que es lo mismo, ha obligado a huir a 1,4 millones de libaneses que representan ni más ni menos que una cuarta parte del total de la población total del país (5,5 millones). La finalidad de todo esto no es otra que la de erosionar el poder de la milicia proiraní, Hezbolá. No es un nuevo. Desde que se produjo el ataque de Hamás, la milicia chií apoyó a los gazatíes lanzando cohetes contra el sur de Israel (con un daño mínimo). Pero la animadversión venía de antes, desde que en los años 80 Irán ayudara a crear la milicia y se convirtiera en una fuerza paramilitar de enorme relevancia y capacidad combativa en la región. Con un archienemigo declarado: Israel.
Ahora bien, la operación de limpieza de la región ordenada por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha seguido las mismas coordenadas que las empleadas en Gaza, simples y claras: arrasarlo todo. Ha justificado el uso de la fuerza, invadiendo un país soberano, en este caso, apelando a la autodefensa. Sin embargo, se pretende ir más lejos y crear una zona de seguridad, o lo que es lo igual, impedir que Hezbolá sea una amenaza contra territorio israelí, como hasta ahora. ¿Cómo lo va a hacer? Prohibiendo el acceso a la población local, en su mayoría chiíes, en todo el territorio que comprende desde la frontera norte de Israel hasta el río Litani. Esta lógica por parte israelí ha derivado en una incomprensible e injustificada devastación de la zona. No sólo se combate a Hezbolá, sino que se ensañan con la población civil de forma indirecta destruyendo sus viviendas para disuadir que regresen. De hecho, Israel pretende anexionarse esa franja. Aunque en abril se firmó un alto el fuego para que se detuviesen los combates, Israel ha seguido a lo suyo. Recientemente, se mostraba en la televisión como tropas israelíes tomaban el castillo semiderruido de Beaufort. Una antigua fortaleza de los cruzados, cuya posición es estratégica, y que ya fue utilizada en el pasado por los palestinos, y declarada Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 2019. Por suerte, no se han dado en el enclave rocoso enfrentamientos, pero es triste como el valor de la Historia se desprecia de esta manera. Desde los años 80, la injerencia de Israel en el Líbano ha sido muy dañina.
Nadie niega ni pretende minimizar el daño que puede provocar la milicia Hezbolá, pero el modo de proceder israelí nada tiene que ver con la legalidad ni el derecho internacional. Sólo alimenta la inestabilidad de un país frágil y lo único que hace es reforzar la posición de la milicia chií y debilitar las opciones de que el Gobierno de Beirut pueda, realmente, reconducir su actividad armada. La crisis del país no es nueva, atraviesa una mala situación económica. Según Oxfam, en 2023, antes del inicio de las hostilidades, el 80% de la población libanesa vivía por debajo del umbral de la pobreza. Con lo que este paso dado por Israel sólo genera más infortunio. Por si fuera poco, por lo que estamos comprobando, Israel jamás se hace responsable de las consecuencias de sus feroces actos, ni de los civiles que desplaza mediante la coacción, ni de las víctimas inocentes que provoca o de la violación sistemática del derecho internacional que practica. Hezbolá mal, Israel aún peor. En su estrategia de seguridad, éste último actúa como si no tuviera que rendir cuentas ante nadie y le asistiera la razón del más fuerte. Pero eso no es una razón, al contrario, no evita considerar que genera más daño y terribles consecuencias que las que provoca la milicia Hezbolá y Hamás juntas. En Gaza se ha visto claro, los 1.200 judíos lamentablemente asesinados por Hamás han dado lugar a 71.000 muertos gazatíes. O lo que es lo mismo, multiplica el daño que se le causa, no por justicia, sino por venganza.
Condiciones de vida
Asimismo, esta última ola de refugiados libaneses sólo está trayendo una grave erosión de las condiciones de vida del país, que ya eran nefastas. Como hizo en Gaza, tampoco los ataques hebreos respetan los hospitales y centros de salud, según denuncia la Organización Mundial de la Salud, dejando aún más expuesta a la población civil. Incumple, como es bien sabido, hasta los principios básicos de las convenciones humanitarias disparando a las ambulancias, con la excusa de que transportan milicianos heridos de Hezbolá (no hace mucho acabó con la vida de dos paramédicos y los dos heridos que llevaban). Aunque fuese así, es un crimen atroz. Los heridos son sagrados. Está claro que el odio y la incapacidad por sentir piedad se ha erigido como un baluarte de los militares israelíes. Su lema no es defender Israel, sino actuar sin piedad. Se emplean como un ejército de la Antigüedad, sin principios, arrasan el territorio circundante, desde los edificios a prender fuego a las tierras agrícolas, en un ejercicio claro de tierra quemada y crueldad malsana. Ayer fue en Gaza, hoy es en el Líbano, ¿cuándo se va a poner freno o condenar sin ninguna clase de ambigüedades la actitud criminal de Israel? Ya va siendo hora.
Doctor en Historia Contemporánea