Rojo sobre blanco

Blindarse sin rubor

08.02.2020 | 20:02
Columnista Jose Luis Artetxe

eS cosa sabida que cada partido es una historia, una certeza que también podría enunciarse diciendo que no hay dos partidos iguales. Aunque pueda parecer que entra en contradicción con la idea anterior, idéntica carga de verdad lleva la afirmación de que los partidos que juega el Athletic de Gaizka Garitano están cortados por un mismo patrón.

Esto es así porque, en primer lugar, es lo que Garitano desea. Él ha escogido un tipo de propuesta futbolística pensando en que es la idónea, la más beneficiosa en términos de productividad, la que mejor se amolda a las características de los jugadores. En segundo lugar, si el Athletic se esfuerza por atenerse a un guión concreto es debido a que los jugadores lo han hecho suyo, se sienten cómodos y, por supuesto, perciben que los resultados les favorecen.

Yendo todos a una desde la convicción y la confianza mutua, este Athletic ha alcanzado varios objetivos. Para empezar, hubo una reacción, se rompió con una dinámica inquietante y se ha demostrado que existe potencial para eludir situaciones tan dramáticas como la vivida en las semanas previas al cambio de entrenador. Pero el éxito del nuevo catecismo no ha sido pasajero. Además de despertar del letargo, el equipo ha encadenado una prolongada serie de buenos marcadores. Con tanto club atrapado en un pañuelo, alejarse del descenso exigía una regularidad. El esfuerzo ha sido sostenido hasta la fecha, los contados tropiezos no han desviado al Athletic de su camino: por ejemplo, después de sufrir la primera derrota (en Anoeta) sumó siete puntos de nueve.

Volviendo al tema del tipo de fútbol que despliega, hoy el Athletic es un conjunto reconocible como consecuencia de que son ya tres meses remachando el mismo clavo. Es de dominio público que su plan gira en torno al trabajo defensivo. Mejorar sustancialmente en todo aquello que está conectado con la contención es la fórmula del éxito.

Las acertadas directrices lanzadas desde el banquillo y la aplicación de los actores sobre la hierba han servido para que el patrón que preside los partidos del Athletic esté cortado por los marcadores ajustados y el bajísimo número de goles recibidos. Son las constantes de las doce últimas jornadas de liga. Lo apuntado hasta aquí concierne a cuanto de positivo ha deparado la mano de Garitano y desde luego su importancia para la suerte del equipo no admite la más mínima discusión.

Sin embargo, también hay que hablar de aspectos menos edificantes. Los hay, no se pueden ocultar. Quedan reflejados en las estadísticas y se perciben con una frecuencia excesiva en casi todos los partidos. No es casual que el Athletic marque poco, fabrique menos ocasiones de lo deseable o haya perdido en las dos únicas oportunidades en que se ha visto rezagado en el marcador (Anoeta y Mestalla). No lo es que la circulación de la pelota deje en evidencia al equipo hasta el punto de que cuesta encontrar otros casos donde esta tarea resulte tan engorrosa para los futbolistas.

El hecho de que Garitano haya apostado por un estilo más directo sin duda que está detrás de este problema que señala especialmente a los centrocampistas, pero no solo a ellos. El entrenador ha preferido reducir los contratiempos en defensa sustituyendo la elaboración por una transición rápida, a menudo capitaneada por el golpeo largo de Herrerín. Pero el auténtico motivo para funcionar de ese modo sería la escasa fiabilidad que ofrece el manejo de la pelota por parte de la gente que se sitúa en la zona ancha. El míster ha ido a lo práctico, si el personal no es capaz de asegurar la posesión para facilitar la salida del equipo, se inclina por saltarse el trámite del espacio que comprende el círculo central y sus inmediaciones.

Cuando un equipo no sabe o no puede tocar, poner pausa o acelerar combinando a ras de césped, una de dos: o hace gala de una pegada descomunal o se hace impermeable en la zona de atrás. El Athletic se ha decantado por la segunda opción. Por ello el signo de sus partidos depende básicamente de la eficacia sin balón, si falla en esto afloran unas limitaciones preocupantes. Si por el contrario se mantiene entero, es contundente y no concede ni agua al enemigo, su imagen gana enteros dado que normalmente así logra sacarle chispas a la mayoría de sus compromisos.

En definitiva, con el personal que utiliza habitualmente, a Gaizka Garitano le merece mucho la pena cargar la mano en el blindaje de la alineación. Experimentos de otra índole implican un riesgo poco recomendable. Se comprobó en Anoeta un mes atrás y el domingo en Mestalla.