No le gustaban los obituarios porque decía –y decía bien– que cuando uno se va todos son elogios a su persona: aunque haya sido un sinvergüenza, se convierte en santo. ¿Quién le iba a contar a Gregorio que se iba a morir la víspera del 23-F? Una historia que siempre le hizo gracia, como le hacía gracia todo lo que no fuese suyo.

Se dejaba querer, pero no quería a nadie, ni a sus propios amigos, que tenían que mirar el aire del tiempo antes de llamarle. Luego era un hombre que se emocionaba si le llevabas un ramo de flores por su cumpleaños.

Tengo buen recuerdo de él, porque me salvó de la mediocridad que reinaba en La Gaceta del Norte.

Tuve doce directores en nueve años. Algunos me anularon totalmente y me encargaban lo más bajo –lo que hacían los becarios al llega–: agenda, partes policiales, programación de televisión, el tiempo y misas. Hasta hice horóscopos del día. Por supuesto, me los inventaba y nada malo les pasaba a los Aries, Acuario o Géminis.

Todo cambió para mí cuando llegó como director Gregorio Morán. Desde el principio confió en mí, aunque le habían dicho que no me cogiera porque ya no necesitaba ayuda: me había casado con un comunista. Fue Adolfo Careaga quien le pidió que me echara.

Y luego pasaron más cosas.

Gregorio me llamó para decirme que tenía un proyecto interesante y había pensado en mí. Quería que entrevistara a los que se habían significado de modo destacado en el tiempo previo a la democracia. Tenía hecha la lista: Leizaola, Areilza, Careaga y la Pasionaria (no le digas que vas de mi parte, me odia).

A todos les dije que de acuerdo, pero a Careaga no.

—Tú sabes que ha querido echarme, me lo dijiste tú –le expliqué–. No puedo.

—Sí puedes, y lo vas a hacer.

Estuvimos largo tiempo hablando hasta que, no sé ni cómo ni qué me dijo, me convenció.

La serie resultó magnífica y me hice amiga de Adolfo Careaga.

Daba gusto escuchar sus elogios y ver que cada entrevista se la leía dos veces y la disfrutaba como si la hubiera escrito él.

En 1987 se cerró La Gaceta del Norte. De despedida, Gregorio escribió un artículo cortito en la primera página que se titulaba “No pudo ser”.

Mi anterior marido, Dani, y yo íbamos a Colombres, donde tenía su escondido rincón de su querida Asturias, a celebrar su cumpleaños a primeros de agosto. Aquel día nos invitaba a comer langosta en Niembro –concejo de Llanes–, al restaurante La Parrala.

Allí solo se comía langosta. Y ¡qué langosta! He aconsejado a algunos amigos este sitio por su perfección y calidad.

Elegíamos entre los tres la langosta más grande del vivero y, mientras tomábamos el aperitivo, llegaba a la mesa una perfección de langosta. Nunca he vuelto a ver esa exquisitez. Estaba pelada totalmente, hasta las antenas, y ya limpia venía en una admirable bandeja dispuesta para comer sin esfuerzo. No necesitábamos alicates para cortar.

Después chupábamos con deleite un helado caliente que recordaba al que se tomaba de niño en un establecimiento de Llanes.

Un artículo siempre polémico

El día terminaba con una cena en una terraza frente al mar. La cena la pagábamos nosotros. Gregorio era muy mirado.

Aquella jornada era un disfrute completo que repetíamos cada año. Nos contaba sus batallitas políticas y algún secretillo.

Sufrió cuando le echaron de La Vanguardia por meterse con los intocables catalanes. Había escrito cada sábado en el periódico desde 1988 hasta 2017 una sección muy leída que se llamaba Sabatinas, un artículo siempre polémico.

Nos confesó que estaba muy fastidiado porque su hija se había casado con un nieto de Calvo Sotelo.

Allí estaba el Gregorio que no quería que viese nadie: añorante, cariñoso y confidente, fuera de guion.

Había sido comunista hasta 1976. En La Vanguardia estuvo desde 1988 hasta 2017, cuando tuvo la idea de meterse con los independentistas. Después –2017-2018– estuvo en los periódicos digitales Crónica Global y Vozpópuli hasta que se fue.

Escribió muchos libros, artículos y crónicas magistrales que dejaban un sabor amargo. Para él, nada era perfecto.

Del tiempo que estuvo en nuestra tierra quedó una obra polémica: Los españoles que dejaron de serlo. No me gustó.

Solía decir que “había gozado de una libertad que, con toda sinceridad y sin que me duelan prendas, jamás hubiera logrado en diarios postineros de la capital de España”. Era su tiempo feliz de La Vanguardia.

Recientemente, con motivo de su muerte, Xuan Cantantano escribió un artículo muy acertado: “En estos tiempos turbios y mediocres, su cultura, su pluma afilada y su radical independencia encontraban refugio en sus Sabatinas intempestivas (una sección del periódico catalán). Sus seguidores fuimos cambiando de cabecera con él, siempre culo de mal asiento. No puede haber mejor elogio para un periodista: un profesional que siempre debería andar bien equipado con botas y ropa de agua, porque su trabajo consiste en pisar todos los charcos”.

Y los pisó con total tranquilidad hasta que el corazón falló, el 22 de febrero de este año.

Descanse en paz.