En Colombia hay hipopótamos sin memoria de África: los llevó Pablo Escobar para su zoológico privado y comenzaron a reproducirse y a invadir el río Magdalena. Hoy constituyen la mayor población de hipopótamos fuera de África. Lo que empezó como capricho es un problema ecológico y social: alteran riberas, compiten con especies locales y cambian la química del agua. Desde hace años se intenta contener sus poblaciones, aunque el primer paso fue lograr censarlos: fue cuando se descubrió que había muchos más de los que se creía. Hay programas de esterilización, traslados puntuales y proyectos internacionales que estudian soluciones a gran escala, pero todo es lento, caro y complejo. Además de lo arriesgado, dado el tamaño y la conducta de estos animales, los planes no funcionan y ya se piensa que, por terrible que parezca, la única solución para evitar el desastre es el sacrificio selectivo de las poblaciones.

La historia funciona como espejo. El tecnocapitalismo actúa con una lógica parecida: productos y redes que, una vez liberados, ocupan nichos y se vuelven preponderantes sin adversarios naturales. Lo mismo hemos hecho con el clima. De manera creciente liberamos emisiones en la atmósfera como si fuera un vertedero infinito, empujados por la inercia del crecimiento y por el impulso de grandes intereses económicos. El resultado es un sistema desbordado, difícil de corregir sin costes, posiblemente necesitado de acciones radicales. Y las soluciones no son inocentes: cualquier decisión implica daños, renuncias y conflictos. Los efectos además se multiplican y, como los hipopótamos del Magdalena, las consecuencias van más allá de lo razonable. Pero en este caso los responsables no están en una cárcel de lujo, sino que son ellos quienes siguen manejando el descontrol.