Síguenos en redes sociales:

A cara descubierta

En la comedia de la antigua Grecia, esa de Aristófanes que tanto nos enseñó sobre la risa y el poder, existía un instante disruptivo llamado parábasis. En mitad de la obra, los actores se retiraban y el coro, en representación de la sociedad, avanzaba hacia el proscenio. Allí, despojados de la máscara, los ciudadanos debatían directamente con el público. Rompían la ficción para denunciar injusticias, señalar a los demagogos o proponer las reformas que la polis necesitaba. Era el momento en que el teatro se detenía para que la realidad tomara la palabra. 

Hoy, la transición energética se nos presenta a menudo como un montaje teatral de gran presupuesto, pero con un guion escrito por quienes buscan el lucro rápido. Lo ocurrido esta semana con el clúster del Maestrazgo sirve como ejemplo descarnado de esa farsa: la sombra de un supuesto pago millonario por parte de Forestalia a un ex alto cargo del Ministerio para la Transición Ecológica, muestra cómo tras las etiquetas verdes se esconden a veces negocios oscuros. Hay tantos casos, incluso en nuestro entorno más cercano, que el aire se vuelve irrespirable mientras la emergencia climática nos empuja al caos. Ante este panorama, las instituciones parecen bloqueadas, incapaces o temerosas de actuar con valentía frente al dictado de los grupos de presión.

Es ahí donde las asambleas ciudadanas climáticas sirven como una parábasis moderna. Cuando un coro de personas elegidas por sorteo se sienta a deliberar con información científica veraz, sin favores que pagar ni intereses que ocultar, la máscara cae. Proponen medidas y límites racionales al consumo y el beneficio empresarial. Hablan de una planificación que priorice el territorio frente a la especulación. Escucharlas no es solo una cuestión de ecología, sino de higiene democrática.